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jueves, 24 de septiembre de 2026

CUANDO EL DANUBIO DEJO DE SER FRONTERA. DEL ESTALLIDO GÓTICO A LAS CENIZAS DE ADRIANÓPOLIS (367-378)

 

Godos y romanos en el Danubio (367-378)

El día en que el sistema romano comenzó a quebrarse

Durante buena parte del siglo IV, el Danubio no fue únicamente una frontera. También fue una zona de contacto, comercio, negociación y reclutamiento. Romanos y bárbaros combatían entre sí, pero también comerciaban, firmaban tratados y en muchos casos, servían juntos bajo las águilas imperiales.

Se trataba de una relación frágil, basada en la fuerza que cada una de las partes tuviera en un determinado momento. Dependía de que Roma pudiera mantener el control militar del limes, satisfacer a las élites godas y regular el tránsito de personas y mercancías. Mientras el Imperio conservaba la iniciativa, las tensiones podían contenerse. Pero cuando las derrotas, las rivalidades internas, las dificultades económicas y la presión de los hunos alteraron ese sistema, la frontera danubiana se convirtió en una fuente de problemas permanente.

El resultado sería una de las mayores catástrofes militares de la Antigüedad tardía: la derrota romana de Adrianópolis, en agosto del año 378, donde murió el emperador Valente. La batalla no destruyó por sí sola el Imperio romano, pero sí puso fin a una forma de gestionar las relaciones con los pueblos bárbaros. Desde entonces, godos, hunos y otros grupos dejaron de ser únicamente una cuestión de política exterior. Pasaron a formar parte de los problemas internos del Imperio, de sus ejércitos, de sus finanzas y de las luchas por el poder imperial.

Se tiende a olvidar que antes de llegar a Adrianópolis, es necesario reconstruir la cadena de acontecimientos que hizo posible aquel desastre.



¿Quiénes eran los godos?

La formación del pueblo godo fue un proceso largo y complejo. No se trata de una comunidad homogénea ni de un grupo étnico perfectamente definido en el sentido moderno. Los godos de finales del siglo IV fueron el resultado de la fusión de diferentes pueblos y comunidades, entre ellos tribus procedentes del norte, escitas, sármatas, bastarnos, dacios, romanos que habían abandonado el Imperio y otros grupos asentados en las regiones próximas al Danubio y el mar Negro.

Ruta de emigración del pueblo godo hacia el sur con sus respectivas fechas. Fuente: arrecaballo.es

Sus antepasados ​​aparecen relacionados con los grandes movimientos de población que afectarán a Europa oriental desde las guerras marcomanas del siglo II. Durante el siglo III, los godos irrumpieron con fuerza en los territorios balcánicos y llegaron hasta las costas de Grecia y Asia Menor. En el año 251 derrotaron y mataron al emperador Decio en la batalla de Abrito, una de las derrotas más graves sufridas por Roma durante la crisis del siglo III.

Los godos no actuaron siempre solos. En sus incursiones participó junto a hérulos, carpos y bastarnos, aprovechando la debilidad de las defensas romanas y la inestabilidad política del Imperio. Entre los años 267 y 276, los emperadores Galieno, Claudio II y Aureliano consiguieron frenar su avance y devolverlos a la orilla septentrional del Danubio.



Roma pagó un precio muy elevado para recuperar el control de la región. En el año 271, el emperador Aureliano abandonó la provincia de Dacia, situada al norte del Danubio. La decisión respondía a una realidad estratégica: la provincia era difícil de defender y mantener, y su posición expuesta obligaba a Roma a dispersar unas fuerzas que necesitaba en otros frentes.

Tras la retirada romana, el antiguo territorio de Dacia se convirtió en una zona disputada por godos, sármatas, vándalos, gépidos y taifales. La frontera dejó de ser una línea claramente controlada por Roma y pasó a funcionar como un espacio de competencia entre pueblos, ejércitos y redes de poder.

La cultura de Cherniajov

En el siglo IV, los grupos que identificamos como godos ocupaban un extenso territorio de Europa oriental. Este espacio se extendía aproximadamente desde el río Donets, al este, hasta la actual Transilvania, al oeste, y desde el Bajo Danubio hasta las regiones próximas a Kiev.

La arqueología suele relacionar este mundo con la cultura de Cherniajov, una realidad cultural amplia y diversa, profundamente influenciada por el contacto con Roma. Sus asentamientos eran, por lo general, grandes poblados abiertos y sin fortificaciones permanentes. La población vivía principalmente de la agricultura, con cultivos de cebada, centeno, mijo, cáñamo, guisantes y lentejas. La ganadería también tenía importancia, especialmente la cría de bueyes, cerdos, cabras y aves.

No debemos imaginar, por tanto, a los godos exclusivamente como grupos de guerreros nómadas dedicados al saqueo. Una parte considerable de su población estaba formada por campesinos sedentarios, organizados en comunidades agrícolas y conectadas con los circuitos comerciales del mundo romano.

La sociedad presentaba desigualdades económicas. El poder estaba en manos de notables capaces de intervenir en los conflictos internos de una comunidad y en las disputas entre localidades. También existía un consejo de carácter sagrado para tomar decisiones relacionadas con el territorio y otros asuntos colectivos.

Entierro típico de la cultura de Cherniajiv, hallado en
Zaiachkivtsi en Podilia.
Museo de Estudios Regionales de Vinnytsia

La pertenencia a la comunidad no parece haber dependido únicamente del nacimiento. Según los testimonios conservados, podía bastar con participar en una comida ritual para integrarse en ella. Del mismo modo, la comunidad podía excluir a uno de sus miembros. Esta flexibilidad muestra que la identidad goda era menos rígida de lo que a veces se ha supuesto.

Ser godo no significaba necesariamente pertenecer a una población homogénea, de hecho aglutinaban bajo esa denominación a componentes étnicos muy variados. Era también formar parte de una red política, militar y religiosa muy extensa y poderosa.

Del enfrentamiento a la cooperación

Durante el siglo IV, los godos superaron parcialmente su antigua fragmentación y se organizaron en confederaciones más amplias. En ellas participaron grupos de origen germano, escita y dacio. Esta evolución aumentó su capacidad militar y política. Roma comprendió pronto que no podía limitarse a combatirlos de forma permanente. El emperador Constantino desarrolló una política destinada a reforzar el limes danubiano mediante fortalezas avanzadas, puentes sobre el río y campañas ofensivas dentro del territorio bárbaro.

Los puentes construidos por los romanos permitían a las legiones cruzar el Danubio y llevar la guerra al territorio enemigo. La frontera, por tanto, no era una barrera infranqueable, sino una zona que Roma pretendía controlar mediante una combinación de fortificaciones, expediciones militares y acuerdos diplomáticos. Después de varias campañas, Constantino impuso un tratado a los godos en el año 328. El acuerdo se inició con una parte de los tervingios, el pueblo godo más cercano al limes romano, dirigidos por Ariarico y dejó al margen a los tervingios vinculados a Alica, que habían apoyado a Licinio durante la guerra civil contra Constantino. El tratado fue beneficioso para Roma y para una parte importante de la aristocracia goda. Durante aproximadamente una generación, la situación se mantuvo estable. Roma obtuvo seguridad en su frontera y acceso a nuevos contingentes militares. Los godos, por su parte, pudieron comerciar con el Imperio y mantener relaciones económicas más regulares.



Muchos guerreros godos fueron reclutados por el ejército romano. La documentación administrativa imperial menciona unidades relacionadas con los tervingios y los godos, y otros guerreros se integraron en unidades romanas ya existentes.

