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miércoles, 25 de marzo de 2026

CONSTANCIO II. SOSPECHA, CRIMEN Y GUERRA CIVIL COMO FORMA DE GOBIERNO.

Un texto de Federico Romero Díaz para Historia y Roma Antigua.

Cuando Constantino el Grande murió en el año 337, dejaba tras de sí un Imperio más poderoso que el que él mismo había recibido, una nueva capital en Oriente, una dinastía asentada y la impresión de haber encontrado por fin, una fórmula estable para el poder imperial. Nada más lejos de la realidad. Dejaba algo mucho más peligroso: demasiados herederos, demasiadas ambiciones contenidas y ninguna regla verdaderamente clara para gestionar la sucesión. La aparente solidez ocultaba una enorme fragilidad. Constancio II iba a descubrirlo muy pronto. Aunque durante siglos haya vivido a la sombra de su padre y eclipsado por el carisma posterior de su primo Juliano el Apóstata, Constancio II fue el más "exitoso" de todos los hijos de Constantino, . No poseía ni el magnetismo militar de su padre ni el carisma y brillo intelectual de Juliano, pero sí una cualidad decisiva en el siglo IV: un extraordinario instinto de supervivencia en un sistema donde casi todos los sucumbían a manos de generales ambiciosos, familiares incómodos o cortesanos intrigantes. Normalmente un emperador se preocupaba más del peligro "interno"  que de los bárbaros que pudieran amenazar las fronteras del Imperio. Su gobierno( 337-361) fue largo, complejo y profundamente marcado por la desconfianza, hasta el punto de que la sospecha terminó convirtiéndose en un verdadero método de gobierno.

Constancio II hace su entrada en Roma en el 356

La primera gran sombra de su trayectoria aparece inmediatamente después de la muerte de su padre. En aquellos días de incertidumbre, mientras todavía no estaba claro cómo iba a organizarse el poder entre los descendientes de Constantino, se produjo una de las purgas familiares más violentas de toda la historia imperial romana. Varios miembros de la familia constantiniana fueron asesinados en cadena: Dalmacio, Anibaliano, Julio Constancio —padre de Juliano— y otros parientes cercanos desaparecieron en cuestión de días. Las fuentes antiguas fieles a la propaganda imperial, presentan aquellos hechos como una reacción militar espontánea, un ajuste de cuentas protagonizado por soldados fieles al recuerdo de Constantino, temerosos de que el poder se fragmentara. Pero resulta difícil aceptar esa explicación sin reservas. La selección de víctimas fue demasiado precisa y el resultado demasiado útil para los hijos de Constantino, especialmente para Constancio II, que en Oriente era quien tenía una posición militar más fuerte.

Aunque nunca pudo probarse de manera concluyente una orden directa, casi toda la tradición historiográfica posterior considera que Constancio, al menos, permitió aquella matanza. En realidad, desde el punto de vista político, el cálculo era evidente: cuantos menos varones de sangre imperial sobrevivieran, menos focos de legitimidad alternativa existirían en el futuro. Solo tres niños escaparon de aquella limpieza dinástica: Nepociano, Galo y Juliano, salvados probablemente por su edad. Crecerían bajo vigilancia, apartados del centro del poder, pero todos terminarían reapareciendo de forma decisiva en la historia del Imperio romano.


El reparto inicial del Imperio pareció ofrecer una solución ordenada. Constantino II recibió Occidente, Constante Italia y África, mientras Constancio II quedó al frente de Oriente. Sobre el papel, la dinastía mantenía el control de todo el espacio romano. En la práctica, la coexistencia duró poco. Constantino II, el hermano mayor, pronto intentó imponer una tutela sobre Constante, todavía joven, y terminó lanzándose a una invasión de Italia que acabó mal para él: murió en una emboscada en el año 340. Aquella muerte alteró por completo el equilibrio. Constante pasó a controlar prácticamente todo Occidente, mientras Constancio II se consolidaba en Oriente.

