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sábado, 29 de octubre de 2022

EL LOBO Y LA LICANTROPÍA. SU SIMBOLISMO EN LA ANTIGUA ROMA.

 Una colaboración de Iván La Cioppa para HRA.

El lobo, un animal orgulloso y salvaje, siempre ha estado en el centro de mitos y leyendas encarnando la naturaleza salvaje y ancestral de los pueblos primitivos que vivían en estrecho contacto con la naturaleza.

Como símbolo de fuerza, ferocidad e instinto depredador, pronto se convirtió en el animal sagrado del dios de la guerra, Marte que, y no es de extrañar, también era considerado dios de los rebaños y las cosechas, como lo demuestra una oración contenida en «De agri cultura» de Catón el Viejo.

Varios autores antiguos nos confirman el estrecho vínculo entre Marte y el lobo. Livio nos cuenta que en la Vía Apia había una estatua de Marte con lobos, y Virgilio en la Eneida se refiere al lobo con el nombre de «martius» mientras que Horacio habla de «martialis lupus».

Nacida de una comunidad de pastores y cazadores, Roma adoptó de inmediato al lobo como símbolo y animal sagrado, un estrecho vínculo que encontramos en la misma leyenda de la fundación de Roma donde Rómulo y Remo son hijos de Marte y son amamantados por una loba, enviada por el dios para ayudar a su propia descendencia. El mito quiere ante todo celebrar la grandeza del linaje de Roma que, además de ser hija de un dios, había "mamado" de la loba sus extraordinarias cualidades con las que Roma se identificaba, especialmente en el ámbito militar. 

En los estandartes y escudos de muchas legiones y cohortes auxiliares, de hecho, aparecía la imagen del lobo como símbolo de su identidad y herencia. Los vélites en la época republicana, los «signiferi» y los músicos vestían una piel de lobo para congraciarse con el dios Marte y adquirir el gran poder de la fiera más querida por los romanos.

Una de las fiestas más famosas del calendario romano eran los «Lupercalia», que se desarrollaban en torno al mito del lobo y más precisamente al dios Fauno llamado Luperco, término que hacía referencia al lobo por su aspecto y naturaleza salvaje, indisolublemente unida a la potencia sexual que lo convertía en el dios de la fertilidad. Según otra tesis, el nombre hacía referencia a su papel como protector de las manadas de lobos depredadores. Según otras fuentes, Luperco era el nombre del lobo sagrado de Marte. De hecho, las diversas teorías podrían estar vinculadas por la creencia de que Fauno era nieto de Marte. También hay que decir que el ritual central de la fiesta se realizaba en el “Lupercale”, la cueva donde se cree que la loba había amamantado a Rómulo y Remo. Al final, todo gira en torno a la figura del lobo.

En el pensamiento romano, la idea que se tenía de este animal era muy peculiar. De hecho, era tan adorado como temido: cabe señalar que la figura del lobo también estaba vinculada al inframundo, como se puede observar en las urnas funerarias etruscas halladas en Perugia y Volterra, donde se esculpieron demonios con rasgos de lobo. El matiz negativo dependía de su papel de depredador: la sociedad pastoril y campesina lo veía como una amenaza para los rebaños. De ahí surgieron muchas creencias relacionadas con el "mal" del animal.

Es turbador el fragmento de las Geórgicas donde Virgilio describe el gran temor y el horror que despertaba el aullido de los lobos que, según Columela, sólo podían combatir perros fuertes y sanos. Esto nos lleva de vuelta a los «Lupercalia» donde precisamente un perro, enemigo tradicional del lobo, se sacrificaba al dios.

Plinio el Viejo, que dedicó un capítulo entero de su «Naturalis Historia» al lobo, recuerda una leyenda itálica según la cual quien mira a los ojos a un lobo pierde la voz y, por eso, cuando alguien se quedaba sin palabras, le decían «lupus est tibi visus» (has visto un lobo).

Ver un lobo también podía considerarse un buen presagio: como en el relato de Tito Livio de la batalla de Sentinum en 295 a.C. entre los Romanos y una coalición de Samnitas y Senones.

«Una cierva, perseguida por un lobo que la había obligado a escapar de las montañas, huyó por la llanura y corrió entre las dos hileras enfrentadas; de pronto el lobo y la cierva giraron en direcciones opuestas... el lobo hacia los romanos. Para el lobo se abrió un pasaje entre las filas, sin embargo la cierva fue muerta por los galos... La parte romana gritó: 'así la huida y la matanza han formado su curso, donde yace la bestia consagrada a Diana; de este lado el lobo, consagrado a Marte, ileso y sano, nos ha recordado la raza marciana y a nuestro Fundador» (Ab Urbe condita, X, 27). 