Esta presencia goda en el ejército imperial demuestra que las relaciones entre Roma y los pueblos bárbaros no se redujeron a una lucha permanente. Las mismas personas que podían combatir contra el Imperio también podían servir bajo sus estándares si las circunstancias así lo determinaban.

Comercio, cristianismo y prosperidad

Las décadas comprendidas entre los años 340 y 360 fueron, aparentemente, un período de prosperidad para las comunidades situadas a ambos lados de la frontera.

Los godos vendían sus productos en territorio romano y obtenían a cambio bienes imperiales. El comercio permitiría acceder a artículos de lujo, metales, manufacturas y productos que no podían obtener fácilmente en sus propios territorios. Roma, a su vez, encontraba ventajas en mantener relaciones económicas estables con sus vecinos del norte.

El contacto también favoreció la difusión del cristianismo entre los tervingios. La religión cristiana no llegó a las comunidades godas como un fenómeno aislado, sino vinculado a comerciantes, prisioneros, soldados, diplomáticos y habitantes de las regiones fronterizas. La frontera del Danubio era, por tanto, un espacio de intercambio cultural. En ella circulaban mercancías, personas, ideas religiosas y modelos políticos. La influencia romana sobre los godos fue intensa, aunque no implicó una romanización completa de sus sociedades.

El equilibrio dependía de que ambas partes percibieran beneficios en la cooperación. Cuando una de ellas consideraba que el tratado era injusto, que su rival estaba debilitado por cuestiones internas o agresiones de otros pueblos o que la otra intentaba imponer condiciones excesivas, la paz podía romperse con rapidez.

El deterioro bajo Juliano

La situación comenzó a deteriorarse durante el reinado de Juliano. En el año 362, los godos solicitaron una mejora de las condiciones establecidas en sus acuerdos con Roma. Juliano rechazó sus peticiones y amenazó con lanzar una campaña punitiva contra ellos. Ante la presión imperial, los tervingios aceptaron inicialmente las condiciones romanas.

Sin embargo, la muerte de Juliano durante su campaña contra Persia en el 363 y el breve reinado de Joviano introdujeron mucha incertidumbre en el Bajo Danubio. El Imperio estaba debilitado y los godos lo vieron como una oportunidad y consideraron que el acuerdo que habían firmado había dejado de ser válido o que, al menos, ya no estaban obligados a cumplirlo en los mismos términos. Entre los años 362 y 363 habían proporcionado miles de guerreros para la campaña persa de Juliano. Tras la derrota y la muerte del emperador, interpretaron la situación como una oportunidad para recuperar su libertad de acción. Las incursiones godas afectarán a Escitia Menor, Tracia, Dacia Ripensis, Mesia y la Baja Panonia. La desaparición de Juliano dejó un vacío que afectó a todo el sistema diplomático del Danubio.


Valente y la guerra gótica

La llegada de Valente al trono de Oriente permitió estabilizar temporalmente la situación. Atanarico, juez de los tervingios, trató de justificar las actuaciones de su pueblo y solicitó un nuevo tratado. El acuerdo se firmó en el año 364.

La paz es dura poco. Al año siguiente, los tervingios intervinieron en la política interior romana. Atanarico proporcionó miles de guerreros al usurpador Procopio, un pariente lejano de Juliano que reclamaba el trono imperial.

Procopio que sehabía mantenido oculto durante un tiempo, consiguió hacerse con el control de Constantinopla con el apoyo de algunos cortesanos contrarios a Valente y de determinadas unidades militares que estaban de paso por Constantinopla, entre ellas los divitenses y los tungricani. Pero su movimiento fracasó. Abandonado por parte de sus tropas, fue derrotado, capturado y entregado a Valente, que ordenó su ejecución.

La participación de Atanarico en la rebelión colocó a los tervingios en una posición muy peligrosa. Valente tenía bajo su control aproximadamente miles de guerreros godos enviados a luchar por Procopio, que  tras el fracaso de este habían quedado en manos romanas como prisioneros. El emperador estaba decidido a castigar a Atanarico y, al mismo tiempo, necesitaba pacificar el Danubio para concentrarse en la amenaza persa.

Las campañas de 367 y 368

En abril del año 367, Valente se desplazó al Danubio al frente de un ejército considerable. Cruzó el río cerca de la fortaleza de Dafne y penetró en territorio tervingio. Atanarico no estaba en condiciones de enfrentarse al emperador en una batalla abierta. La pérdida de sus guerreros prisioneros había debilitado su capacidad militar. Por ello, trató de refugiarse en zonas pantanosas y emplear una estrategia de hostigamiento y guerrilla.

Valente respondió con una campaña de devastación sistemática del territorio de los bárbaros. El ejército romano destruyó cosechas, poblados y recursos, y se ofrecieron recompensas por las cabezas de los guerreros godos. El objetivo era privar a los tervingios de los medios necesarios para sostener la resistencia. Los godos se retiraron hacia los Cárpatos, llevando consigo a ancianos, mujeres y niños. Allí encontraron bloqueado el paso por las fuerzas del magister militum Arinteo.

A finales del verano, Valente regresó al territorio romano con ganado, metales preciosos y millas de cautivos. La expedición había demostrado la superioridad militar romana, pero no había eliminado la amenaza goda.

En el año 368, Valente repitió la operación. Los tervingios seguían refugiados en las montañas de los Cárpatos, y el emperador buscó aliados entre los carpos, un pueblo dacio sometido hasta entonces a la influencia tervingia. Cuando supo que los greutungos, el otro gran grupo godo, dirigidos por el rey Hermanarico, estaban ayudando a los tervingios, Valente dirigió sus tropas hacia el Dniéster. Los greutungos y los tervingios, presionados por el avance romano, aceptaron presentar batalla y fueron derrotados. Las campañas de 367 y 368 debilitaron profundamente a los godos. La destrucción de sus recursos, la pérdida de guerreros y la interrupción del comercio y la división interna agudizada por la introducción del cristianismo en su versión arriana,  hicieron cada vez más difícil mantener la resistencia.

El tratado de 369

Durante el invierno, los godosenviaron embajadores a Valente y solicitaron la paz. El acuerdo se firmó en diciembre del año 369.

Valente no podía prolongar indefinidamente la guerra. El conflicto con Persia requería su atención y las campañas danubianas habían supuesto un costo considerable. El emperador necesitaba estabilizar la frontera para poder concentrarse en Armenia e Iberia.

Atanarico y Valente se entrevistaron en una isla situada en medio del Danubio. Este tipo de escenarios tenía un importante valor simbólico: la isla o el barco podían considerarse espacios neutrales, situados entre dos mundos y fuera del control directo de cualquiera de las partes.

En fechas similares, Valentiniano, hermano de Valente, negoció con los alamanes en un barco situado en el Rin. La diplomacia imperial utilizaba estos espacios fluviales como lugares de encuentro entre romanos y bárbaros.

El tratado permitió a Atanarico conservar su dignidad. No tuvo que postrarse ante el emperador romano. Sin embargo, las condiciones fueron duras para los godos:

  • Los prisioneros godos  enviados como apoyo al usurpador Procopio, fueron incorporados al ejército romano.

  • Roma dejó de entregar subsidios y regalos a los godos.

  • Se proyectó la construcción de una fortaleza romana en territorio tervingio.

  • El comercio quedó limitado a tres localidades ribereñas del Danubio lo que supuso que los intercambios pasaron a estar sometidos a una fiscalización más estricta.

Desde el punto de vista romano, el tratado reforzaba el control de la frontera y aumentaba sus ingresos. Desde el punto de vista godo, suponía una pérdida de autonomía y de recursos. La reducción del comercio dificultó el acceso a los bienes romanos. La desaparición de los pagos imperiales eliminó una fuente de riqueza fundamental para las élites godas. Y la presencia de una fortaleza romana en territorio tervingio constituía una amenaza permanente para el prestigio de Atanarico.