La relación entre ambos nunca llegó a convertirse en guerra abierta, pero estuvo marcada por una tensión latente que tenía además una dimensión religiosa cada vez más visible. Mientras Constante apoyaba con mayor claridad a los defensores del credo niceno, Constancio II se inclinaba hacia posiciones próximas al arrianismo, o al menos hacia fórmulas teológicas intermedias que buscaban reducir el conflicto dentro del cristianismo imperial. No se trataba solo de religión: en el siglo IV, cada definición doctrinal implicaba alianzas políticas, apoyos episcopales y capacidad de control ideológico. Intervenir en los debates religiosos también era una forma de gobernar que en este momento separaba a Occidente de Oriente hasta un límite que se acercó a la guerra civil. Solo los problemas con Persia en oriente y con los germanos en el Rin evitaron la lucha armada entre los hermanos. En Oriente, Sapor II mantenía una presión casi permanente sobre las fronteras mesopotámicas. La guerra contra Persia condicionó gran parte del reinado de Constancio II y explica muchas de sus decisiones internas: necesitaba estabilidad política porque el frente oriental no permitía distracciones prolongadas. En Occidente el problema era mucho mayor aún. Llegaba en forma de usurpación y se llamaba Magnencio. Era un oficial de origen bárbaro, muy bien conectado con los cuadros militares occidentales que aprovechó el profundo desgaste político de Constante (derivado de su política fiscal, de persecución del paganismo) y organizó un golpe de Estado que terminó con el asesinato del emperador en el 350. De pronto, Constancio II se encontraba ante una situación clásica pero letal: un general con legitimidad militar, control de Occidente y capacidad para presentarse no como simple rebelde, sino como corrector de un mal gobierno. 



La reacción de Constancio fue lenta porque Persia seguía exigiendo toda su atención, pero cuando pudo actuar lo hizo con enorme frialdad. Antes de enfrentarse a Magnencio, tuvo que neutralizar otra usurpación simultanea casi en el tiempo: la proclamación de Vetranio en los Balcanes. Se trataba de una rebelión de carácter legitimista encabezada por un viejo militar ilirio que siempre se había mostrado fiel a la casa de Constantino, apoyado probablemente por Constantina —hermana de Constancio—. Vetranio representaba una solución transitoria para impedir que Magnencio controlara también aquella zona. Constancio logró resolverlo mediante una escena casi teatral. se reunió con él y de una manera teatral, delante de ambos ejércitos, habló a las tropas, recordó la memoria de Constantino y consiguió que Vetranio fuera abandonado por sus propios soldados. Fue depuesto, pero sorprendentemente no ejecutado, sino retirado con dignidad a una cómoda vida en el campo. Esa decisión revela un rasgo interesante de Constancio: sabía cuándo la clemencia podía ser más útil que la sangre.

Con Magnencio, en cambio, no hubo espacio para la indulgencia. La gran confrontación llegó en Batalla de Mursa Major (351), una de las batallas civiles más sangrientas de toda la Antigüedad tardía. La victoria de Constancio fue clara, pero el precio fue espantoso: unos 50.000 soldados romanos muertos en combate. Aquella victoria salvó su trono, pero debilitó gravemente la capacidad militar imperial. Heather insiste precisamente en esa paradoja: el Imperio sobrevivía a sus guerras civiles, pero cada guerra civil dejaba cicatrices estratégicas que luego pagaban las fronteras.  Magnencio aún resistió un tiempo, hasta su derrota final y suicidio en 353.


Convertido ya en único emperador, Constancio II parecía haber alcanzado el poder absoluto, la posición soñada por cualquier augusto romano. Fue precisamente entonces cuando se hizo más visible el ambiente de sospecha permanente que rodeaba su corte. El ambiente en la corte imperial se hizo casi asfixiante. Eunucos, secretarios, notarios y agentes de información ganaron un peso enorme. Figuras como Paulo Catena simbolizan esa atmósfera: funcionarios especializados en construir acusaciones, enlazar delaciones y fabricar procesos políticos. La sensación, transmitida por Amiano Marcelino, es la de un emperador rodeado de hombres que vivían de alimentar su miedo.