Livio a menudo en su grandiosa obra historiográfica, menciona a un lobo merodeando por alguna ciudad y, según la situación, lo interpreta de una forma u otra.

Para Cicerón fue presagio de grandes calamidades cuando, durante una fuerte tormenta, un rayo cayó sobre la efigie de la loba amamantando a Rómulo y Remo.

Con el cristianismo se acentuó la acepción negativa del lobo, que representaba plenamente el paganismo que impregnaba Roma desde sus orígenes.

El instinto primordial, la voracidad, el apetito sexual, la fuerza eran, en efecto, características aborrecidas por la naciente religión que predicaba la templanza y el dominio de las pasiones. Con la afirmación del cristianismo en los niveles más altos de las clases dominantes se inició una campaña para eliminar a los lobos, perpetrando una auténtica masacre.

A pesar de todo, la figura del lobo permanece ligada aún hoy a la grandeza de Roma y sus orígenes legendarios, convirtiéndose también en un símbolo de arrojo y valentía en la sociedad moderna.

LA LICANTROPÍA EN LA ANTIGUA ROMA.

El hombre lobo, un ser fantástico que siempre ha fascinado al ser humano de todas las épocas, despertaba mucho interés también entre las fuentes romanas. Muchos autores de la literatura latina han tratado el tema: en primer lugar, Plinio el Viejo que habla de ello en profundidad en el capítulo dedicado a los lobos en su «Naturalis historia».

“Según el griego Evante, un miembro de la familia de un tal Anto en Arcadia fue elegido en un sorteo y llevado a un estanque; aquí colgó su ropa de un roble, cruzó a nado el estanque llegando a lugares deshabitados y se transformó él mismo en lobo. Permaneció entre los otros lobos durante nueve años, después de los cuales, si no había tocado carne humana, podía regresar al estanque y a su vida” (NH, VIII, 81).


Petronio también menciona un caso en el «Satyricon»:

“... Convencí a un soldado nuestro huésped, fuerte como un ogro, para que me acompañara. Cuando llegué en medio de un cementerio, mi compañero comenzó a mear entre las piedras, mientras yo canturreaba intentando armarme de valor e iba contando las tumbas. Después de un rato, volviéndome, vi que el soldado se había desnudado y había dejado su ropa al borde del camino. Con el corazón en un puño me quedé mirándolo: orinando dibujó un círculo alrededor de su ropa y de inmediato se transformó en un lobo...” (Sat., 62)

Virgilio nos cuenta otro episodio en las Bucólicas:

Estas hierbas y venenos recolectados en el Ponto, Meri mismo me los dio: en el Ponto nacen muchos. Vi a Meri, gracias a esas pócimas, con frecuencia transformarse en lobo y esconderse en los bosques, a menudo lo vi evocar almas de tumbas profundas y transportar las cosechas de un campo a otro” (Ecl. VIII, 96-100)

También es interesante el mito de Licaón mencionado en las Metamorfosis de Ovidio (I, 209-241), que nos cuenta la historia del rey de Arcadia que, dudando de su identidad, pone a prueba a Zeus dándole de comer carne humana.

...Pero como si eso no fuera suficiente, degolla con su espada a un rehén que le envió el pueblo de los Molosos, y esos miembros aún medio vivos en parte los hierve en agua, en parte los asa a la brasa...”

El castigo del padre por los enfurecidos dioses no se hace esperar y será inexorable.

Aterrorizado, huye y al llegar al silencio de la campiña empieza a lanzar aullidos, tratando de hablar. La ira se le sube a la cara desde lo más profundo y, sanguinario como siempre, se vuelve contra los rebaños y, como de costumbre, disfruta de la sangre. La ropa se transforma en vello, los brazos en patas: y es lobo, pero tiene rastros de su forma antigua. El cabello cano sigue siendo el mismo, la furia del rostro es la misma, como la luz siniestra de sus ojos y el gesto feroz”.

Cruzando las diversas fuentes, podemos rastrear el perfil del hombre lobo en la cultura romana.


El término utilizado para indicar al hombre lobo era «Versipellis», como lo atestigua Petronio, y literalmente significa “con la piel del revés”, algo que indica una transformación reversible. Es decir que un hombre puede transformarse y luego volver a su forma humana. La transformación no se produce necesariamente con la luna llena sino a través de rituales o pócimas mágicas, la voluntad divina o el contacto con la naturaleza, o en lugares vinculados a la muerte.

