Búsqueda de artículos

martes, 12 de mayo de 2026

EL PULSO VITAL DE LA HISPALIS DEL SIGLO III LATE BAJO EL ASFALTO DE SEVILLA

 

Hispalis en el Siglo III: luces y sombras de una metrópolis romana en transformación


Un texto de Francisco Jesús Calvo Falce para Historia y Roma Antigua.

La historia de Sevilla, la antigua Hispalis, no es solo una sucesión de estratos geológicos y cerámicos, sino un relato vivo que se hunde en las raíces de la mitología mediterránea. Antes de que las legiones de Roma impusieran su orden de piedra y derecho, la leyenda ya habitaba estas tierras. Se dice que Melkart, el incansable héroe fenicio —a quien los griegos llamarían Heracles y los romanos Hércules—, tras fundar la mítica Gades, navegó aguas arriba por el Betis. 

Recreación de la ciudad en maqueta.

En un promontorio estratégico, a salvo de las periódicas y violentas embestidas del río, dio vida a Spal. Siglos más tarde, sería el propio Julio César quien, según la tradición recogida por San Isidoro, refundaría el asentamiento bajo el pomposo nombre de Colonia Iulia Romula Hispalis. Un nombre que era, en sí mismo, una declaración de intenciones: "Iulia" por el linaje del dictador, "Romula" como un eco de la Ciudad Eterna, e "Hispalis" como la necesaria herencia del topónimo indígena. Y como recuerdo a ambos personajes históricos se presentan sendas imágenes que coronan las dos columnas existentes en la llamada Alameda de Hércules, que podemos ver en la imagen anexa (imagen: Francisco Calvo).

Sin embargo, el siglo III d.C. representa un capítulo singular en esta biografía urbana. Es un tiempo de "claro-oscuros", una época donde la monumentalidad del Alto Imperio comenzaba a convivir con las tensiones de la crisis del siglo III y el surgimiento de nuevas espiritualidades que desafiaban el orden establecido. Es el siglo de Diogeniano, el prefecto romano, y de dos hermanas alfareras, según la leyenda, del arrabal de Triana, Justa y Rufina, cuyo sacrificio marcaría el inicio del fin de una era. En las siguientes líneas, nos sumergiremos en la topografía, la arquitectura y el pulso vital de aquella Hispalis que aún hoy, bajo el asfalto de la Sevilla moderna, guarda secretos por revelar.

La Trama Urbana: El Esqueleto de la Ciudad

Para comprender la Hispalis del siglo III, debemos despojarnos de la imagen actual de Sevilla. El urbanismo romano era un ejercicio de geometría y jerarquía. El diseño de la ciudad se articulaba sobre dos ejes fundamentales: el Cardo Maximus (norte-sur) y el Decumanus Maximus (este-oeste).

En este periodo, el asentamiento aprovechaba las cotas más altas del terreno para protegerse del Guadalquivir, cuyo cauce antiguo difería notablemente del actual, discurriendo por zonas que hoy ocupan la Alameda o la calle Sierpes. Las investigaciones sugieren que el Cardo Maximus conectaba la zona de la actual Iglesia de Santa Catalina con la calle Abades. Por su parte, el Decumanus principal nacía en la zona de la Iglesia de San Esteban (calle Águilas) y se proyectaba hacia la Plaza del Salvador.



Muralla romana de Hispalis en época imperial. En ella se pueden ver ubicadas la basílica y el foro, así como el templo de la calle Mármoles o las termas bajo el Palacio Arzobispal. También se han señalado la posible ubicación del Foro Portuario, así como del circo y del anfiteatro

Es fascinante observar cómo el centro de gravedad de la ciudad se desplazó. Si bien el foro original se situó en el entorno de las calles Bamberg y Argote de Molina, para el siglo III la vida pública y administrativa se había trasladado hacia la Plaza de la Alfalfa. Este sector representaba el corazón palpitante de la colonia, un espacio de mármol y toga donde se cruzaban los intereses comerciales de la Bética con los mandatos de Roma. Con posterioridad surgió un nuevo Decumanus que pudo discurrir entre la calle Sol y la plaza de la Encarnación. Por último, Hispalis era surtida de agua por un acueducto que traía el agua de la zona de la actual Alcalá de Guadaira, cuyos vestigios son conocidos como Caños de Carmona.



La imagen de la izquierda muestra la situación actual de uno de los dos tramos que persisten del acueducto romano que surtía de agua a la Hispalis romana, agua que provenía de Alcalá de Guadaira. Se conoce como los Caños de Carmona (imagen: Francisco Calvo). La imagen de arriba muestra cómo era la situación del acueducto a principios del siglo XX, antes de ser derruido (fuente: 1911-05-20, La Hormiga de Oro, Los caños de Carmona (recortado).jpg, disponible en el enlace, consultado el 6 de mayo de 2026.

El Cinturón de Piedra: Las Murallas

Uno de los mayores debates arqueológicos de Sevilla ha sido la ubicación y cronología de sus defensas. Durante mucho tiempo se creyó que los lienzos visibles hoy en la Macarena o los Jardines del Valle eran romanos, cuando en realidad son obra almohade. No obstante, el siglo III contaba con su propia muralla, un recinto que protegía la riqueza generada por el comercio del aceite y el vino.

Recientes excavaciones, como las del Antiquarium bajo la Plaza de la Encarnación, han arrojado luz sobre este perímetro. Se han hallado restos que podrían corresponder a la cara norte del recinto, que buscaría el cierre hacia Santa Catalina y que pudo llegar a extenderse hasta la calle San Luis y la iglesia de San Martín, donde existía a extramuros una necrópolis, a las afueras de la puerta aquí situada.

En la zona oriental de la ciudad, la muralla pudo discurrir, según la opinión de los investigadores, por San Leandro y hasta la zona donde se ubica la actual iglesia de San Esteban. Allí cambiaba de dirección y daba lugar a una zona triangular en el extremo sureste de la ciudad. El hecho de existir una calzadas extramuros de la ciudad y por zonas suburbiales elevadas junto al arroyo Tagarete, en torno a la calle San Fernando, lo cual implicaría que la muralla podría llegar a la calle San Gregorio.