Atanarico fue cuestionado por su incapacidad para proteger a los tervingios frente a Roma. Para reforzar su posición, decidió perseguir a los cristianos, a los que consideraba una especie de quinta columna imperial dentro de la sociedad goda. La persecución no consolidó su autoridad y supuso una nueva división. Los tervingios tuvieron que elegir entre seguir a Atanarico o apoyar a nuevos líderes apoyados por Roma, entre ellos Fritigerno.

La guerra gótica de Valente había terminado con una victoria militar romana, pero sus consecuencias políticas eran mucho más ambiguas. Roma había derrotado a los godos en el campo de batalla, pero había contribuido a dividirlos y crear las condiciones para una nueva guerra civil.

El equilibrio conseguido en 369 era, en realidad, muy inestable. Los godos estaban empobrecidos, divididos y sometidos a restricciones. Las élites necesitan recuperar recursos y prestigio. Roma, por su parte, pretendía controlar cada vez más estrechamente el comercio y los movimientos de población. En ese contexto apareció un nuevo factor que transformaría por completa la situación: los hunos.

La irrupción de los hunos

Los hunos llevaban tiempo presionando a los godos greutungos, establecidos en las regiones orientales. Durante años, los greutungos habían conseguido contener su avance gracias a su unidad y a su capacidad militar. La situación cambió después de las derrotas godas frente a Valente. La guerra había provocado crisis económica, había debilitado la capacidad de respuesta militar de los godos y había agravado las divisiones internas. Ese debilitamiento permitió que los hunos sometieran a una parte importante de los greutungos.

Los hunos procedían de las estepas orientales y poseían una movilidad excepcional. Sus ejércitos se apoyaban en la caballería y en el uso de arcos compuestos o asimétricos, capaces de lanzar proyectiles a gran distancia mientras los jinetes mantenían una velocidad de maniobra superior a la de muchos ejércitos contemporáneos. Entre los años 372 y 375, los hunos terminaron con la resistencia organizada de los greutungos. Muchos vencidos fueron incorporados a las fuerzas hunas como guerreros. Otro escaparon hacia el oeste para evitar el sometimiento a los nuevos señores de las estepas.

El rey Hermanarico, derrotado en varias batallas y sin posibilidades de restaurar su poder, acabó suicidándose. La caída del antiguo dirigente simbolizó el hundimiento del orden político de los godos orientales. 


La llegada de los hunos provocó un efecto dominó. Los alanos fueron sometidos o desplazados. Los greutungos huyeron. Los tervingios, que ya estaban debilitados por la guerra contra Roma, tuvieron que enfrentarse a una presión para la que no estaban preparados.

La huida hacia el Danubio

Una parte de los godos y alanos vencidos, encabezada por Alateo y Safrax, se dirigió hacia el Dniéster en busca de la ayuda de Atanarico.

Los tervingios intentaron frenar a los hunos y los alanos en una batalla nocturna, pero fueron derrotados. Atanarico no abandonó la resistencia. Reunió de nuevo a sus fuerzas y construyó una línea defensiva improvisada entre el Danubio y el río Geraso, identificada habitualmente con el Siret.

La defensa consistía en una zanja de tierra coronada por una empalizada. Sin embargo, las divisiones internas y las maniobras romanas impidieron que el ejército godo actuara con cohesión. La posición fue derrotada y los hunos continuaron su avance.

Visigodos dirigiéndose al Danubio 375, para cruzar el río, iban huyendo de los hunos con sus familias y pertenencias. Autor Howard Gerard

Atanarico intentó refugiarse en territorio romano, pero fracasó. Finalmente, regresó con sus seguidores a los Cárpatos, donde tuvo que enfrentarse también a sármatas, carpos y taifales.

Mientras tanto, sus rivales internos, Alavivo y Fritigerno, condujeron al grueso de la población hacia el Danubio. Según el relato transmitido por las fuentes, alrededor de doscientos mil godos se concentraron frente a la frontera romana para solicitar permiso de entrada.

No todos los refugiados eran guerreros. Los romanos se encontraban ante una masa de población compuesta por combatientes, campesinos, familias, ancianos y niños. Sin embargo, la administración imperial tuvo que gestionar el movimiento de millas de personas en un momento de enorme tensión militar. El Imperio no estaba preparado para una operación de esa magnitud.

Una oportunidad que se convirtió en amenaza.

Valente podía interpretar la llegada de los godos de dos maneras. Por un lado, los refugiados constituían un peligro inmediato. Si entraban armados, podían convertirse en un ejército hostil dentro del territorio imperial. Si se les concentraba en una zona sin alimentos, podía saquear las provincias para sobrevivir. Si se les dispersaba sin control, podría escapar de la autoridad romana. Por otro lado, también representaban una oportunidad. Los romanos necesitaban campesinos, contribuyentes y soldados. La incorporación de decenas de millas de personas podía reforzar la economía y el ejército del Imperio oriental.

Valente optó por aprovechar la oportunidad, pero lo hizo desde una posición de desconfianza y superioridad. Exigió a los godos que entregaran sus armas y que abandonaron la condición de foederati para convertirse en dediticii, es decir, personas sometidas directamente a la autoridad imperial. La diferencia era fundamental. Los foederati conservaban un grado mayor de autonomía y eran admitidos mediante acuerdos con sus dirigentes. Los dediticii quedaban subordinados al poder romano como vencidos o dependientes.

Mientras se desarrollaban las negociaciones, el número de refugiados aumentaba. A los tervingios dirigidos por Fritigerno y Alavivo se sumaron personas procedentes de otras comunidades del Barbáricum, empujadas hacia el Danubio por la presión de los hunos. El problema dejó de ser controlable para los funcionarios imperiales.

La corrupción de los funcionarios romanos.

Finalmente los godos fueron autorizados a cruzar el Danubio y se les asignaron lugares de asentamiento. Pero la administración romana no logró garantizar el abastecimiento de los refugiados ni mantener una vigilancia eficaz que evitara que estos entraran al Imperio armados. Los refugiados dependían de las autoridades imperiales para obtener alimentos y su supervivencia dependía de la capacidad y la honradez de los funcionarios romanos. sin embargo la realidad fue muy distinta. Algunos de los mandos militares y de los administradores encargados de alimentar, vigilar y proteger a los godos vieron en ellos una oportunidad de enriquecimiento. En vez de garantizar su alimentación, desviaron los pocos recursos disponibles y utilizaron la desesperación de los refugiados para obtener beneficios.

Las fuentes transmiten episodios extremos de explotación. A los godos se les habrían llegado a exigir a sus hijos un cambio de perros destinados al consumo. Aunque debemos valorar con cautela los detalles de los relatos antiguos, el episodio refleja la imagen de corrupción, abuso y abandono que las fuentes asociaron a la gestión imperial de la crisis.

La situación se volvió explosiva por varias razones más como que más bárbaros continuaron entrando en territorio imperial, la población local veía a los recién llegados como una amenaza y el ejército romano que estaba disperso en otros frentes era incapaz de controlar las acciones de pillaje de los bárbaros, clandestinos o no, en los territorios circundantes. La frontera danubiana se transformó en el escenario de una inmensa crisis humanitaria, militar y política.


El estallido de la guerra gótica en 377.

En el verano del año 377, la tensión acabó convirtiéndose en rebelión abierta. Lupicino, el militar romano encargado de la región, intentó enriquecerse a costa de los godos. Su gestión agravó la situación y provocó el enfrentamiento con los dos principales lideres de los godos Fritigerno y Alavivo.