Otra peculiaridad: los hombres lobo mencionados en las fuentes son todos hombres. Nunca se habla de mujeres.

Muchos intelectuales romanos consideraban estas historias como fruto de la fantasía, como el propio Plinio. Galeno, en su «Ars medica» va más allá, considerando la licantropía como una enfermedad, una forma de melancolía, que se podía tratar:

Sí es oportuno saber que esta enfermedad es parecida a la melancolía: que se puede curar abriendo la vena durante el período de acceso y evacuando la sangre hasta la pérdida del conocimiento, y el paciente será alimentado de alimentos muy jugosos. También se puede hacer uso de baños de agua dulce: posteriormente el suero durante un período de tres días; también se purgará con el coloquín de Rufo, de Arquígenes o de Justo, tomado con varios intervalos. Después de la purgación, también se puede usar la triaca extraída de las víboras y los demás tratamientos de la melancolía ya mencionada anteriormente”.

Realidad o ficción, el mito del hombre lobo ha llegado hasta nuestros días con toda su potencia y nos fascina de una forma extraordinaria, como en su momento fascinó a los antiguos romanos, a pesar de haber pasado tanto tiempo.

Traducción del italiano por Alice Croce Ortega

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LA VIDA DEL LEGIONARIO TITO VALERIO "PUDENS"

DECÉBALO. EL REY "CON UN CORAZÓN VALIENTE"

miércoles, 19 de octubre de 2022

DECÉBALO. EL REY "CON UN CORAZÓN VALIENTE"

Una colaboración de Iván La Cioppa para  Historia y Roma Antigua

"Con un corazón valiente": este es el significado del nombre de uno de los mayores enemigos de la historia de Roma: Decébalo, rey de los Dacios. La fuente principal sobre su vida es Dión Casio, quien nos deja una peculiar descripción del soberano dacio:

"Era doblemente astuto, tanto en la táctica como en las acciones de guerra; diestro tanto en lanzar el ataque como en elegir el mejor momento para retirarse; experto en emboscadas y maestro de las batallas campales; no sólo sabía bien cómo explotar la victoria, sino que también fue capaz de limitar el daño en caso de derrota".

Estas palabras revelan el respeto que el mundo romano sentía hacia él, a pesar de ser un enemigo y lo mismo se puede apreciar en la Columna de Trajano donde se le representa como un gran comandante militar.

Los datos que tenemos sobre la biografía de Decébalo son, sin embargo, muy escasos. No sabemos nada de su juventud. Aparece por primera vez en el año 85 d.C. como general del séquito del rey Douras que lanzó una ofensiva masiva contra la frontera romana de Mesia, matando incluso al gobernador Sabino. Un acto de semejante gravedad no podía quedar impune: en el 87 d.C. Domiciano movilizó un gran ejército y marchó hacia Dacia que ya no estaba gobernada por Douras sino por Decébalo, quien lo había sucedido mientras tanto. El nuevo rey no había perdido el tiempo y había reforzado las fortificaciones y preparado su ejército para la inevitable ofensiva romana. Seguro de su posición, según Dión Casio incluso se atrevió a burlarse del emperador, a quien ordenó pagarle un tributo y regresar a Roma. Domiciano, furioso, organizó la ofensiva encabezada por el jefe del Pretorio Cornelio Fusco que lamentablemente pereció cerca de Tapae con gran parte del ejército romano. 

Mapa de las campañas de Domiciano contra Dacia. Autor Roger M Kean

Fue entonces cuando el rey, cuyo nombre era Diurpaneo, fue apodado Decébalo, debido a su gran hazaña. Sin embargo, Domiciano no se desanimó y envió otro ejército bajo el mando de Tetio Juliano que por fin derrotó a los Dacios, siempre cerca de Tapae. Fue un duro golpe para Decébalo, pero la suerte seguía de su lado: los Marcomanos habían causado una gran derrota al Imperio y el gobernador de Germania Superior, Saturnino, se había amotinado contra Domiciano que se vio obligado a concentrar todas sus fuerzas para sofocar la revuelta, así que, a regañadientes, tuvo que firmar las paces con el reino de Dacia: una paz degradante para Roma que se comprometía a enviar instructores militares, arquitectos, artesanos y una cuantiosa suma anual equivalente a ocho millones de sestercios a cambio de sumisión, sólo formal, como estado cliente. Decébalo, de hecho, había logrado un gran éxito que hizo que fuera aún más querido por su pueblo. En los años siguientes, su corte se convirtió en el refugio de muchos desertores romanos y opositores de su autoridad. 