En el frente fluvial, la arqueología ha revelado muros de gran potencia, como los encontrados recientemente en la Plaza de San Francisco, si bien, ya en los años 50, en el eje Cuna-Orfila-Villacís, Collantes de Terán encontró los primeros hallazgos. Estas estructuras no solo tenían una función defensiva contra enemigos externos, sino que eran auténticos diques de contención diseñados para resistir las embestidas de un río Betis que, en el siglo III, era un vecino caprichoso y peligroso.

La Vida Privada: El Lujo tras los Muros

Si la calle era el espacio de la representación, la domus era el refugio del estatus. En el siglo III, Hispalis experimentó un fenómeno de concentración de la propiedad. Las élites locales, beneficiadas por la exportación de productos agrícolas, construyeron residencias de una sofisticación asombrosa.

El yacimiento del Antiquarium es el mejor ejemplo de esta opulencia. Allí, la "Casa de las Columnas" o la "Casa de la Ninfa" nos muestran viviendas que absorbieron solares vecinos para expandirse. Los suelos se cubrieron con mosaicos polícromos de una calidad técnica excepcional, representando escenas mitológicas y motivos geométricos que no solo decoraban, sino que enviaban un mensaje de cultura y poder. Estas casas contaban con avanzados sistemas de alcantarillado y suministro de agua, un lujo que recordaba a los habitantes que, pese a estar en el confín de Europa, eran ciudadanos de pleno derecho del Imperio.


 Casa de la Ninfa del siglo III d.C. - Antiquarium de Sevilla (imagen: Francisco Calvo)



Espacios Sagrados y Centros de Poder

La religión en la Hispalis del siglo III era un complejo mosaico de cultos oficiales y ritos orientales. Las tres columnas visibles en la calle Mármoles son los testigos mudos de esta grandiosidad. Aunque tradicionalmente se atribuyeron a un templo de Hércules, investigaciones actuales sugieren que formaban parte del acceso a una plaza porticada dedicada al Liber Pater (Baco), una deidad estrechamente ligada a la fertilidad y la vida, pilares de la economía bética. Otras dos columnas fueron trasladadas a la Alameda de Hércules, donde continúan en la actualidad, mientras que una sexta columna ya no existe ante el gran deterioro sufrido durante su traslado.

Cerca del foro, en la zona de la Alfalfa y el Salvador, se levantaban edificios monumentales como la Basílica, donde se administraba justicia y se cerraban tratos comerciales, ubicada en el solar que ocupó la Mezquita Mayor, con posterioridad la Iglesia Colegial del Divino Salvador. Ahora bien, tras las excavaciones llevadas a cabo bajo la Iglesia del Salvador es difícil afirmar la existencia de tal basílica al no haberse encontrado restos romanos.

Tras esta zona, en torno a la Alfalfa se han encontrado restos de unas termas, así como un Castellum Aquae o cisterna de tres naves, en la llamada plaza de la Pescadería, en una zona de gran desnivel. Tal circunstancia podría llevar a la idea de que pudiera existir un foro en la zona de la Alfalfa.

Es aquí donde la historia se cruza con la hagiografía. En el año 287, durante las fiestas de las Adonías y la procesión de la diosa Salambó (la Astarté fenicia), las hermanas Justa y Rufina se negaron a rendir culto a los ídolos. Este acto de rebeldía cristiana desencadenó la ira de Diogeniano, el representante de Roma.

Columnas romanas que persisten en la C/ Mármoles (imagen: Francisco Calvo)

Hispalis tenía la categoría de ciudad romana; una ciudad de la Bética romana. Y como tal, existía un representante del poder de Roma en ella, más aún, si se considera que la ciudad hispalense era un importante centro productivo de la Bética. Los representantes de tal poder tenían los edificios que constituían su sede a la afueras de la ciudad. Dos grandes centros de poder fueron la curia, lugar de reunión del órgano de gobierno ciudadano, y el tabulario o archivo documental, si bien, aún no han sido ubicados arqueológicamente hablando.

Sagradas Cárceles de Santas Justa y Rufina. Izquierda: entrada actual desde el Patio Domingo Savio. Superior derecha: bóveda principal con el altar de las Santas Justa y Rufina al fondo. Inferior derecha: celda lateral donde se puede observar la antigua escalera de acceso al interior de la Iglesia. Según la leyenda, en el pasillo de la otra celda fueron arrojados el cuerpo de Santa Justa y la cabeza de Santa Rufina, brotando un pozo donde cayó (imágenes: Francisco Calvo)

El Palacio de Diogeniano, representante en Hispalis del gobierno de Roma, según crónicas antiguas como las de Alonso de Morgado, se situaba en el solar que hoy ocupa la Basílica de María Auxiliadora, antiguo convento de los Trinitarios. Bajo este templo se conservan las "Sagradas Cárceles", criptas donde, según la tradición, sufrieron cautiverio los mártires. Aunque la estructura ha sido modificada con los siglos, el lugar sigue evocando la tensión entre el viejo orden pagano y la fe emergente que terminaría por transformar el Imperio. El antiguo acceso por una escalera rodeada por una reja que permitía bajar a la cripta en el centro de la Iglesia ha sido sustituido por una escalera lateral desde el Patio de Domingo Sabio. La antigua oquedad ha quedado reducida a una pequeña rejilla de ventilación de unos treinta centímetros de lado.


Comercio, Industria y el Puerto

Hispalis no se entendía sin su río. El siglo III fue una era de intensa actividad industrial. En el Antiquarium podemos ver hoy las pozas de una fábrica de salazón de pescado, lo que demuestra que la ciudad no solo consumía, sino que procesaba productos para la exportación.

Otra gran industria de la ciudad fue la fabricación de lucernas (como la de la imagen. Autor: Francisco Calvo), visitable en el Antiquarium, sin dejar de lado, el comercio del aceite, el oro verde, muy presente en Sevilla, con grandes depósitos aceiteros hallados en la calle Francos. El aceite llegaba a Hispalis desde numerosos pequeños puertos ubicados en el curso alto del Betis, llegando a la ciudad a través de los numerosos postes de atraque ubicados junto a la muralla occidental, en la zona del Salvador y de Plaza Nueva, donde se encontraron embarcaciones, y en las zonas de Cuna y Sierpes, y junto a la muralla norte, en la zona de la Plaza de la Encarnación. También se encontraron postes para atraque. Desde Hispalis el aceite se embarcaba en barcos de mayor calado para enviarlo a Roma.