Las fuerzas romanas fueron derrotadas cerca de Marcianópolis. La victoria permitió a los bárbaros abandonar las zonas en las que habían sido concentrados y extenderse por Tracia y Mesia, sembrando de fuego, destrucción y muerte los campos romanos.

El movimiento no fue una invasión planificada desde el exterior. Fue, en buena medida, el resultado de una crisis generada dentro del propio territorio imperial. Roma había permitido la entrada de los godos, pero después no había sido capaz ni de alimentarlos ni de integrarlos. La rebelión se expandió mientras el Imperio tenía sus fuerzas comprometidas en otros frentes. Parte del ejército oriental combatía en Armenia. Otras unidades estaban ocupadas reprimiendo a los isaurios o enfrentándose a los sarracenos de la reina Mavia.

A la crisis tervingia se sumaron grupos greutungos y alanos dirigidos por Famovio, Viterico, Safrax y Alateo. También participaron taifales, carpos, sármatas, esciros y mercenarios hunos. El Danubio dejó de ser una frontera segura. Grandes grupos de bárbaros cruzaron el río y se desplazaron por las provincias imperiales que ardían indefensas ante el empuje de los invasores.

Valente intenta cerrar la brecha

La situación obligó a Valente a actuar con rapidez. El emperador tuvo que firmar la paz con Mavia para liberar tropas destinadas al frente oriental y enviarlas hacia el Danubio. El pacto se selló con importantes ventajas para los sarracenos que a cambio de la paz y de aportar contingentes de su caballería obtuvieron importantes ventajas políticas y económicas del emperador. El acuerdo incluyó la boda entre la hija de Mavia y uno de los principales oficiales de Valente, el sármata Víctor.

Desde Armenia fueron trasladados los generales Profuturo y Trajano, al frente de varias legiones y unidades auxiliares. Graciano, emperador de Occidente, también envió refuerzos desde Panonia dirigidos por su general Ricomeres.

Con este núcleo de tropas, Roma intentó contener a los bárbaros. El primer intento fracasó. El segundo condujo a la batalla de Ad Salices, librada en el año 377 a unos quince kilómetros de Marcianópolis. La batalla fue sangrienta y terminó favoreciendo a los romanos, pero no resolvió el problema. Las fuerzas de Fritigerno no fueron expulsadas de Tracia y conservaron capacidad para continuar la guerra. Ricomeres comprendió que la magnitud de las fuerzas bárbaras era mayor de lo que se había calculado y regresó junto a Graciano para solicitar nuevos refuerzos.



La victoria romana de Ad Salices fue, por tanto, limitada. Roma podía imponerse en un enfrentamiento concreto, pero no disponía todavía de una estrategia capaz de destruir o integrar a todas las fuerzas que habían cruzado el Danubio.

Graciano y la presión en Occidente

Mientras Valente combatía en Oriente, Graciano tenía que enfrentarse a los alamanes en el Rin y el Danubio. En mayo del año 378, derrotó a los lentienses, una tribu alamana que había puesto en peligro la frontera occidental. Esta victoria le permitió dirigirse hacia el este para socorrer a su tío Valente.

Antes de poder continuar, sin embargo, Graciano enfermó en las proximidades de Sirmio. Además, algunas bandas de alanos atacaron sus fuerzas y dificultaron el avance. La situación era crítica en todo el Imperio. Los problemas no se limitaban al Bajo Danubio. La presión de los hunos había alterado el equilibrio del Barbáricum y había desencadenado movimientos de población que afectaban incluso a las fronteras del Rin, del Danubio y de Oriente. Roma ya no se enfrentaba a un único enemigo claramente identificable. Se encontró ante una cadena de conflictos relacionados entre sí, en la que cada derrota o desplazamiento generaba nuevas amenazas.

Adrianópolis: el final de un equilibrio

Cuando Valente decidió enfrentarse a los godosen 378, el Imperio todavía conservaba ejércitos poderosos y generales experimentados. Roma no era una potencia moribunda incapaz de combatir. Pero su sistema político y militar se encontró sometido a una presión extraordinaria.

La derrota de Adrianópolis fue el punto de inflexión. El ejército romano de Oriente sufrió una catástrofe y el emperador Valente murió en el campo de batalla.

El desastre tuvo consecuencias inmediatas y profundas. Roma perdió una parte importante de sus fuerzas, pero también perdió la capacidad de imponer unilateralmente sus condiciones a los godos. A partir de entonces, los acuerdos con las comunidades bárbaras tuvieron que negociarse desde una posición mucho más equilibrada que implicaba por primera vez reconocer la entidad política de los asentamientos bárbaros dentro del territorio imperial y la asistencia d estos al emperador en calidad de aliados, no de súbditos.



La frontera danubiana ya no podía gestionarse únicamente mediante campañas punitivas. Roma tendría que recurrir con mayor frecuencia a tratados, asentamientos, reclutamientos y acuerdos con líderes bárbaros.

El mundo romano no desapareció en Adrianópolis. Pero el sistema que había permitido a Roma controlar la relación con los godos quedó destruido.

La historia de los godos y Roma en el Danubio demuestra que la frontera imperial no era una simple separación entre civilización y barbarie.

Los bárbaros comerciaban con los romanos, servían en sus ejércitos, adoptaban elementos de su cultura y recibían influencias cristianas. Al mismo tiempo, podían combatir contra el Imperio, cruzar sus fronteras y desafiar a sus emperadores. Roma necesitaba a los bárbaros tanto como los bárbaros necesitaban a Roma. El Imperio requería soldados, contribuyentes y estabilidad en sus fronteras. Los pueblos del otro lado del Danubio buscaban una mejor vida, seguridad, mercados y protección frente a enemigos más poderosos. El sistema funcionaba mientras existiera un equilibrio entre intereses y fuerzas. Cuando Roma dejó de poder garantizar la seguridad, administrar los recursos y respetar los acuerdos, la cooperación se transformó en conflicto.

Los hunos no fueron la única causa de la crisis. Su llegada desencadenó la ruptura del orden anterior, pero las condiciones que hicieron posible el desastre ya estaban presentes. Las guerras de Valente habían debilitado a los godos; las restricciones comerciales habían empobrecido a sus élites; las rivalidades religiosas habían dividido a los tervingios; y la corrupción romana convirtió la entrada de refugiados en una rebelión. Adrianópolis fue, en definitiva, el resultado de una crisis fronteriza que se había convertido en una crisis imperial.

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viernes, 4 de septiembre de 2026

¿BARBARIZACIÓN O TRANSFORMACIÓN DURANTE EL BAJO IMPERIO ROMANO? ADAPTARSE O MORIR


 

Ni ciudadanos ni romanos: servidores del Imperio.

Un texto de Federico Romero Díaz

La frontera que dejó de separar

Durante los últimos siglos del Imperio romano, la frontera del Rin y del Danubio dejó de ser una línea nítida entre dos mundos enfrentados. Al otro lado estaban los pueblos que los romanos llamaban “bárbaros”; en la orilla imperial vivían ciudadanos, soldados y campesinos de orígenes cada vez más diversos. Entre ambos espacios existían intercambios comerciales, relaciones diplomáticas, migraciones y vínculos militares constantes.

El resultado fue la creación de un espacio intermedio, un territorio donde las identidades romana y bárbara comenzaron a mezclarse. Un soldado podía proceder de una tribu germánica y servir al emperador con orgullo; un romano podía comerciar o establecerse entre los godos sin ser molestado; y un colono bárbaro podía cultivar tierras imperiales, pagar impuestos y defender el limes de las incursiones de otros bárbaros. La pertenencia étnica ya no determinaba necesariamente la lealtad política.