Poblado dacio. Autor Radu Oltean

Pero la situación llegaría pronto a un punto crítico. Domiciano fue asesinado en el 97 d.C. y, tras el breve gobierno de Nerva, Marco Ulpio Trajano se convirtió en emperador. El nuevo «Princeps» no perdió tiempo y, temeroso del creciente poder del reino de Dacia y al considerar indigno el pago de un tributo, organizó una gran campaña para reafirmar el poder de Roma sobre aquellas tierras. La guerra pronto se volvió a favor de los romanos que llegaron bajo las murallas de Sarmizegetusa. Decébalo se apresuró a pedir la paz de inmediato, consciente de la superioridad de las tropas imperiales e impulsado por la captura de su hermana. Trajano aceptó la rendición e impuso condiciones muy duras como una guarnición romana en Sarmizegetusa, la cesión de algunos territorios y el derribo de algunas fortificaciones.En esta coyuntura también destacamos la gran personalidad de Decébalo que, a pesar de su orgullo, se postró ante Trajano, consciente de la derrota y no queriendo provocar más duelos a su pueblo.

Primera campaña dacia de Trajano. Wikimedia Commons

Sin embargo, ya estaba planeando contratacar, solo estaba ganando tiempo para reconstruir sus fortalezas, forjar nuevas alianzas y reunir tropas. Nunca abandonaría su sueño de una Dacia fuerte y poderosa, libre del yugo romano. Trajano pronto descubrió el complot que se organizaba en su contra y, furioso, organizó una segunda campaña, decidido a acabar de una vez por todas con aquel reino bárbaro que insistía en desafiar al Imperio. 


Los ejércitos romanos volvieron a cruzar el Danubio en el año 105 d.C. Decébalo sabía que el ejército romano era muy superior al suyo y por eso trató de usar toda su astucia. Consciente de que el poder de Roma residía en su emperador, envió asesinos para eliminarlo. Lamentablemente, su plan falló. Así que intentó otro plan: capturar a uno de los generales más talentosos del «Princeps», Cayo Casio Longino, y usarlo para pedirle a Trajano que se retirara. Esta vez su plan tuvo éxito. Le tendieron una emboscada y fue capturado pero poco después, a pesar de los planes del rey dacio, el general se suicidó. Sin desanimarse, Trajano continuó la invasión hasta la capital, que fue conquistada y arrasada como advertencia. Mientras tanto, Decébalo había decidido retirarse y organizar la resistencia, perseguido por los auxiliares romanos que conocían bien esas tierras.

Desgraciadamente, la suerte había abandonado al rey de los Dacios: consciente del inminente final, organizó un gran banquete en una de las últimas fortalezas que quedaban en pie y se suicidó. Justo en ese momento, para gran sorpresa de los asistentes, un decurión de caballería con sus hombres irrumpió en la sala, cortó la cabeza del rey y se la llevó a Trajano. El nombre del decurión era Tiberio Claudio Máximo, cuya estela funeraria donde se recuerdan sus hazañas ha llegado hasta nosotros. También está inmortalizado en la Columna de Trajano, en el acto de entregar la cabeza de Decébalo al emperador.

Representación de la muerte de Decébalo en la Columna Trajana.

Así se concluye la epopeya de un gran guerrero y un rey extraordinario que había intentado oponerse a un destino ineluctable. En los siglos siguientes, el recuerdo de sus hazañas se perdió salvo reaparecer en el siglo XIX con el despertar del orgullo nacional rumano que buscaba un héroe en su pasado. ¿Y quién mejor que Decébalo podría representar el orgullo y el espíritu de revancha de un Pueblo?



Traducción del italiano por Alice Croce Ortega 

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miércoles, 12 de octubre de 2022

LA VIDA DE LOS LEGIONARIOS A TRAVES DE SUS ESTELAS FUNERARIAS. LA VIDA DEL LEGIONARIO TITO VALERIO "PUDENS" ; EL CASO DE CAYO CASTRICIO VÍTTORE Y EL DE GAYO JULIO BACCO. EL LEGIONARIO RETRATADO DE CIVIL Y BEBIENDO VINO

Una colaboración de Ivan La Cioppa para HRA.