Cubetas de salazón en la fábrica ubicada en el Antiquarium de Sevilla (imagen: Francisco Calvo)

Otra industria de la ciudad eran los alfares donde se creaban diferentes tipos de cerámica. Estaban distribuidos en diferentes ubicaciones a las afueras de la ciudad en zonas como el entorno del Hospital de las Cinco Llagas, actual Parlamento de Andalucía o la calle Esperanza, junto con los hornos y almacenes de la zona de San Luis, del entorno de la Diputación o de la avenida de Roma, donde junto a los restos de una pequeña calzada aparecen edificios porticados a ambos lados, bien tabernae (establecimientos de comida) y horrea (almacenes). A partir de este siglo III la ubicación portuaria no es conocida.

El puerto, situado en la zona de la actual Plaza de la Contratación y el entorno de la Torre de la Plata, abarcando hasta el Palacio Arzobispal, Placentines y Francos. La confluencia del río Betis y del arroyo Tagarete era un hervidero de galeras y barcos de carga que partían hacia Ostia cargados de ánforas de aceite (las famosas Dressel 20). En esta zona portuaria, en el entorno del actual Patio de Banderas de los Reales Alcázares, se han encontrado restos que pudieran pertenecer a un horreum o almacén de granos. Diversas inscripciones epigráficas permiten vislumbrar la existencia de corporaciones profesionales operativas en el puerto de Hispalis, tales como el corpus oleariorum, que trabajaba para la tahona, entidad que se encargaba del envío de grano y otras materias primas a Roma. Quizás fuera un pequeño foro con representaciones de los colegios profesionales o una simple statuo Romulensis, con inscripciones y estatuas a Minerva Augusta a Venus Augusta. Quizás actuara como centro de negocios del puerto.

El ocio en la ciudad de Hispalis

La riqueza que entraba por el puerto y el comercio financiaba el ocio de la ciudad. Así, en una ciudad de su índole no faltaban lugares de relax y de ocio, como las termas existentes en la zona del actual Palacio Arzobispal, junto a la zona portuaria, así como, espacios para los juegos, probablemente en las zonas de expansión extramuros.

Aunque Sevilla no conserva un teatro, un circo o un anfiteatro visible como los de Itálica, los historiadores postulan su existencia basándose en el rango de la ciudad. Así, Alonso de Morgado, en su Historia de Sevilla, mencionó que Santa Rufina fue arrojada a un león en el anfiteatro de la ciudad, si bien, el animal la trató como si de su dueña se tratara, sin ocasionarle daño alguno. Según los arqueólogos e investigadores el teatro podría haberse encontrado en la zona del Convento de Madre de Dios y el circo y el anfiteatro entre el Palacio del Procurador y el arroyo Tagarete, entre las actuales zonas del Centro de Salud de María Auxiliadora y el barrio de la Calzada, entre las dos salidas de ambos decumanus.

El Mundo de los Muertos y los Arrabales

La ley romana prohibía los enterramientos dentro del recinto urbano por motivos sanitarios y religiosos. Por ello, las necrópolis de Hispalis se extendían a lo largo de las principales vías de salida. Se han localizado importantes áreas funerarias en la calle San Luis, en la Puerta de la Carne y en el entorno del Salvador (lo que sugiere que, en algún momento, el límite de la ciudad estuvo allí). Pero no fueron éstos los únicos. Extramuros se encontraban también las áreas de la Trinidad-Carretera de Carmona-La Colza, el Campo de los Mártires y el Campo de Santa Justa, la de San Bernardo, la de San Agustín y la Puerta de la Carne y la de San Telmo-Fábrica de Tabacos. Aunque también existieron otras menos suntuosas, como la del Tamarguillo o la de Ronda de Capuchinos.

Las vías de acceso y los arrabales de Hispalis

Extramuros también florecían los arrabales y las villas suburbanas. Estos asentamientos eran fundamentales para la economía, ya que albergaban los alfares donde se fabricaban las ánforas y la cerámica común. El acceso a la ciudad se realizaba a través de una red viaria perfectamente planificada. El Itinerario de Antonino, de inicios del siglo IV d.C., nos revela que Hispalis era un nudo de comunicaciones vital: por un lado, conectaba con Gades y Corduba a través de la Vía Augusta. Se accedía desde ella a la ciudad por la zona de la actual Puerta de la Carne y otra cercana a la actual Puerta de Carmona.

Por otro lado, hacia el oeste, se abría el camino hacia Onuba (Huelva). Salía de Sevilla la puerta ubicada en la zona de Santa Catalina, para dirigirse a la Encarnación, camino de la actual calle Alfonso XII, futura Puerta de Goles de la muralla almohade, y, cruzando el vado del río (cerca de la actual Cartuja), enlazaba con la Vía de la Plata hacia Emérita Augusta. Esto implicaba que no fuera necesario un puente para cruzar el río Betis a la altura de Sevilla. Al llegar a la cañada que va de Castilleja de Guzmán a Camas se dividía en dos. Una se dirigía hacia Onuba y la otra hacia Itálica por la calzada conocida como Vía de la Plata, en dirección norte, hacia Emérita Augusta. Desde la puerta de la zona de Santa Catalina el viario actual permite ver la posible ramificación del viario también hacia Sol, San Luis y centro.

En cuanto a los arrabales y villas existentes extramuros de Hispalis fueron muy numerosos y, tanto en unos como en otros, era normal que en muchas de ellas existieran alfares donde se producían las piezas que permitirían el comercio y almacenamiento de la producción agrícola, tanto aceite como vino, para su consumo y comercio. Algunas de estas villae dieron lugar a municipios. A modo de ejemplo, podríamos citar topónimos acabados en -ana (Coriana), -ena (Gerena) o -ina (Valencina). Así, quizás fuera ese el origen del nombre de Triana, donde existían numerosos caminos entre huertas, de donde partía el camino hacia Aznalcázar, la actual Avenida de Coria, o el camino que pasaba por Tejares y San Vicente de Paúl. En una zona elevada, al norte de la cava, confluían estos caminos. Quizás allí existiera una villa que fuera origen de la alquería islámica, aunque aún no se han hallado restos de tal construcción.