Ese miedo tenía raíces profundas. En Roma, un general victorioso podía convertirse en emperador con demasiada facilidad. Precisamente por eso Constancio necesitó recurrir a su propia familia, aunque desconfiara de ella. Así apareció la figura de Galo, uno de los supervivientes de la matanza del 337. Nombrado César y enviado a Oriente, parecía una solución práctica: un pariente cercano que gobernara Antioquía mientras el emperador atendía otros frentes. Pero Galo, al que Constancio casó con su intrigante hermana Constantina, pronto mostró un estilo brutal, arbitrario y políticamente torpe. Las élites urbanas se quejaron, los funcionarios alertaron y la corte empezó a interpretar sus movimientos como una posible amenaza. El desenlace fue previsible: convocado a Occidente, fue arrestado y ejecutado en Pola en 354. Constancio eliminaba así otro posible foco de legitimidad familiar.

El siguiente episodio demostraría hasta qué punto el sistema podía fabricar enemigos incluso donde no los había. Silvano, general competente y leal que se había pasado del bando de Magnencio al de Constancio II en plena batalla de Mursa, acabó proclamado emperador en la Galia no por ambición inicial, sino porque creyó que iba a ser destruido por una conspiración palaciega basada en documentos manipulados. Duró apenas unas semanas antes de ser asesinado. Pero el episodio es revelador: bajo Constancio II, a veces no era la usurpación la que producía sospecha, sino la sospecha la que acababa produciendo la usurpación. 

Juliano(( Il. Ken Broeders. Cómic El Apóstata.        
 Yermo Ediciones)

Ese mecanismo terminaría alcanzando a Juliano. Cuando Constancio lo nombró César en 355, probablemente creyó estar eligiendo a un intelectual inofensivo, un príncipe sin experiencia militar al que sería fácil controlar. Juliano llevaba años apartado, dedicado a estudios filosóficos, casi un superviviente improbable de una familia que había aprendido demasiado pronto el precio del poder. Pero el joven César demostró enseguida talento inesperado en la Galia. Su brillantes campañas contra los germanos y sobre todo su gran victoria en Batalla de Argentoratum (357) frente a los alamanes, lo convirtieron en un nombre prestigioso dentro del ejército.

Y ahí surgió el problema inevitable: en Roma, el prestigio militar era siempre una invitación al trono. Cuando Constancio ordenó trasladar tropas galas al frente oriental en 360, las legiones reaccionaron en contra y  proclamaron Augusto a Juliano. Formalmente era una usurpación. En la práctica, era el mismo mecanismo político que llevaba siglos funcionando: el ejército convertía a un general exitoso en emperador potencial. Juliano avanzó hacia Oriente mientras Constancio preparaba la respuesta. Todo hacía pensar en otra sangrienta guerra civil. Pero el destino intervino antes. En noviembre del 361,  Constancio II enfermó gravemente durante la marcha para encontrarse con el ejercito de su primo. Murió antes de poder enfrentarse a Juliano. Antes de morir reconoció a Juliano como sucesor. Ese generoso gesto final evitó un nuevo baño de sangre entre  los dos miembros de la familia constantiniana.

Su muerte cerraba una vida política marcada por la vigilancia constante, el cálculo y el miedo. Fue un emperador acusado de dureza, responsable de purgas, obsesionado por controlar cada posible rival, pero también un gobernante que logró mantener unido el Imperio durante casi un cuarto de siglo en una época particularmente peligrosa. Sin él, probablemente la estructura imperial habría cedido mucho antes. Sin embargo, también dejó un sistema profundamente intoxicado por la sospecha. Constancio II no fue un gran conquistador ni un reformador brillante. Fue, sobre todo, un superviviente. Y en el siglo IV romano, sobrevivir ya era una forma extraordinaria de victoria.