Una inscripción resume bien esta realidad. En ella, un laetus —un colono de origen bárbaro al servicio de Roma— dejaba escrito:

“Francus ego cives Romanus miles in armis / egregia virtute tuli bello mea dextera sem(p)er"”: “Soy ciudadano franco y soldado romano en armas; con sobresaliente virtud mi diestra siempre se destacó en la guerra.”.


No se trataba de una contradicción. En el Bajo Imperio, ambas identidades podían coexistir. La arqueología confirma este mestizaje: en zonas como el Rin, romanos y germanos utilizaban joyería y cerámica fabricada localmente o importada desde otros puntos del Imperio, y los enterramientos atestiguan una amplia aculturación. Desde una perspectiva arqueológica resulta complicado, por no decir imposible, diferenciar en un enterramiento, por ejemplo, a veces con certeza lo que es romano de lo que es bárbaro.

Roma necesitaba soldados

La transformación tuvo una causa fundamental: Roma necesitaba hombres para sus ejércitos. El servicio militar resultaba cada vez menos atractivo para muchos ciudadanos romanos, especialmente para los habitantes de las zonas más intensamente romanizadas como Italia, Galia, Grecia o Hispania. Exigía veinte años de duro servicio para obtener la anhelada honesta missio, es decir, la licenciatura con honores que implicaba la concesión de tierras y de una considerable cantidad económica que hacían posible un retiro tranquilo. La paga no era alta, sobre todo si tenemos en cuenta que se corría el riesgo de ser enviado a tierras lejanas e inhóspitas. Además, en una época de continuas guerras civiles y de constantes enfrentamientos contra invasores germánicos, escitas, persas, etc., era más que posible que el soldado muriera antes de finalizar su largo servicio.

Se dieron muchos casos de ciudadanos que recurrieron a medidas desesperadas para evitar el alistamiento, como hacerse pasar por siervos o incluso cortarse dedos de las manos para ser declarados no aptos para el servicio de armas. Por el contrario, para los bárbaros libres que residían en los territorios cercanos al limes, era una oportunidad muy interesante. Provenían de un medio más pobre que los romanos. El servicio en las legiones o en sus unidades auxiliares suponía comida, techo, abrigo, una paga fija y posibilidad de incentivos en forma de botín, gratificaciones y la existencia de una carrera profesional en la que poder promocionar a puestos de mando.



Así, numerosos francos, alamanes, godos, vándalos, burgundios, alanos, árabes, persas y armenios entraron en las tropas romanas. Algunos se incorporaban voluntariamente; otros eran entregados como rehenes o reclutas en virtud de un tratado de paz; y, en ocasiones, eran prisioneros de guerra obligados a servir. Roma solía dispersar a estos soldados entre distintas unidades o enviarlos a provincias lejanas. De ese modo intentaba evitar que actuaran conjuntamente contra el Imperio y favorecer su integración en la disciplina y la cultura militar romanas. Con el tiempo, muchas unidades perdieron su carácter étnico original, pues las bajas eran reemplazadas por reclutas locales.

Los precedentes de esta política eran antiguos. Augusto permitió que unos treinta mil getas se asentaran en Mesia. Tiberio se lo permitió a cuarenta mil alamanes en la Galia y Renania. Marco Aurelio asentó a treinta mil naristae (germanos de origen suevo) empleando a germanos para combatir a germanos. Claudio II (268-270) reclutó a godos tras derrotarlos en Naisso. Probo llegó a distribuir a cien mil bastarnos en Tracia. Y Constantino, que se presentó en Italia para luchar contra Majencio en la batalla del puente Milvio con un ejército repleto de galos, germanos y britanos, distribuyó también a trescientos mil sármatas por Tracia, Italia y Macedonia. También incorporó a burgundios, alanos y, posiblemente, a suevos como federados.



Colonizar para defender

El asentamiento de bárbaros como colonos fue otra de las grandes respuestas imperiales. Desde finales del siglo III, extensas zonas fronterizas habían quedado devastadas por las incursiones, el bandidaje y las guerras civiles. Las ciudades del limes, bien protegidas por sus murallas y guarniciones militares, sobrevivieron al terremoto que supuso la anarquía militar del siglo III. El campo, indefenso y más expuesto a las depredaciones, bandidaje y a las incursiones de saqueo, quedó prácticamente deshabitado en amplios territorios. Para remediar este estado de cosas, se recurrió a la vieja fórmula de asentar bárbaros como colonos.

Los nuevos asentamientos se regulaban por las leyes romanas y sus líderes debían cooperar con las autoridades imperiales. Estilicón, en el 396, lanzó una campaña contra los francos y restauró la autoridad romana en el Rin. Los francos se comprometieron a mantener la paz y a proteger el limes por sí mismos, lo que hizo posible que muchos sectores del limes del Rin y del Danubio fueran desprovistos de sus tropas romanas, que se destinaron a reforzar el ejército de Italia.

A medida que más germanos fueron admitidos en los territorios del limes y a medida que esta tierra se iba convirtiendo en un lugar donde la autoridad de Roma se iba atenuando, los romanos que se lo pudieron permitir fueron abandonando esas zonas de frontera incierta para instalarse tras las murallas de las ciudades, mucho más seguras, o hacia el interior del Imperio, que seguía siendo territorio más o menos seguro. Los provinciales romanos, a veces con razón, no se fiaban de que los francos o los alamanes de la aldea vecina fueran los responsables de su seguridad. Era como un círculo vicioso que dejaba más tierra sin labrar y más impuestos sin cobrar, llenándose el vacío creado con más germanos.

En esta época, podemos afirmar que las fronteras romanas de Occidente habían sufrido un profundo cambio en su naturaleza. Aunque el Imperio continuó reclamando como propio todo el territorio hasta el Rin y el Danubio, la realidad era bien distinta. A pesar de que Hispania o África permanecían romanas a principios del siglo V, en amplias zonas del Rin y del Danubio ya no se podía hablar con propiedad de territorio romano, ya que gran parte de su población, en la práctica, tenía poca o ninguna lealtad al emperador de Milán o Rávena.

Laeti, gentiles y foederati

Los colonos bárbaros no formaban un grupo homogéneo. Existían diferentes modalidades de integración.

Los laeti eran grupos asentados en un territorio determinado. Se estipulaba que, a cambio de la generosidad del emperador, ellos estaban obligados a defender las tierras que les habían concedido de los ataques de otros bárbaros. Habitualmente, eran personas pertenecientes a pueblos libres que provenían de más allá de las fronteras y que elegían vivir en territorio romano. Se asentaban sobre todo en Galia e Italia, al menos desde los tiempos de la Tetrarquía, que sepamos. Puede que en origen este término se aplicara a provinciales romanos que habían pasado tiempo cautivos en el Barbaricum y que después pudieron regresar a territorio imperial. No obstante, queda claro que, con el tiempo, el término se aplicó a colonos de origen bárbaro, obligados a proporcionar reclutas al ejército y a permanecer en las tierras que se les habían asignado. Su condición era hereditaria y estaban sometidos a la supervisión de un praepositus, que normalmente era un funcionario militar, aunque a veces, si los colonos dependían de un municipio, podía ser un civil.