La estela de Tito Valerio Pudens contiene una inscripción bastante legible, complementada con el trabajo de los epigrafistas.

T(itus) Valerius T(iti) f(ilius) / Cla(udia) Pudens Sav(aria) / mil(es) leg(ionis) II A(diutricis) P(iae) F(idelis) / c(enturia) Dossenni / Proculi a(nnorum) XXX / aera [V]I h(eres) d(e) s(uo) p(osuit) / h(ic) s(itus) e(st)

"Tito Valerio Pudens, hijo de Tito, de la tribu Claudia, de Savaria, legionario de la II Legión «Adiutrix Pia Fidelis», del siglo de Dosennio Proculo, vivió 30 años, sirvió 6 años, hecho por su heredero, yace aquí."

El texto, aunque breve nos ofrece mucha información para analizarla.

Tito era originario de la ciudad de Savaria, un gran centro de la Alta Panonia, pero probablemente no era de linaje bárbaro. Debía ser de linaje itálico y titular de ciudadanía romana, requisito fundamental para alistarse en una legión. Tal vez su familia se había asentado en ese centro como parte de los colonos enviados por el emperador Claudio en el año 43 d.C.

Tito se alistó a los veinticuatro años, una edad bastante avanzada para alistarse, algo que nos sugiere que el joven pudo hcerlo impulsado por razones de necesidad. 

Sirvió en la centuria de Dossenio Próculo. La inclusión de este dato nos induce a pensar que, en general, las centurias se indicaban sólo formalmente con un número . Pero que en la vida real se identificaban con el nombre del centurión al mando, papel fundamental en la jerarquía militar. Además, este dato también demuestra el apego de los legionarios a su centuria como unidad básica de la legión con muchos servicios en común, como el depósito de la paga y el fondo funerario.

Desgraciadamente, el pobre Tito murió seis años después de su enrolamiento, algo que nos confirma la fugacidad de la vida en el ejército romano y más aún en Britania. La estela se encontró, para más detalle, en la ciudad de Lincoln, en el emplazamiento de la antigua ciudad romana de Lindum. El hallazgo es una de las pruebas de que la «Legio II Adiutrix» se asentó en esa ciudad.

Probablemente, el legionario falleció en el 76/77 d.C. porque otras fuentes dan fe de la II «Adiutrix» en Lindum a partir del 71 mientras que a finales de la misma década se produce su traslado a Deva, donde construye su fortaleza. 

Todo esto nos lleva a una curiosa consideración: Tito se había alistado el mismo año o el siguiente después de la formación de la legión y entre sus filas había participado en las primeras campañas de esta unidad, como la sangrienta represión de la revuelta de los bátavos.

Al final de la inscripción se cita al heredero anónimo que mandó tallar la piedra funeraria. Los legionarios nombraban herederos a veces a sus familiares pero otras a sus compañeros, con los que establecían una relación de hermandad muy estrecha.

Más allá de la inscripción, la estela cuenta con otros elementos que complementan nuestra investigación.

En el tímpano vemos esculpidos dos delfines y un tridente, símbolos típicos asociados a Neptuno, algo que no es de extrañar porque la «Legio II Adiutrix» se había formado con los marineros de la «Classis Praetoria Ravennatis» y había mantenido sus orígenes marítimos como legión naval, junto con la I «Adiutrix».

Sin embargo, este dato nos sugiere una hipótesis alternativa sobre su alistamiento tardío: Tito no había entrado en el ejército a una edad avanzada por necesidad sino que podría ser uno de los marineros de la flota de Rávena de la que nació la «Legio II Adiutrix». El hecho de que en la estela no se mencione su servicio anterior en la marina puede explicarse con la baja reputación de la que disfrutaba en comparación con la legión y por ende la voluntad de no divulgar este dato. 

Finalmente, en la parte inferior de la estela destaca el bajorrelieve de un hacha. Es un símbolo recurrente en muchos monumentos funerarios militares, especialmente en el Imperio occidental. Su significado no está del todo claro pero una tesis acreditada afirma que el hacha representa la fuerza del guerrero, de hecho era el arma típica entre los pueblos indoeuropeos. Ligado a este significado, el hacha podría muy bien representar el sello de inviolabilidad de la tumba.

La estela funeraria de Tito Valerio «Pudens» se conserva en el British Museum, en Londres.