1. LA BATALLA DE MURSA (351). UNA INÚTIL Y CRUEL CARNICERÍA.



CUANDO LAS AGUAS DEL RIN SE TIÑERON DE ESPUMA ROJA. BATALLA DE ARGENTORATUM( 357). LAS CAMPAÑAS DE JULIANO Y VALENTINIANO I EN LA GALIA.

domingo, 9 de junio de 2024

LA BATALLA DE MURSA(351). UNA INUTIL Y CRUEL CARNICERIA.

Un artículo de Federico Romero Díaz para Historia y Roma Antigua. 


La batalla de Mursa, librada entre los ejércitos del usurpador de origen franco Magnencio y el emperador de Oriente, Constancio II, el 28 de septiembre del 351, fue uno de los enfrentamientos más sangrientos y duros del siglo IV. Para comprender los eventos que llevaron a esta batalla, es esencial comprender la situación política del Imperio romano en esa primera mitad del siglo IV.

 Comitatenses romanos . Il. Pawel Kaczmarczyk

Muerto Constantino el Grande el 22 de mayo del 337, el imperio fue dividido entre sus tres hijos supervivientes, más Hanibaliano y Dalmacio. Su hijo Mayor Crispo había sido ejecutado con el consentimiento de su padre en el 326, víctima de una conspiración, probablemente urdida por su madrasta Fausta. 

Ejército romano en marcha siglo IV. Autor Gerry Embleton
Los herederos fueron Constantino II, Constancio II y Constante, Dalmacio y Hanibaliano. Esta división generó tensiones y conflictos internos. No estaba destinada a durar y en septiembre de ese mismo año Constancio II movió ficha. Fueron asesinados dos tíos de Constancio y seis de sus primos, incluyendo Hanibaliano y Dalmacio, gobernantes de Ponto y Mesia respectivamente, Julio Constancio, hermanastro de Constantino y padre de Juliano y Galo, y todos los miembros de su familia, además de sus principales partidarios.


Tras la matanza, se hizo necesario ponerse de acuerdo y los tres hermanos se reunieron en Sirmio para repartirse el Imperio. los tres se proclamaron augustos y Constancio recibió todas las provincias orientales, incluyendo Constantinopla, Tracia, Egipto y la Cirenaica en África; Constantino II recibió gran parte de Occidente (Britania, la Galia, Hispania y Mauritania) y Constante que en ese momento contaba tan solo con 13 años, bajo la supervisión de Constantino II, recibió Italia, África, Ilírico, Panonia, Macedonia y Acaya. En el 340 el joven Constante, disconforme con el reparto realizado a sus espaldas por sus hermanos mayores, tendió una emboscad a su hermano Constantino en Aquilea y lo ejecutó, pasando a administrar ahora todo el Imperio Occidental el solo. 

El gobierno de Constante en solitario duró hasta su asesinato en el 350 a manos de Magnencio, un general pagano, de origen germano-romano. Las fuentes nos trasmiten un sentimiento generalizado de rechazo por parte de la sociedad al gobierno de Constante. Al parecer se mostró extremadamente cruel y tiránico. Persiguió a los judíos, a los paganos y a los homosexuales, a pesar de ser acusado el mismo de serlo. el ejército, especialmente el estacionado en la Galia empezó a sentirse a disgusto con Constante. Prefería vivir en Italia o en Ilírico a la Galia y además favorecía descaradamente a un grupo de guerreros alanos a los que había contratado para su comitatus o comitiva. Cuando eres emperador enemistarte con diferentes sectores de la aristocracia, incluso del pueblo no es recomendable, pero hacerlo con el ejército es firmar tu sentencia de muerte.


La usurpación de Magnencio (350/353)

Flavio Magno Magnencio fue un general romano de origen germano-romano que nació alrededor del año 303 en Amiens, en la región de las Galias. Las fuentes nos dicen que Magnencio era de origen franco, posiblemente descendiente de una familia de laeti, colonos germanos asentados en el Imperio por los romanos. Su carrera militar fue rápida gracias a su carisma y a la confianza que la dinastía de Constantino puso en él. Antes del 350 había alcanzado el rango de comes rei militaris y comandaba las unidades palatinas de Iovani y Herculani. 