Conclusión: El Legado de una Incógnita

La Hispalis del siglo III es una ciudad en transición. Es la urbe que aún brilla con el mármol del foro, pero que ya empieza a sentir las grietas de un sistema que cambia. Es la ciudad de los grandes mosaicos y las fábricas de salazón, pero también la de las catacumbas y el martirio. Ciudad que se vio reducida al final del siglo III debido, entre otras causas a inundaciones del Tagarete, por lo que la ciudad se redujo en la zona de San Leandro, con una vivencia difícil, tal como queda presente en los análisis de los restos funerarios hallados en algunas tumbas.

Revisitar este periodo a través de sus restos arqueológicos es un ejercicio de justicia histórica. Cada vez que una excavación en el centro de Sevilla saca a la luz un nuevo lienzo de muralla o un tramo de calzada, estamos completando ese "claro-oscuro" de una incógnita que se resiste a ser olvidada. Sevilla no es solo lo que vemos; es, sobre todo, lo que subyace. Y en ese subsuelo del siglo III, Hispalis sigue esperando a que terminemos de descubrir su verdadera magnitud; a que se muestre cómo fue la vivencia real de esa época que daría paso al resurgir de la ciudad, a un nuevo esplendor con la llegada de los pueblos godos, con figuras como Recaredo, San Hermenegildo o Fray Isidoro de Sevilla.

Bibliografía:

        BELTRÁN FORTES, José, GONZÁLEZ ACUÑA, Daniel y ORDÓÑEZ AGULLA, Salvador: “Acerca del urbanismo de Hispalis: estado de la cuestión y perspectivas”, Mainake, XXVII, 2005, pp. 61-88.

        COLLANTES DE TERÁN DELORME, F.: Contribución al estudio de la topografía sevillana en la Antigüedad y en la Edad Media, Sevilla, Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría, 1977.

        CORTIJO CEREZO, María Luisa: “El itinerario de Antonino y la provincia Baetica”, Habis, 39 (2008), pp. 285-308.

        DÍAZ GARRIDO, Mercedes: Triana y la orilla derecha del Guadalquivir. Evolución de una forma urbana desde sus orígenes hasta mediados del siglo XX, Sevilla, Universidad de Sevilla-Secretariado de Publicaciones – Fundación Focus-Abengoa, 2010, pp. 69-74 y 101-110.

        EXOJO PINO, Antonio José: Reconstrucción virtual de la almazara romana del Cerro el Lucerico de Fuente-Töjar (Córdoba), Córdoba, Universidad de Córdoba, 2013, p. 3 (trabajo Fin de Máster), disponible en https://helvia.uco.es/bitstream/handle/10396/ 12821/FIN_MASTER__Antonio%20Jose%20Exojo%20Pino.pdf?sequence=1&isAllowed=y (consultada el 02/01/2024).

        GARCÍA VARGAS, Enrique: “La Sevilla tardoantigua. Diez años después (2000-2010)”, en BELTRÁN FORTES, José y RODRÍGUEZ GUTIÉRREZ, Oliva (Coord. científicos): Hispaniae Vrbes. Investigaciones arqueológicas en ciudades históricas, Sevilla, Universidad de Sevilla-Secretariado de Publicaciones, 2013, pp. 881-926.

        MORGADO, Alonso de: Historia de Sevilla, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla – Instituto de Cultura y las Artes (ICAS), 2017, Libro I, pp. 8(r)-12(r) y Libro II, p. 129(v).

 

viernes, 17 de abril de 2026

CAYO APULEYO DIOCLES, LA LEYENDA DEL AURIGA HISPANO QUE CONQUISTÓ ROMA

 

Texto de Marcos Uyá Esteban para Historia y Roma Antigua.

Cuando uno echa la vista atrás en el tiempo y viaja a la antigua Roma, entra en el convencimiento de que las luchas de gladiadores eran un espectáculo totalmente sangriento, cruel e indigno, lo cual es cierto. Sin embargo, no muchos saben que lo que realmente aterrorizaba, y a la vez desataba la más encarnizada de las pasiones, eran las carreras de cuadrigas, compuestas de carros tirados por cuatro caballos, en cuya arena se citaban los más famosos atletas, llamados aurigas, del Imperio romano, jaleados y vitoreados por un público exigente y entregado, que esperaba ver un espectáculo digno de ser recordado.

 


Estas carreras ya se celebraban antes de que Roma se convirtiera en el centro del mundo conocido. Probablemente nacieron en Micenas, pero se tornaron como algo habitual a partir de la Iliada

, tras la desafortunada muerte de Patroclo, y cuyo primer ganador fue Diomedes de Argos, recibiendo una esclava y un caldero como premio. Ya con la celebración de los Juegos Olímpicos y también de los llamados Juegos Panhelénicos, no era nada extraño ver este espectáculo en el hipódromo de Olimpia o que muchos esclavos, que se convertían en atletas al servicio de su amo, quienes eran los que realmente se llevaban los premios en caso de victoria, alcanzasen cierta fama. Incluso se constata la presencia de mujeres en estos eventos, como el ejemplo de la espartana Cinisca, que hizo doblete ganando en los Juegos Olímpicos del 396 y 392 a. C. Tampoco podemos olvidar la famosa estatua del Auriga de Delfos representando a un atleta compitiendo en estas carreras.

Roma, que copió casi todo del mundo griego, no hizo una excepción en este caso. Las carreras de cuadrigas, que seguramente fueron introducidas por los etruscos a través de los griegos del sur de Italia, empezaron a despuntar a mediados de la República en el Circo Máximo, a pesar de las numerosas reconstrucciones que esta ingente estructura arquitectónica sufrió a lo largo del tiempo, siendo la última realizada por el emperador Trajano. 


Es, por ello, que la lógica nos dice que hubo una evolución permanente en la forma de celebrar estos eventos, como por ejemplo en lo referido a la forma de contabilizar las vueltas, que eran siete en total, en donde en un principio eran a través de huevos dorados de bronce colocados en la spina, que era el muro central que dividía la pista, y posteriormente, ya en el año 33 a. C., con los famosos delfines que se inclinaban y expulsaban agua y se añadieron con motivo de la victoria del futuro emperador Augusto frente a Sexto Pompeyo.