UN LEGIONARIO AL MANDO DE UN GENERAL. EL CASO DE CAYO CASTRICIO VÍTTORE.
Estela funeraria de especial relevancia, hallada en Aquincum, hoy Budapest, sede de una gran fortaleza legionaria y capital de la «Pannonia inferior».
El epígrafe se pude leer claramente y, además de datos sobre el difunto, contiene información fundamental sobre un importante personaje de la historia romana.
C(aius) Castricius / C(ai filius) Off(entina) (!) Vic/tor Como mil(es) / leg(ionis) II ad(iutricis) (centuria) M(arcii) / Turbonis ann(orum) / XXXVIII stip(endiorum) XIIII / h(ic) s(itus) e(st) L(ucius) Lucilius fr(ater) / et he(res) posuit p(ro) p(ietate
Caio Castricio Vittore, hijo de Cayo de la tribu Offentina, de Como.
Soldado de la «Legio II Adiutrix», de la centuria de Marcio Turbón.
Vivió treinta y ocho años, con catorce años de servicio. Aquí está enterrado.
Lucio Lucilio, su hermano y heredero posó como signo de devoción.



En primer lugar, examinamos el texto, bastante rico.
El difunto Vittore nació en Como, ciudad lugar de nacimiento de Plinio el Viejo. Vivió treinta y ocho años. Ya que murió después de catorce años de servicio, se supone que se alistó a los veinticuatro, una edad mayor que de costumbre.

Pero la noticia más importante es que Vittore era un legionario de la «Legio II Adiutrix», que presidía la fortaleza de Aquincum desde la última década del siglo I, y el centurión al mando de su centuria era nada menos que Quinto Marcio Turbón, quien a los pocos años se convertiría en uno de los generales más ilustres del séquito de Trajano. 
Esta información añade un detalle más a la vida de Turbón que conocemos gracias a la inscripción de Cyrrus y varias citas en las fuentes clásicas. La primera mención de Turbón se remonta al año 113 d. C. como Prefecto de «Classis Praetoria Misenensis», algo confirmado por un diploma de «honesta missio» de algunos marineros de la flota de Miseno. Algo que nos induce a datar la estela de unos años antes.
La tumba fue construida por encargo de Lucio Lucilio, identificado como su hermano y heredero. Puesto que esta segunda calificación comparece en referencia al comisionista en un gran número de monumentos funerarios. puede deducirse que el heredero recibiera también el encargo de construir el monumento en memoria del difunto.
Ahora pasemos a los elementos decorativos.

El legionario se halla figurado con su panoplia completa. Cabe subrayar la presencia de las dos jabalinas que se suministraban a cada soldado para realizar un doble lanzamiento antes del contacto con el enemigo.
El casco, un tanto insólito, parece tener cuernos o plumas a los lados.
El «balteus» tiene una serie de tachuelas decorativas, una señal de que Víctor había invertido unos cuantos sestertius en un equipamiento de calidad.
Vittore parece vestir una «lorica hamata», aunque el tiempo haya borrado la textura metálica. Llama la atención la ausencia de los tirantes de refuerzo, aún en boga en esta época pero que desaparecerán en el siglo III. El uso de este tipo de loriga depende de la legión a la que pertenecíera el soldado: la «Legio II Adiutrix» era una legión naval que servía muy a menudo en buques de guerra y una loriga tan ligera y cómoda era mucho más recomendable para luchar en un trirreme que una segmentata.
El tipo de escudo de Vittore también responde a la misma exigencia. Apreciamos que no es un escudo tipo teja, habitual en esta época, sino un escudo ovalado, utilizado sobre todo por la infantería ligera al ser más manejable y menos voluminoso, por lo tanto también era el mejor para combatir en la cubierta de un buque. 
El escudo es muy interesante porque representa una fuente visual clara de cómo se podía decorar. De hecho, podemos ver los inevitables rayos de Júpiter y, lo que más llama la atención, un umbo, bastante atípico para la época, con un bajorrelieve que representa una cabeza de medusa.
Algo que no es de extrañar porque, para los Romanos, Medusa era una entidad con valor protector y apotropaico. Los Romanos pensaban que podían ganarse el favor de la Gorgona y usar su poder para petrificar y aterrorizar a sus enemigos. Especialmente en el ámbito militar, su efigie se encuentra en las «loricae muscolatae» de los altos oficiales y como amuleto de la suerte. Minerva, diosa de la guerra “táctica”, tiene un escudo con la imagen de Medusa. 
Además de los propósitos de protección, los soldados creían que Medusa les brindaría coraje y furia en la batalla.
También podemos observar el «cingulum militare», el cinturón con colgantes en forma de medialuna, y debajo vemos un «subarmalis» con pteruges terminados en flecos. Ambos elementos parecen de excelente calidad.
A partir de este análisis iconográfico podemos incluso aventurar un perfil personal de Vittore.
El legionario probablemente prestó especial atención a la calidad de su panoplia, como puede observarse en el refinamiento de los diversos elementos tomados en consideración. Además, probablemente fue un hombre supersticioso tanto como para comprar, a un precio considerable, un umbo incrustado con la efigie de Medusa.
La suerte, por una parte, fue muy favorable a Cayo Castricio Vittore porque se encontró a las órdenes de un comandante formidable como Turbón. Lamentablemente no fue suficiente, porque Plutón lo llamó  antes de que pudiera alcanzar su merecida baja militar.