En 350, Magnencio aprovechó el descontento generalizado con el gobierno de Constante. El joven augusto era visto como un corrupto incompetente que no mostraba el respeto necesario por las tropas a su mando y que por lo tanto, no se merecía gobernar la mitad occidental del Imperio. El 18 de enero, durante una celebración en Augustodunum (actual Autun,, Francia), Magnencio fue proclamado emperador por sus tropas. Con una rapidez sorprendente fue reconocido por todas las provincias occidentales. Este golpe de estado fulgurante  culminó con el asesinato de Constante que abandonado por todos huyó hacia los Pirineos, siendo alcanzado por los jinetes de Magnencio en una aldea de la  región llamada Elena.

Double Centenionalis Magnentius

Magnencio era consciente de ser un usurpador y de cargar con la muerte de un hijo de Constantino sobre sus espaldas. Trató de buscar la legitimidad de su autoridad y de su gobierno mediante políticas populares además de buscar el apoyo de la aristocracia y el ejército romano. Sin embargo, su ascenso no fue aceptado por Constancio II, que no podía dejar pasar el asesinato de su hermano y el hecho de que había llegado al trono usurpándolo. Desde Oriente, se dispuso a acabar con él al considerándolo una amenaza directa a su autoridad.

La batalla de Mursa (351)

En vista de las enormes fuerzas que se iban a enfrentar en esta nueva guerra civil, ambos eran conscientes de que las perdidas, independientemente de quien obtuviera la victoria, serían inmensas y que eso no beneficiaba al Imperio, sino todo lo contrario. Constancio II ofreció confirmar los derechos de Magnencio sobre las regiones occidentales del Imperio, pero reclamó en contrapartida el gobierno de Italia y África. Magnencio, pensando que tenía una mejor posición estratégica que su enemigo rechazó la oferta.

Catafractas romanos mediados siglo IV. Autor de la izquierda Velimir Vuksic y de la derecha Igor Dzis. ( Fuente ArreCaballo.es)

La lucha se dilucidó en la conocida como Batalla de Mursa, librada el 28 de septiembre del 351. Era una ciudad estratégica en la provincia de Panonia. Las fuerzas de Constancio II y Magnencio se encontraron a orillas del río Drava. El ejército del primero estaba compuesto por tropas orientales y destacamentos de caballería pesada catafracta, mientras que Magnencio contaba con la lealtad de muchas legiones occidentales y tropas auxiliares germanas.

Legión tardorromana por Giuseppe Rava

Justo antes de producirse la confrontación entre los dos ejércitos el tribuno Silvano, comandante de una unidad de elite de caballería de Magnencio, leal como su padre un antiguo general de Constantino, a la memoria del gran emperador se pasó, junto a  la totalidad de su unidad, a las filas de Constancio, lo que propinó un duro golpe a la moral de Magnencio que tuvo que soportar como una parte importante de su caballería le abandonaba en un momento clave.

Catafractos romanos cargan contra el enemigo. Il. Igor Dzis

El enfrentamiento fue feroz y sangriento, con miles de soldados cayendo en ambos bandos. Magnencio trató de tender una emboscada al ejército de Constancio antes de que estuviera desplegado en el campo de batalla. Pero su táctica fue descubierta y las tropas lograron replegarse a tiempo. La emboscada fallida fue un desastre para sus propios hombres, que fueron masacrados por los tribunos de Constancio Scudilo y Manadus. También jugó en contra del usurpador el hecho de que parte de su ejército se encontraba disperso en los sitios de Sirmio y Mursa. La caballería de Constancio II fue crucial en el desarrollo de la batalla, logró penetrar las defensas de Magnencio, causando desorganización y pánico. La lucha fue cruel e inmisericorde. Constancio se refugió a rezar por la victoria en una capilla junto al obispo Valente Finalmente, las fuerzas de Magnencio se desmoronaron y él se vio obligado a retirarse. 