Mosaico auriga de los azules, desde Villa de Baccano, Via Cassia en Roma

 El auriga, la figura que siempre coqueteaba con la muerte

La figura del auriga es, evidentemente, el protagonista. Normalmente eran esclavos, en algunas ocasiones libertos o profesionales dedicados a tiempo completo, con una constitución física delgada y cuya característica principal era la de ser altos, para poder controlar las riendas y dirigir a los caballos dentro de la carrera con la previsión de evitar accidentes, muchos de ellos mortales. Sin embargo, también existe la teoría de que la estatura no era tan importante, y por ello había atletas de menor tamaño con el objetivo de conseguir mayor estabilidad y velocidad en los carros. No sabemos si nuestro personaje, Cayo Apuleyo Diocles, en realidad era alto o bajo, ya que por desgracia no nos ha llegado hasta nuestros días ninguna imagen de él, si bien hay numerosas representaciones de mosaicos de otros aurigas que nos pueden dar una idea de cómo podría ser, sobresaliendo, sin ninguna duda, que todos tenían una constitución fuerte y musculosa, fruto de las innumerables horas de entrenamiento y perfeccionamiento. Pero lo que sí está atestiguado es que Diocles fue un atleta fuera de lo común y con una estrategia a la hora de afrontar las carreras digna de estudio. Eso lo convertiría en inmortal.

Cuadriga tomando una curva en una META. Obsérvense los tres postes o columnas ricamente decorados, así como la indumentaria
del auriga.

Diocles nació en la provincia romana de Lusitania, dentro de la división administrativa en provincias de Hispania, hacia el 104 d. C. Sin embargo, sigue siendo un misterio el lugar exacto en donde vino al mundo, habiendo dos candidatos para ello, Lamecum, la actual Lamego, en Portugal, o quizás Emérita Augusta (Mérida). De familia muy humilde de libertos o incluso cabe la posibilidad de que fuera un esclavo, prácticamente de su infancia y adolescencia no se sabe absolutamente nada, aunque debió de comenzar sus andanzas probablemente en el circo romano de Emérita Augusta antes de cumplir los 18 años, despertando la atención de algunos patrocinadores que subvencionaban estas competiciones y que lo llevarían seguramente a competir a otros lugares de la península ibérica como Gades (Cádiz), Ilerda (Lérida) o Tarraco (Tarragona) para empezar a granjearse su más que reputada leyenda. Se cuenta, si bien por desgracia no hay pruebas fehacientes de ello, que el emperador Adriano, presente en Tarraco en aquel momento en uno de sus innumerables viajes a lo largo y ancho del Imperio romano, quedó prendado de la combatividad del atleta y decidió que fuese llevado a Roma, ya que en el año 122 d. C. se constata su presencia allí compitiendo en la llamada facción blanca.


Diocles en Roma

 Para seguir la historia de Diocles en Roma, debemos remitirnos a la documentación epigráfica. Se conserva una inscripción recogida en el Corpus Inscriptionum Latinarum, en su volumen VI, número 10048, en donde se describe perfectamente su evolución como auriga. En un principio las cosas en la capital del imperio no le fueron demasiado bien. Allí, en aquel momento, cuando llegó, en las carreras de cuadrigas había cuatro facciones destinadas a la competición claramente definibles basadas en colores que podían representan a los cuatro elementos de la naturaleza: rojo (fuego), verde (tierra), blanco (aire) y azul (agua), que eran como las escuderías actuales de la Fórmula 1 y funcionaban como una especie de empresas que gestionaban el entrenamiento de los aurigas y caballos, tenían personal de apoyo, recaudaban fondos para patrocinar las carreras o dependían de la contribución de los mecenas para la financiación y costos de mantenimiento de caballos, atletas y carros. Más allá de su simbolismo, lo que sí es cierto es que había un sentimiento arraigado de pertenencia de gran parte de la población romana por alguna de las facciones presentes, provocando en ocasiones divisiones sociales y enfrentamientos en las calles de Roma o disturbios y peleas por parte de sus partidarios en las carreras que se celebraban, en pos de defender pasional y encarnizadamente los colores hasta límites que rayaban la obsesión. Diocles estuvo dos años compitiendo en la facción blanca hasta conseguir su primera victoria y en el año 128 d. C., cambió a la facción verde, también consiguiendo algunos trofeos, pero sin acabar de despuntar.

 


Sin embargo, todo cambió cuando “fichó” por la facción roja, posiblemente en el año 131 d. C. Como si de la actual escudería Ferrari se tratase, empezó a conseguir numerosas victorias forjando su leyenda como atleta de élite. En la inscripción se nos relata los tipos de carreras en los que participaba y su forma de competir. Las carreras de cuadrigas se celebraban en aquel tiempo en dos lugares concretos: el Circo de Nerón, hoy desaparecido, que se debió se situar en

   Reconstrucción del hipódromo de
Constantinopla

donde se asienta parte de la actual Basílica de San Pedro del Vaticano, y el citado Circo Máximo.

 La templanza y paciencia como estrategia de triunfo y conquista de corazones

Imaginemos por un momento cómo sería una carrera de cuadrigas en la que participaba Diocles tomando como ejemplo el Circo Máximo. En primer lugar, los 150.000 espectadores que se reunían, verían a los aurigas que participaban, podían ser hasta un total de 12 (tres por cada facción), entrando al recinto en un desfile conocido como pompa circensis, compuesto de bailarines, sátiros y personajes que llevaban estatuas de dioses en literas, especialmente la de la diosa Victoria, todo ello al compás del magistrado que presidía las carreras y que iba montado al inicio de la procesión en una biga tirada por dos caballos. Posteriormente, después de ser presentados, los aurigas se subían a los carros que estaban situados de la misma manera que los atletas de atletismo en la actualidad en las carreras de 200, 400 y 800 metros lisos, es decir, en forma de abanico para contrarrestar   la distancia a la hora de girar la curva y que todos recorrieran la misma longitud. El magistrado daba la salida con un pañuelo blanco y empezaba el espectáculo con un público compuesto de todas las clases sociales posibles entregado a la causa, sin olvidar a aquellos que apoyaban a cada una de las facciones vociferando y rugiendo con una entrega total y absoluta.

 Las dos primeras vueltas eran de tanteo y los participantes que debían de permanecer en el carril asignado calentaban “motores” para lo que se avecinaba después. A partir de la tercera vuelta comenzaban realmente las hostilidades. Diocles en muchas ocasiones siempre empezaba el último, ajeno a las luchas por escalar a las primeras posiciones. Dicha estrategia tenía una razón de ser, y era evitar posibles accidentes que se daban sobre todo al doblar la spina, debido a la competencia feroz de los atletas por abrirse paso lo más cercanamente posible al muro, para así obligar a los competidores hacer el giro por la parte exterior. 