Ser laeti no era una limitación demasiado significativa. De hecho, algunos de ellos, como Magnencio, el usurpador de origen franco que llegó a dominar casi todo Occidente, era un laeti. Conocemos por las fuentes algunos ejemplos de francos asentados por Constancio II como laeti en torno a Tréveris, Amiens y Langres. Otro ejemplo que conocemos son los francos salios, a los que Juliano permitió permanecer como laeti en la desembocadura del Rin. En la Notitia dignitatum se enumeran al menos una docena de estos oficiales praefecti laetorum solo en Galia y en Hispania. Las fuentes no transmiten la existencia de grandes conflictos entre los provinciales y estos colonos bárbaros. Tampoco parece que se asentaran en tierras arrebatadas a la aristocracia romana. Se cree que debieron asentarse en tierras de propiedad imperial, o en tierras abandonadas, lo que evitó conflictos con el resto de la población y facilitó que, en líneas generales, se mostraran fieles al Imperio.

Los gentiles eran otro tipo de bárbaros asentados en el Imperio. Se sabe que integraron algunas unidades especiales del ejército, como la guardia personal schola de algunos emperadores, entre ellos Diocleciano.

Los foederati eran otro tipo de bárbaros asentados dentro del Imperio. Aunque el verdadero significado de este término no está muy claro, debido fundamentalmente a su largo uso en el tiempo y a que fue utilizado por las fuentes para denominar a bárbaros en diferentes circunstancias. Su situación era similar a la de los laeti. Estaban asentados en un territorio tras la firma de un foedus y recibían, a cambio de su ayuda militar, cuando les era requerida, subsidios anuales en forma de alimentos o en metálico (annonae foederaticae). Al igual que con los laeti, conocemos varios ejemplos de este tipo de asentamientos, realizados tras sufrir los bárbaros una derrota ante el ejército romano. Uno fue el asentamiento de godos en Aquitania, efectuado por Constancio en el 418; otro, el de los burgundios, tras ser derrotados por las fuerzas de Aecio en el 443. No tenemos noticias de problemas con los terratenientes de los territorios asignados ni de desplazamientos de los provinciales romanos a otras zonas ante la llegada de sus nuevos vecinos, aunque debemos enfrentarnos al silencio de las fuentes sobre la forma en que se organizó el asentamiento de un número tan elevado de bárbaros en territorio imperial.


No siempre los acuerdos con líderes bárbaros implicaban establecerse como colonos en territorio romano. A veces, los tratados eran simplemente de apoyo mutuo. En momentos de necesidad, se les reclamaba a estos líderes contingentes de guerreros, dirigidos por sus propios jefes, para apoyar a las unidades romanas. En ocasiones, al acabar la campaña, en vez de regresar a su tierra, elegían incorporarse al ejército regular para completarlo o para formar nuevas unidades de carácter permanente. Amiano nos ofrece los ejemplos de armenios y sarracenos.

Dos lealtades posibles

La integración no significaba siempre abandonar la identidad de origen. Algunos bárbaros se romanizaban por completo y aspiraban a convertirse en miembros plenos de la sociedad imperial. Otros preferían conservar sus vínculos con su pueblo mientras trabajaban para Roma. También hubo dirigentes que mantuvieron su autoridad al otro lado de la frontera y se limitaron a actuar como aliados del emperador.

El caso de Malobaudes resulta especialmente ilustrativo. Era un destacado miembro de la nobleza de los francos, una confederación surgida de la unión entre diferentes pueblos como camavos, catuarios, sicambros, brúcteros, catos, tencteros, etc. Sobre él nos habla Amiano:

“Para que compartiera con él el poder nombró con igual rango a Malobaudes, comandante de las tropas imperiales y rey de los francos, un hombre belicoso y de gran valor.”

A la altura del 377 o 378, era a la vez rey de su pueblo, ubicado en el Barbaricum, al norte del Rin, y un alto mando militar romano, magister militum equitum. Constituye un claro exponente de cómo se estaba empezando a considerar normal que un bárbaro pudiera detentar posiciones de poder a ambos lados de la frontera.

El caso de Malobaudes es único, ya que rompe el clásico esquema en el que Roma se beneficia de los servicios de nobles y soldados bárbaros romanizados en mayor o menor medida. En este caso no queda claro quién se sirve de quién. Malobaudes, que llegó a ser uno de los más altos cargos militares romanos de las Galias (magister militum), nunca renunció a los privilegios y responsabilidades que implicaba ser rey de una de las grandes facciones de los francos. Se aprovechó de las ventajas derivadas de jugar en ambos bandos para causar una doble derrota al pueblo que constituía en ese momento el principal problema para los francos, los alamanes: una fue con las tropas romanas como magister militum y otra, como rey franco, acabando con dos de sus principales reyes y con la vida de miles de guerreros alamanes. Tras las derrotas, la confederación alamana quedó descabezada, desorganizada, sin líderes capaces de oponerse a los francos que, a partir de las victorias de Malobaudes, desempeñaron un papel predominante en esa parte del Barbaricum, dejando a los alamanes un papel secundario en el futuro.

En el 377, fue nombrado cónsul,

puesto en el que repitió en el 383. Es en esa fecha cuando hay constancia de que Merobaudes, hasta entonces fiel a la dinastía valentiniana, traicionó a Graciano para ponerse de lado de un nuevo usurpador conocido como Magno Clemente Máximo (383-385), un exitoso militar de origen hispano.

Otros oficiales de origen bárbaro llegaron incluso a los puestos más elevados. Gainas, Fravitta, Arbogastes, Bauto o Merobaudes demostraron que el ejército romano podía convertirse en una vía de ascenso social y político para quienes procedían de fuera del Imperio. Podemos afirmar que, salvo algunas excepciones que nos ofrecen las fuentes, su servicio fue eficaz, igual o mejor al esperado para los romanos. Tenemos noticia, por las fuentes, de la existencia de unos sesenta oficiales bárbaros de origen germánico al servicio del Imperio solo en el siglo IV. 

Normalmente desempeñaron empleos militares y en algunas ocasiones altos cargos civiles como el consulado. Como ya hemos dicho, su servicio se caracterizó en líneas generales por su seriedad, disciplina, celo y ambición. Estos bárbaros imperiales, que ostentaron altos cargos en el ejército y en el funcionariado civil, fueron, en múltiples ocasiones, más romanos que los propios romanos que les rodeaban, pues asumieron plenamente la civilización y modos de vida propios de la romanitas.

Integración y rechazo

Este proceso no fue pacífico ni estuvo libre de conflictos. Muchos romanos veían con desconfianza la presencia creciente de bárbaros en el ejército, en la administración y en la corte imperial. El Senado, especialmente, se mostró reticente a que el Estado contratara tropas extranjeras, aunque al mismo tiempo se resistía a pagar más impuestos para mantener un ejército compuesto por ciudadanos romanos.

El rechazo también existía al otro lado de la frontera. Algunos dirigentes bárbaros, como Atanarico entre los godos o el rey alaman Macriano, se opusieron a cualquier acuerdo que subordinara sus pueblos al Imperio. Para ellos, la relación con Roma podía significar pérdida de autonomía, entrega de rehenes, pago de tributos y sometimiento político. Estos dos personajes demuestran la relevancia del sentimiento antiromano. A pesar de que esa oposición supuso muchos años de guerra, ambos gozaron de estima y autoridad en sus sociedades por resistirse al Imperio. No pactaron hasta que Roma cambió de táctica y, dejando la fuerza a un lado, se decidió por el pragmatismo y por ofrecer unas condiciones de paz más justas a sus vecinos.

Por tanto, las sociedades bárbaras tampoco actuaban como bloques unidos. Dentro de cada confederación existían facciones favorables a la cooperación con Roma y otras decididas a combatirla. Los pueblos que conocemos con nombres amplios —godos, francos, alamanes o vándalos— eran en realidad coaliciones cambiantes de grupos diversos, unidos con frecuencia por la fidelidad a un líder militar más que por un sentimiento nacional común.