Traducción del italiano por Alice Croce Ortega 

GAYO JULIO BACCO. EL LEGIONARIO RETRATADO DE CIVIL Y BEBIENDO VINO

Otra estela muy particular  se conserva en el Museo Romano-Germánico en Colonia, Alemania.
La estela en cuestión se encuentra en excelente estado y consta de dos cuerpos: bajorrelieve y epígrafe.
Empecemos por el epígrafe, de tipo capitular, que incluso ha conservado parte de las rúbricas, es decir, el color rojo (generalmente derivado del minio o del cinabrio) en los surcos de las letras.

"C(aius) Iulius C(ai filius) Gale/ria Baccus Lugu/duni mil(es) coh(ortis) I Th/racum ann(orum) XXXIIX / stip(endiorum) XV. Antistius / Atticus et Bassius / Communis h(eredes) f(aciendum) c(uraverunt).
"Gaius Iulius Baccus, hijo de Gaius, de la tribu Galeria, de Lugudunum, soldado de la Cohorte I de Tracia, 38 años, 15 años de servicio. Antistius Atticus y Bassius Communis, sus herederos, lo hicieron erigir"."

Del texto podemos deducir mucha información: el fallecido se llama Cayo Julio Bacco, sirvió 15 años en la «Cohors I Thracum» y murió a los 38 años. Cayo es un ciudadano romano, algo que se puede deducir de los «tria nomina» y de la clasificación en una tribu (en este caso la tribu Galeria, que agrupaba a todos los ciudadanos romanos de la «Gallia Lugdunensis»). Su «nomen», Julio, nos induce a pensar que la ciudadanía fue concedida a él o, más fácilmente, a alguno de sus antepasados bajo la dinastía Julio-Claudia por méritos militares o porque su progenitor ocupaba cargos públicos en el tejido social o político galo (por lo tanto, era un personaje ilustre que era necesario romanizar cuanto antes). Podríamos ir aún más lejos, y atrevernos a suponer que uno de sus antepasados recibiera la ciudadanía en la época de César.


El dictador quizás otorgara este derecho a un antepasado de Bacco, como recompensa por haber sido su aliado en la campaña de Galia. Es una hipótesis algo atrevida, pero no demasiado si pensamos en la ciudad de origen del difunto: Lugdunum. Que fue fundada como colonia romana en el 43 a. C., un año tras la muerte de César. Fue ocupada por los veteranos del dictador y exiliados romanos de Vienne. Todo esto nos induce a pensar que la familia del difunto era fiel a Roma.

El «cognomen» "Baccus" también es importante para adquirir información sobre el difunto. El término no se refiere al dios romano del vino, Baco, que se escribe con "h" después de las dos "c" (Bacchus), sino, más bien, a "Baco" , el jabalí, animal sagrado de galos y celtas. Por extensión, se refería a personas que comerciaban con cerdos o que tenían rasgos físicos que los asemejaban a estos animales. Posiblemente, el antepasado del difunto que adquirió la ciudadanía romana pudo haber sido comerciante de cerdos o tener ojos porcinos o quizás una talla considerable.

Pero si Baco era un ciudadano romano, se preguntarán algunos, ¿por qué sirvió en una cohorte auxiliar?

Existían cohortes auxiliares de ciudadanos romanos alistados durante crisis militares, cuando no era posible formar legiones completas. Los soldados de estas unidades recibían el mismo tratamiento de los legionarios según relata Tácito en una de sus obras (Ann. I, 8) donde narra que Augusto recompensó tanto a los legionarios como a los auxiliares de las cohortes de ciudadanos con las mismas donaciones.