Era ahí donde se producían espectaculares choques, llamados naufragia, en donde caballos, aurigas y carros podían salir despedidos haciendo las delicias del público presente, o provocando la ira o la alegría de los seguidores de una facción u otra, dependiendo si su atleta salía inmune, o por el contrario, después de la caída era arrastrado o atropellado, muchas veces con resultado mortal. 



Tampoco eran extrañas las historias de caballos y aurigas que tomaban algún alimento envenenado antes de la carrera o el lanzamiento de objetos punzantes como clavos lanzados desde las gradas para ralentizar la carrera. Diocles lo sabía, y por ello evitaba estos disturbios e interferencias, lo que le valió el estatus de atleta inteligente, calculador y estratega, y eso hacía que en las últimas vueltas remontase corriendo cerca de la spina y sortease a otras cuadrigas, mientras que otras quedaban fuera de la carrera debido a los múltiples accidentes. Se cuenta la historia de que Diocles más de una vez llegó sólo a la séptima y última vuelta entre los vítores y entrega de un exaltado público asistente consiguiendo la victoria y la gloria. Un hispano conquistaba el corazón de los romanos.


Dulce retirada, pero muerte temprana


En los últimos años compitió en la facción azul, en donde consiguió más de doscientas victorias, para así alcanzar la asombrosa cifra total de 1462 victorias (134 en un año), 861 segundos puestos y 576 veces el tercer puesto, en 4257 carreras durante veinticuatro años que estuvo en activo. Muchas de estas victorias fueron a pompa, un total de 110, es decir, en la primera carrera que se disputaba en la mañana, y 1064 en carreras llamadas singulares, compuestas en este caso por un auriga de cada facción conduciendo sigas, que eran carros tirados por seis caballos. Diocles tuvo rivalidades legendarias con otros aurigas como Pompeyo Musclo, que consiguió 3559 victorias, pero muchas de ellas en carreras menores, Poncio Epafrodito de la facción azul, Fortunato de la facción verde o Talo, que compitió con él siendo miembro de la facción roja, entre otros. Siempre respetaron y reconocieron la valía de Diocles. 

Al final de su carrera, la fortuna ganada por Diocles superaba todos los registros inimaginables de la época. Se cree que ganó en toda su carrera casi 36 millones de sestercios, lo que equivaldría actualmente a unos 1.000 o 1.500 millones de euros. Curioso para un hombre que en la sociedad romana era considerado como un infame, es decir, como una persona que no tenía derecho a la ciudadanía romana por ser auriga, pero que a la larga fue incluso más conocido que los emperadores romanos y con una fama y apoyo popular que rozaba casi la veneración. Nuestro protagonista, que ya ansiaba un retiro tranquilo y dorado, alejado de los focos, falleció poco después de su retirada, en Praeneste, actual Palestrina, muy cerca de Roma, a la edad de 42 años, disfrutando apenas de sus ingentes ganancias. Sus dos hijos, Cayo Apuleyo Nimfidiano y Nimfidia, le dedicaron una estatua con una inscripción dedicada a la diosa Fortuna, que debió de estar en el templo de la Fortuna Primigenia (CIL, XIV, 2884), en la que muchos aurigas se encomendaban para tener suerte en la carrera y, en todo caso, sobrevivir. Diocles lo hizo, y por ello se convirtió en leyenda.

OTROS ARTÍCULOS DE MARCOS UYÁ ESTEBAN

LA DESCENDENCIA DE MARCO AURELIO Y FAUSTINA MENOR. UNA CUESTIÓN PARA RESOLVER

HISTORIA DE LOS PICTOS

ARTICULOS RELACIONADOS

EL DEPORTE REY DE LOS ROMANOS. LAS CARRERAS DEL CIRCO A LO LARGO DE SU HISTORIA.

PANEM ET CIRCENSES.¿ALGO DEL PASADO? LA PERFECTA FORMULA PARA DISTRAER AL PUEBLO DE LA POLÍTICA. BREVE RESEÑA

UN DÍA EN EL CIRCO MÁXIMO. ORGANIZACIÓN Y PROFESIONES

LAS FACCIONES DEL CIRCO Y LOS EMPERADORES 

ÉXITO Y OCASO. LA HISTORIA DE ROMA Y EL CIRCO 




miércoles, 25 de marzo de 2026

CONSTANCIO II. SOSPECHA, CRIMEN Y GUERRA CIVIL COMO FORMA DE GOBIERNO.

Un texto de Federico Romero Díaz para Historia y Roma Antigua.

Cuando Constantino el Grande murió en el año 337, dejaba tras de sí un Imperio más poderoso que el que él mismo había recibido, una nueva capital en Oriente, una dinastía asentada y la impresión de haber encontrado por fin, una fórmula estable para el poder imperial. Nada más lejos de la realidad. Dejaba algo mucho más peligroso: demasiados herederos, demasiadas ambiciones contenidas y ninguna regla verdaderamente clara para gestionar la sucesión. La aparente solidez ocultaba una enorme fragilidad. Constancio II iba a descubrirlo muy pronto. Aunque durante siglos haya vivido a la sombra de su padre y eclipsado por el carisma posterior de su primo Juliano el Apóstata, Constancio II fue el más "exitoso" de todos los hijos de Constantino, . No poseía ni el magnetismo militar de su padre ni el carisma y brillo intelectual de Juliano, pero sí una cualidad decisiva en el siglo IV: un extraordinario instinto de supervivencia en un sistema donde casi todos los sucumbían a manos de generales ambiciosos, familiares incómodos o cortesanos intrigantes. Normalmente un emperador se preocupaba más del peligro "interno"  que de los bárbaros que pudieran amenazar las fronteras del Imperio. Su gobierno( 337-361) fue largo, complejo y profundamente marcado por la desconfianza, hasta el punto de que la sospecha terminó convirtiéndose en un verdadero método de gobierno.