El final de una oposición sencilla

La historia de los colonos bárbaros demuestra que la caída del Imperio romano de Occidente no puede explicarse como una simple invasión de pueblos extranjeros contra una civilización romana perfectamente cohesionada. Romanos y bárbaros llevaban siglos relacionándose, comerciando, combatiendo y sirviendo juntos.

Muchos de quienes defendieron el Imperio habían nacido fuera de sus fronteras. Otros, aunque conservaban nombres y tradiciones bárbaras, se comportaban como soldados, funcionarios y aristócratas romanos. Al mismo tiempo, numerosos ciudadanos romanos dependían de esos hombres para proteger sus tierras y garantizar la continuidad del Estado.

El asentamiento de colonos bárbaros fue, por tanto, una política pragmática: Roma intentó convertir un problema militar y demográfico en una solución. Durante un tiempo funcionó. Pero también transformó profundamente el Imperio, hasta crear una sociedad en la que la frontera entre romano y bárbaro dejó de tener sentido.

La paradoja final es que Roma no fue destruida simplemente por quienes estaban fuera, sino que se transformó mediante la incorporación de esos mismos grupos. Los bárbaros no se limitaron a entrar en el Imperio: se convirtieron en sus soldados, sus colonos, sus generales y, finalmente, en algunos de sus gobernantes.

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jueves, 13 de agosto de 2026

AECIO, DE AMIGO DE LOS HUNOS A ENEMIGO DE ATILA. LA HISTORIA DEL ÚLTIMO ROMANO.

Un texto de Federico Romero Díaz

Pocos personajes de la historia del Imperio romano de Occidente encarnan mejor que Flavio Aecio el complejo universo que era el mundo romano en el siglo V. General, político, diplomático y hombre de frontera, Aecio fue durante más de veinte años la principal autoridad militar de Occidente. Pero hay un aspecto de su trayectoria que resulta especialmente revelador: su relación con los bárbaros en general y con los hunos en concreto.

A primera vista parece una paradoja. Aecio pasó buena parte de su vida combatiendo contra los pueblos bárbaros que amenazaban las fronteras del Imperio ( y otra tan importante o más que esa contra sus enemigos y rivales políticos), pero los hunos fueron durante décadas sus aliados más importantes. Gracias a ellos pudo regresar del exilio, recuperar el poder y sostener su posición como generalísimo de Occidente. Y, sin embargo, al final de su vida tuvo que enfrentarse al hombre que encabezaba aquel mismo pueblo: Atila.

La historia de Aecio y los hunos va mucho más allá, del relato de dos enemigos que se encontraron en los Campos Cataláunicos en el 451. Es la historia de una relación de amistad y mutua dependencia que comenzó mucho antes de que Atila fuera el gran rey de los hunos. La alianza con este pueblo se convirtió en el pilar fundamental del éxito de la carrera militar y política de Aecio que siempre supo entenderse con ellos para combatir a sus enemigos, ya fueran romanos o bárbaros. La perdida de la alianza huna, le supuso al ultimo romano el final de su carrera y de su propia vida.

 Un romano entre bárbaros

Aecio nació hacia el año 395 y, desde muy joven, quedó vinculado al mundo bárbaro. Su trayectoria resulta especialmente interesante porque pasó parte de su adolescencia y juventud entre godos y hunos en calidad de rehén.

Aquella experiencia marcaría profundamente su vida y su manera de entender el mundo. Aecio aprendió a hablar tanto la lengua de los godos como la de los hunos. Para un romano de alto rango aquello suponía una ventaja considerable. No se trataba solamente de poder comunicarse con ellos, sino de comprender mejor su mentalidad y los valores que regían a aquellos pueblos guerreros. En las conversaciones diplomáticas podía dirigirse a ellos en su propia lengua, algo que no era habitual entre los altos oficiales romanos y que impresionaba a los bárbaros que siempre que podían le preferían como interlocutor.

Durante su estancia entre los hunos conoció a cuatro príncipes hunos que resultarían fundamentales para su futuro: Ruga, Octhar, Beoidic y Munyuk. Eran jóvenes aproximadamente de su misma edad y Aecio trabó amistad con ellos. Munyuk tiene una importancia especial en esta historia porque era el padre de Rua y de Atila, los reyes del Imperio huno en el apogeo de su poder.

Aecio no fue simplemente un rehén que pasó por la corte huna. Allí aprendió a montar a caballo y a combatir, desarrollando habilidades militares propias de aquellos nómadas. Su contacto con ellos le permitió conocer desde dentro una sociedad que para la inmensa mayoría de la sociedad romana resultaba completamente extraña. Aquellos años en la corte huna fueron una de las claves de su extraordinaria carrera.

Aecio seguía sintiéndose romano. Nunca dejó de serlo. Pero había aprendido algo que muchos otros dirigentes romanos no comprendían: los pueblos que vivían más allá del limes no eran únicamente enemigos a los que había que derrotar. También podían ser aliados, soldados, interlocutores diplomáticos e incluso compañeros de armas en los que apoyarse en las turbulentas aguas de la historia de esa primera mitad del siglo V.

 Ruga, Octhar y la amistad que sostuvo una carrera

Cuando murió Charatón en el 419, los hunos volvieron a dividirse en dos grandes grupos. Uno estaba dirigido por Ruga y se movía entre las orillas del Danubio y del Dniéster; el otro, más importante, estaba asentado en la llanura panónica y era dirigido por Octhar, hermano de Ruga. Aecio había conocido personalmente a ambos. Esta relación adquirió una importancia enorme cuando regresó a la escena política romana.

Tras la muerte de Honorio en 423 se abrió una lucha por el poder en Occidente. Aecio apoyó al usurpador Juan y recibió el encargo de conseguir ayuda de los hunos. Era una misión lógica para alguien que había pasado sus años de juventud entre ellos y que mantenía relaciones personales con sus dirigentes. La cuestión no era simplemente que Aecio supiera dónde encontrar guerreros hunos. Lo importante era que podía recurrir a personas que conocía y que lo conocían a él para reunir un contingente de mercenarios escitas que resultaran decisivos en esta nueva guerra civil de los romanos.


La situación de Juan se deterioró rápidamente. El usurpador fue capturado y ejecutado en 425. Pero tres días después de aquella ejecución, Aecio apareció al frente de un enorme contingente de mercenarios hunos. ES posible que se tratara de un ejército en sesenta mil hombres. Las tropas hunas de Aecio llegaron a enfrentarse con las fuerzas orientales, encabezadas por otros dos destacados bárbaros orientales de origen alano, Ardabur y sus hijo Aspar, que protegían a Gala Placidia y a Valentiniano III. Ninguno de los dos bandos consiguió imponerse y finalmente se llegó a un acuerdo. Los hunos recibieron oro y tierras en Panonia, mientras Aecio fue nombrado magister equitum per Gallias. A partir de ese momento comenzaría su ascenso imparable.

 Los hunos como el gran apoyo de Aecio

Durante las dos décadas siguientes, la relación entre Aecio y los hunos se convirtió en uno de los pilares de la política occidental.

Aecio no solo empleó contingentes hunos contra enemigos externos. También recurrió a ellos en los conflictos internos del propio Imperio. Los hunos eran una fuerza militar disponible y, además, Aecio tenía con ellos unas relaciones personales privilegiadas. En 432 ocurrió algo que demuestra hasta qué punto aquella relación era importante. Aecio se enfrentó a Bonifacio en la batalla de Rímini. Bonifacio venció, aunque resultó herido y murió tres meses después como consecuencia de sus heridas. Aecio pudo retirarse inicialmente a sus propiedades en Italia, pero tras la muerte de Bonifacio tuvo que enfrentarse a un nuevo problema: Sebastián, yerno y sucesor de su antiguo rival, comenzó a perseguirlo. Fue entonces cuando Aecio recurrió nuevamente a sus viejos amigos.