Sin embargo, había otra posibilidad de que un ciudadano romano se alistara en una cohorte auxiliar y era cuando no reunía todos los requisitos indispensables para incorporarse a una legión. En ese caso podía acceder a los «auxilia», donde los requisitos eran mucho menos estrictos.
Nuestro Bacco puede haberse alistado como auxiliar por esta razón; quizás no fuera suficientemente alto o tuviera algún problema físico.

También puede resultar curioso que el difunto fuera galo y sirviera en una cohorte de tracios. De hecho, al principio, todos los soldados de cierta cohorte auxiliar procedían del mismo lugar: sin embargo, al pasar los años, por necesidad, las filas podían reponerse independientemente de la procedencia de los nuevos integrantes, salvo algunas excepciones. Probablemente la cohorte de los tracios estaba asentada en Lugdunum cuando Baco decidió alistarse, o él mismo se encontraba en una zona guarnecida por dicha unidad.
La cohorte I de Tracios por esos años se encontraba en «Germania Superior»  como atestiguan varios diplomas y monumentos funerarios del 65 al 129 d.C.

Pasemos ahora a considerar algunas anomalías que podemos observar en el epígrafe:
Primero,  las llamadas “ligaduras”, es decir, dos letras unidas por un lado. Este recurso se utilizaba para ganar espacio en la superficie a grabar.
Luego tenemos las llamadas “letras enanas” colocadas dentro de otra letra. Se usaban para corregir un error, como cuando el epigrafista se olvidaba de una letra.
Es interesante el caso de la palabra «Lugdunum» que el epigrafista corrige añadiendo una U enana dentro de la G.
Esto es importante por dos razones:
Primero, descubrimos que, como atestigua Dión Casio (Historia romana, L, 46), la ciudad, desde sus orígenes hasta cierto período, se llamó «Lugudunum».

En segundo lugar, la forma primitiva es fundamental para fechar la estela funeraria de Baco, a partir del estudio de otras fuentes. En primer lugar, podemos señalar que en el mausoleo de Munacio Planco, fundador de Lugdunum, edificado en el año 1 d.C, todavía se utiliza la forma original. La misma grafía «Lugudunum» se puede leer en la «Tabula Claudiana», una tablilla de bronce con un discurso del emperador Claudio sobre la oportunidad de admitir a los ilustres ciudadanos romanos de «Lugudunum» en el senado de Roma. El hallazgo se remonta al 48 d.C. Pero no es todo, porque esta forma sobrevive en las "Vidas de los Doce Césares" de Suetonio, que se remontan a la época de Publio Elio Adriano. Todos los autores posteriores utilizarán la palabra sin la "u". Es así como podemos fechar la estela de Baco en este mismo período, teniendo también en cuenta que su cohorte estuvo asentada en Germania desde el 65 al 129 d.C.
Ahora pasemos a la parte figurativa.

Aquí el soldado no está retratado con su panoplia, como es habitual, sino con ropa de calle en su triclinio mientras bebe el vino que le sirve un esclavo.

La imagen es sumamente evocadora bajo diversos aspectos y nos dice mucho sobre el carácter del difunto.
Bacco debió de estar muy apegado a su condición de ciudadano romano porque quiso ser retratado con dos símbolos de "ser romano": la toga y el triclinio.

La escena también recuerda la costumbre de amigos y familiares de celebrar un banquete («Silicernium») frente a la tumba del difunto, después del entierro, para compartir alimentos con él en su honor y para ayudarlo en su largo viaje hacia el Hades. Además, el triclinio también representa la riqueza y opulencia, indicando el lugar destacado que ocupará Baco en el más allá.

Tengamos en cuenta que en la escena representada, el auxiliar está bebiendo vino de una copa, sin embargo hay otras dos en la mesa: este detalle tampoco es casualidad.

Durante el banquete fúnebre frente al sepulcro, los asistentes bebían vino y se lo ofrecían al difunto, vertiéndolo sobre el altar, por el suelo, y a veces en canales especiales o en ánforas con el fondo abierto que alcanzaban los restos mortales del difunto.

Otras pruebas de esta costumbre son los triclinios de piedra encontrados en la necrópolis conocida como “de los Claudii” en la Via Laurentina, así como los numerosos frescos en las paredes de varias tumbas.

Un rasgo común a muchas tumbas es la representación de un esclavo sirviendo al difunto durante el banquete. Se trata de una reminiscencia oriental de la que Petronio también da fe en el Satyricon (Sat. 64).

Al final, Cayo Julio Bacco, de origen galo pero siempre fiel a Roma, vivió como romano y como tal decidió ser recordado después de su muerte.

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