Constancio II hace su entrada en Roma en el 356

La primera gran sombra de su trayectoria aparece inmediatamente después de la muerte de su padre. En aquellos días de incertidumbre, mientras todavía no estaba claro cómo iba a organizarse el poder entre los descendientes de Constantino, se produjo una de las purgas familiares más violentas de toda la historia imperial romana. Varios miembros de la familia constantiniana fueron asesinados en cadena: Dalmacio, Anibaliano, Julio Constancio —padre de Juliano— y otros parientes cercanos desaparecieron en cuestión de días. Las fuentes antiguas fieles a la propaganda imperial, presentan aquellos hechos como una reacción militar espontánea, un ajuste de cuentas protagonizado por soldados fieles al recuerdo de Constantino, temerosos de que el poder se fragmentara. Pero resulta difícil aceptar esa explicación sin reservas. La selección de víctimas fue demasiado precisa y el resultado demasiado útil para los hijos de Constantino, especialmente para Constancio II, que en Oriente era quien tenía una posición militar más fuerte.

Aunque nunca pudo probarse de manera concluyente una orden directa, casi toda la tradición historiográfica posterior considera que Constancio, al menos, permitió aquella matanza. En realidad, desde el punto de vista político, el cálculo era evidente: cuantos menos varones de sangre imperial sobrevivieran, menos focos de legitimidad alternativa existirían en el futuro. Solo tres niños escaparon de aquella limpieza dinástica: Nepociano, Galo y Juliano, salvados probablemente por su edad. Crecerían bajo vigilancia, apartados del centro del poder, pero todos terminarían reapareciendo de forma decisiva en la historia del Imperio romano.


El reparto inicial del Imperio pareció ofrecer una solución ordenada. Constantino II recibió Occidente, Constante Italia y África, mientras Constancio II quedó al frente de Oriente. Sobre el papel, la dinastía mantenía el control de todo el espacio romano. En la práctica, la coexistencia duró poco. Constantino II, el hermano mayor, pronto intentó imponer una tutela sobre Constante, todavía joven, y terminó lanzándose a una invasión de Italia que acabó mal para él: murió en una emboscada en el año 340. Aquella muerte alteró por completo el equilibrio. Constante pasó a controlar prácticamente todo Occidente, mientras Constancio II se consolidaba en Oriente.

La relación entre ambos nunca llegó a convertirse en guerra abierta, pero estuvo marcada por una tensión latente que tenía además una dimensión religiosa cada vez más visible. Mientras Constante apoyaba con mayor claridad a los defensores del credo niceno, Constancio II se inclinaba hacia posiciones próximas al arrianismo, o al menos hacia fórmulas teológicas intermedias que buscaban reducir el conflicto dentro del cristianismo imperial. No se trataba solo de religión: en el siglo IV, cada definición doctrinal implicaba alianzas políticas, apoyos episcopales y capacidad de control ideológico. Intervenir en los debates religiosos también era una forma de gobernar que en este momento separaba a Occidente de Oriente hasta un límite que se acercó a la guerra civil. Solo los problemas con Persia en oriente y con los germanos en el Rin evitaron la lucha armada entre los hermanos. En Oriente, Sapor II mantenía una presión casi permanente sobre las fronteras mesopotámicas. La guerra contra Persia condicionó gran parte del reinado de Constancio II y explica muchas de sus decisiones internas: necesitaba estabilidad política porque el frente oriental no permitía distracciones prolongadas. En Occidente el problema era mucho mayor aún. Llegaba en forma de usurpación y se llamaba Magnencio. Era un oficial de origen bárbaro, muy bien conectado con los cuadros militares occidentales que aprovechó el profundo desgaste político de Constante (derivado de su política fiscal, de persecución del paganismo) y organizó un golpe de Estado que terminó con el asesinato del emperador en el 350. De pronto, Constancio II se encontraba ante una situación clásica pero letal: un general con legitimidad militar, control de Occidente y capacidad para presentarse no como simple rebelde, sino como corrector de un mal gobierno. 



La reacción de Constancio fue lenta porque Persia seguía exigiendo toda su atención, pero cuando pudo actuar lo hizo con enorme frialdad. Antes de enfrentarse a Magnencio, tuvo que neutralizar otra usurpación simultanea casi en el tiempo: la proclamación de Vetranio en los Balcanes. Se trataba de una rebelión de carácter legitimista encabezada por un viejo militar ilirio que siempre se había mostrado fiel a la casa de Constantino, apoyado probablemente por Constantina —hermana de Constancio—. Vetranio representaba una solución transitoria para impedir que Magnencio controlara también aquella zona. Constancio logró resolverlo mediante una escena casi teatral. se reunió con él y de una manera teatral, delante de ambos ejércitos, habló a las tropas, recordó la memoria de Constantino y consiguió que Vetranio fuera abandonado por sus propios soldados. Fue depuesto, pero sorprendentemente no ejecutado, sino retirado con dignidad a una cómoda vida en el campo. Esa decisión revela un rasgo interesante de Constancio: sabía cuándo la clemencia podía ser más útil que la sangre.

Con Magnencio, en cambio, no hubo espacio para la indulgencia. La gran confrontación llegó en Batalla de Mursa Major (351), una de las batallas civiles más sangrientas de toda la Antigüedad tardía. La victoria de Constancio fue clara, pero el precio fue espantoso: unos 50.000 soldados romanos muertos en combate. Aquella victoria salvó su trono, pero debilitó gravemente la capacidad militar imperial. Heather insiste precisamente en esa paradoja: el Imperio sobrevivía a sus guerras civiles, pero cada guerra civil dejaba cicatrices estratégicas que luego pagaban las fronteras.  Magnencio aún resistió un tiempo, hasta su derrota final y suicidio en 353.


Convertido ya en único emperador, Constancio II parecía haber alcanzado el poder absoluto, la posición soñada por cualquier augusto romano. Fue precisamente entonces cuando se hizo más visible el ambiente de sospecha permanente que rodeaba su corte. El ambiente en la corte imperial se hizo casi asfixiante. Eunucos, secretarios, notarios y agentes de información ganaron un peso enorme. Figuras como Paulo Catena simbolizan esa atmósfera: funcionarios especializados en construir acusaciones, enlazar delaciones y fabricar procesos políticos. La sensación, transmitida por Amiano Marcelino, es la de un emperador rodeado de hombres que vivían de alimentar su miedo.

Ese miedo tenía raíces profundas. En Roma, un general victorioso podía convertirse en emperador con demasiada facilidad. Precisamente por eso Constancio necesitó recurrir a su propia familia, aunque desconfiara de ella. Así apareció la figura de Galo, uno de los supervivientes de la matanza del 337. Nombrado César y enviado a Oriente, parecía una solución práctica: un pariente cercano que gobernara Antioquía mientras el emperador atendía otros frentes. Pero Galo, al que Constancio casó con su intrigante hermana Constantina, pronto mostró un estilo brutal, arbitrario y políticamente torpe. Las élites urbanas se quejaron, los funcionarios alertaron y la corte empezó a interpretar sus movimientos como una posible amenaza. El desenlace fue previsible: convocado a Occidente, fue arrestado y ejecutado en Pola en 354. Constancio eliminaba así otro posible foco de legitimidad familiar.