Muerte de Magnencio y Consecuencias de su usurpación.

La batalla de Mursa tuvo consecuencias devastadoras tanto para los vencedores como para los vencidos. Aunque Constancio II emergió como el vencedor, la victoria fue pírrica debido a las enormes pérdidas sufridas por su ejército.

Las fuentes se lamentan de la gran mortandad del enfrentamiento: Eutropio argumenta que esos efectivos podrían haberse empleado en cualquier guerra contra los bárbaros, Orosio dice que las pérdidas de efectivos se acusaron mucho tiempo después (Orosio., Historia contra los paganos, VII, 29, 12). Zonaras da unas cifras muy elevadas de caídos, 30.000 en el bando de Constancio II, 24.000 en el de Magnencio. Zósimo nombra a varios de los comandantes que ese día se  cubrieron de gloria y a otros caídos en el combate en el bando de Constancio II como Arcadio o Menelao, tribuno de los sagittari Armenii, capaz de disparar tres flechas a la vez y con ellas alcanzar a tres objetivos distintos. Magnencio perdió a Marcelino su magister officiorum en combate.  Se estima que murieron alrededor de 30,000 soldados, un número significativo que debilitó considerablemente el poder militar romano.

 Entre 1/3 y ¼ de los reclutas se instruían con arcos. maestro de armas o campidocto con reclutas que llevan un gorro panonio de cuero que debían llevar siempre para acostumbrarse al casco. Autor Gerry Embleton ( Fuente Arre caballo.es)


Para Magnencio, la derrota en Mursa fue el inicio de su declive. Tras el desastre, trató de reorganizar sus fuerzas, pero el golpe a su legitimidad y poder fue demasiado fuerte. No debemos olvidar que todo emperador recién elevado al trono y mucho más si era un usurpador carente de legitimidad dinástica, se consolidaba en el trono gracias a las victorias en el campo de batalla. Si no era capaz de demostrar su capacidad militar sus días estaban contados y ese fue el caso de Magnencio.

Finalmente, en 353, Magnencio fue derrotado nuevamente por Constancio II en la batalla de Mons Seleucus, en territorio alpino, y viendo que su situación era desesperada, se suicidó para evitar ser capturado. Se suicidó en Lyon en el 353 y Decencio (probablemente su hermano) hizo lo mismo, poco después en Sens.


Con la muerte de Magnencio, Constancio II se convirtió en el indiscutible señor de todo el Imperio. Amiano Marcelino nos cuenta que Constancio II que pretendía reconciliarse con la aristocracia italiana, se mostró generoso perdonando a los seguidores de su enemigo.

La victoria de Constancio II consolidó su control sobre todo el Imperio Romano, al menos temporalmente. Sin embargo, el costo de la guerra civil debilitó el Imperio, haciéndolo más vulnerable a las amenazas externas, particularmente de las tribus germánicas y los persas sasánidas. Además, la guerra civil dejó una herida profunda en la estructura interna del Imperio, exacerbando las divisiones y tensiones entre Oriente y Occidente que seguirían afectando a Roma en las décadas siguientes.

La batalla de Mursa, junto con la batalla de Adrianópolis en el 378 y la del río Frígido en el 394 supusieron una inmensa pérdida de soldados romanos que las legiones difícilmente pudieron volver a reponer. La escasez de efectivos convirtió a los emperadores futuros en gobernantes mucho mes prudentes que trataban de no exponer sus tropas en grandes combates abiertos en los que se podrían sufrir numerosas bajas en caso de derrota. Optaron por estrategias diferentes como sitiar al enemigo, reducirles al hambre por falta de suministros, etc. Aunque Constancio II logró eliminar a su rival, el precio de la victoria dejó profundas cicatrices en el Imperio, afectando su estabilidad, capacidad de respuesta y fortaleza en las décadas futuras.

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