El siguiente episodio demostraría hasta qué punto el sistema podía fabricar enemigos incluso donde no los había. Silvano, general competente y leal que se había pasado del bando de Magnencio al de Constancio II en plena batalla de Mursa, acabó proclamado emperador en la Galia no por ambición inicial, sino porque creyó que iba a ser destruido por una conspiración palaciega basada en documentos manipulados. Duró apenas unas semanas antes de ser asesinado. Pero el episodio es revelador: bajo Constancio II, a veces no era la usurpación la que producía sospecha, sino la sospecha la que acababa produciendo la usurpación. 

Juliano(( Il. Ken Broeders. Cómic El Apóstata.        
 Yermo Ediciones)

Ese mecanismo terminaría alcanzando a Juliano. Cuando Constancio lo nombró César en 355, probablemente creyó estar eligiendo a un intelectual inofensivo, un príncipe sin experiencia militar al que sería fácil controlar. Juliano llevaba años apartado, dedicado a estudios filosóficos, casi un superviviente improbable de una familia que había aprendido demasiado pronto el precio del poder. Pero el joven César demostró enseguida talento inesperado en la Galia. Su brillantes campañas contra los germanos y sobre todo su gran victoria en Batalla de Argentoratum (357) frente a los alamanes, lo convirtieron en un nombre prestigioso dentro del ejército.

Y ahí surgió el problema inevitable: en Roma, el prestigio militar era siempre una invitación al trono. Cuando Constancio ordenó trasladar tropas galas al frente oriental en 360, las legiones reaccionaron en contra y  proclamaron Augusto a Juliano. Formalmente era una usurpación. En la práctica, era el mismo mecanismo político que llevaba siglos funcionando: el ejército convertía a un general exitoso en emperador potencial. Juliano avanzó hacia Oriente mientras Constancio preparaba la respuesta. Todo hacía pensar en otra sangrienta guerra civil. Pero el destino intervino antes. En noviembre del 361,  Constancio II enfermó gravemente durante la marcha para encontrarse con el ejercito de su primo. Murió antes de poder enfrentarse a Juliano. Antes de morir reconoció a Juliano como sucesor. Ese generoso gesto final evitó un nuevo baño de sangre entre  los dos miembros de la familia constantiniana.

Su muerte cerraba una vida política marcada por la vigilancia constante, el cálculo y el miedo. Fue un emperador acusado de dureza, responsable de purgas, obsesionado por controlar cada posible rival, pero también un gobernante que logró mantener unido el Imperio durante casi un cuarto de siglo en una época particularmente peligrosa. Sin él, probablemente la estructura imperial habría cedido mucho antes. Sin embargo, también dejó un sistema profundamente intoxicado por la sospecha. Constancio II no fue un gran conquistador ni un reformador brillante. Fue, sobre todo, un superviviente. Y en el siglo IV romano, sobrevivir ya era una forma extraordinaria de victoria.

1. LA BATALLA DE MURSA (351). UNA INÚTIL Y CRUEL CARNICERÍA.



CUANDO LAS AGUAS DEL RIN SE TIÑERON DE ESPUMA ROJA. BATALLA DE ARGENTORATUM( 357). LAS CAMPAÑAS DE JULIANO Y VALENTINIANO I EN LA GALIA.

jueves, 12 de marzo de 2026

LA PRUNNER KREUZ. LA CAPILLA DONDE DESCANSAN LOS LEGIONARIOS DE ROMA.

Un texto de Iván la Cioppa para HRA

A veces, en los confines del Imperio se descubren tesoros de un valor arqueológico incalculable que no dejan de sorprender y maravillar. La Prunner Kreuz es una capilla cristiana situada cerca de la ciudad de María Saal, en Carintia (Austria).


El edificio fue construido en 1692 por encargo de Johannes Dominikus Prunner, un alto funcionario de Carintia, y está dedicado a San Antonio, el santo patrón de quienes buscan ayuda y, en particular, de los cazadores de tesoros.

Parte norte del yacimiento de la arena romana de la antigua capital de Noricum, Virunum II, ciudad comercial de Maria Saal , distrito de Klagenfurt Land, Carintia , Austria , UE

La elección no fue casual. Prunner era un arqueólogo aficionado y un gran entusiasta de la antigua Roma, que dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de los restos de la ciudad romana que había existido en aquel lugar 1600 años antes. Por entonces, su nombre se había olvidado por completo (Virunum), y él planteó la hipótesis de que podría haberse llamado «Sala», en relación con María Saal, una localidad situada en la supuesta zona arqueológica.

En el centro estela que representa a cay Julio
y Julia Privata. La mujer lleva un tocado estilo nórico
que atestigua sus origenes indígenas.

La fe de Prunner y su pasión por la arqueología llevaron a la construcción de un edificio sorprendente por su sincretismo entre el cristianismo y el paganismo romano. El funcionario había descubierto numerosas estelas e inscripciones latinas durante sus pesquisas y pensó que solo había una forma de preservar aquellos tesoros: incorporarlos a la capilla que había mandado construir.
Dos niños con peinados de 
       época trajana. Observese el detalle
del perro en la parte inferior

De los muros rosados de la Prunner Kreuz emergen bajorrelieves y epígrafes de gran interés, como la estela de Cupito, legionario de la Legio XXI; la de Accio Máximo, frumentarius de la Legio II Italica; o la de Marco Egronio, miles de la misma legión. Todas ellas prueban el intenso movimiento de unidades militares en el Nórico romano.


Lamentablemente, en 2020 el edificio sufrió graves actos de vandalismo y un intento de robo. A pesar de ello, la Prunner Kreuz sigue destacando entre las ruinas del antiguo Virunum y muestra a los viajeros los últimos vestigios de un pasado glorioso.

Epígrafe de Marco Egronio
de la Legio II itálica
















Uso cookies para darte un mejor servicio.
Mi sitio web utiliza cookies para mejorar tu experiencia. Acepto Leer más