Aecio abandonó su retiro en sus tierras en Italia y huyó hacia los dominios del rey huno Rua. Los hunos no solo lo acogieron: le proporcionaron miles de guerreros. Con aquel ejército pudo regresar a Italia y enfrentarse a Sebastián, que terminó huyendo de Italia. Gala Placidia no tuvo más remedio que llegar a un nuevo entendimiento con un Aecio respaldado por miles de mercenarios hunos. 



A lo largo de los veinte años de predominio político de Aecio, los hunos siempre fueron su gran apoyo. Incluso en el momento más delicado de su carrera, cuando tuvo que exiliarse, fueron ellos quienes le dieron refugio y quienes le proporcionaron el ejército con el que pudo regresar y recuperar el poder. 

Resulta imposible entender al Aecio político y militar sin conocer su amistad con los hunos. No eran un elemento secundario de su estrategia. Eran una de las bases de su poder.

 Los hunos de Aecio contra los enemigos de Roma

La relación tampoco debe entenderse como si Aecio hubiera utilizado a los hunos únicamente para conquistar el poder dentro del Imperio. Durante años también los empleó para defender los intereses de Roma.

En la Galia, por ejemplo, los guerreros hunos auxiliaron a Aecio contra los visigodos rebeldes y contra los burgundios. En 437, precisamente, un contingente huno había participado en la terrible derrota de los burgundios, en la que murió su rey Guntario y alrededor de veinte mil miembros de este pueblo. Los supervivientes pidieron la paz a Aecio y fueron asentados alrededor del lago Ginebra y del alto Ródano, pasando después a comportarse como federados leales a Rávena. La masacre fue tan terrible que dejo una huella imborrable en su memoria colectiva que se refleja en manifestaciones culturales como el célebre Cantar de los nibelungos.

La paradoja es evidente: los mismos hunos que aterrorizaban a otros pueblos podían convertirse en una terrible espada al servicio de Roma. Aquello era posible, en buena medida, porque el generalísimo entendía a los bárbaros de una forma diferente. Su experiencia personal le había enseñado que el mundo situado más allá del limes no era simplemente un bloque enemigo. Había pueblos enfrentados entre sí, dirigentes que buscaban alianzas, guerreros dispuestos a combatir por Roma y grupos que podían convertirse en enemigos si cambiaban las circunstancias. Aecio sabía moverse en ese mundo.

Y durante mucho tiempo los hunos estuvieron de su lado.

Cuando los amigos de Aecio se convirtieron en los señores de la estepa

 los años no pasan en valde y la generación de Ruga y Octhar fue desapareciendo. Octhar murió hacia el 432. Ruga quedó entonces al frente de la mayoría de los hunos occidentales, aunque en torno al final del 435 también murió.Fue entonces cuando apareció en primer plano una nueva generación. Los sucesores fueron sus sobrinos Bleda y Atila, hijos de Munyuk, uno de los príncipes amigos de Aecio durante sus años como rehén. 



Este detalle resulta fundamental para comprender la relación posterior entre Aecio y Atila. Atila no era un completo desconocido para el generalísimo romano. Era el hijo de uno de aquellos príncipes hunos con los que el romano había convivido y combatido durante su juventud. Pero la relación personal que Aecio había construido pertenecía fundamentalmente a la generación anterior. El mundo había cambiado: Ruga y Octhar habían desaparecido y ahora gobernaban Bleda y Atila.Y con ellos el poder huno alcanzaría unas dimensiones desconocidas hasta entonces.



 Aecio y Atila: una alianza todavía posible

Durante los primeros años del gobierno conjunto de Bleda y Atila, la relación con Aecio siguió siendo positiva. Mientras los hunos presionaban con enorme dureza al Imperio de Oriente, en Occidente la situación era diferente. Entre 435 y 440, guerreros hunos continuaron auxiliando a Aecio en sus campañas contra visigodos y burgundios. La alianza no había desaparecido. De hecho, en 443 se produjo un nuevo pacto entre Aecio y Atila que recibió una parte de Panonia y fue nombrado honoríficamente *magister militum*. Es curioso ver como alguien que ha pasado a la historia como el gran enemigo de Roma, fuera en su tiempo honrado por los romanos de esta manera. Roma envió además personal administrativo a su corte y el hijo mayor de Aecio, Carpilio, fue enviado como rehén. El generalísimo romano tenía a su hijo en la corte del hombre que, pocos años después, se convertiría en el mayor enemigo militar de Occidente.

La relación entre ambos mundos todavía podía funcionar. Atila podía ser aliado de Roma. Pero las circunstancias estaban cambiando rápidamente y Atila tenía otros planes para el mundo.

Atila, señor único.

En 444 Atila pasó a controlar en solitario el poder huno después de asesinar a su hermano Bleda en el 445. Ambos ya habían mantenido diferencias, en especial en el enfoque de la política exterior del Imperio huno con respecto al trato que había que dar a los romanos.

A partir de entonces, Atila se convirtió en el señor único de un enorme imperio. Durante los años siguientes consolidó sus dominios y extendió su autoridad sobre un territorio inmenso. El problema fundamental era que cuanto mayor era su poder, más guerreros tenía que mantener y, por tanto, mayor era su necesidad de obtener riquezas mediante tributos y saqueos. El cambio de Atila afectó primero al rico Imperio de Oriente. Pero finalmente acabaría alcanzando también a Occidente.

Y aquí se encuentra el punto de ruptura de la relación entre Aecio y los hunos.

 De aliado al enemigo

Hasta alrededor del año 450, los hunos habían sido un apoyo fundamental para Aecio. Pero entonces se produjo el giro.

La llegada de Marciano, un halcón militar partidario de la mano dura, al trono de Constantinopla y su decisión de abandonar la política de concesiones a los hunos modificaron el equilibrio. Atila comenzó a buscar nuevas vías de enriquecimiento de los hunos y Occidente era más débil que Oriente, casi 30 años de colaboración de los hunos con Roma iban a ver su final. La petición de ayuda de Honoria, hermana de Valentiniano III, proporcionó una excusa para dirigir sus ataques hacia Occidente. A partir de ese momento, la relación entre Aecio y el mundo huno quedó definitivamente rota. Los antiguos aliados se convirtieron en enemigos. Aecio tuvo que enfrentarse a un hombre que representaba una nueva generación de aquel mismo pueblo con el que había compartido su juventud.

 Atila entra en la Galia

En 451 Atila invadió la Galia y arrasó numerosas ciudades. Su objetivo era Orleans, que fue sitiada. Controlar ese nudo de comunicaciones suponía interponerse entre los romanos y sus aliados los visigodos de Tolosa. Aecio tuvo que reunir las fuerzas disponibles y buscar aliados. Y aquí se produjo otra de las grandes paradojas de su carrera: para combatir a los hunos tuvo que apoyarse en otros pueblos bárbaros. Los visigodos, que comprendieron que bajo Atila solo les esperaba sometimiento, al igual que a sus hermanos ostrogodos, se unieron a él.

Godos y romanos marcharon juntos contra Atila, levantaron el asedio de Orleans y comenzaron a perseguir al ejército huno en su retirada hacia el este. La antigua lógica de Roma contra los bárbaros había quedado superada por una realidad mucho más compleja.

Aecio era romano. Sus enemigos eran los hunos. Pero parte de su ejército estaba formado por godos. Y durante años los hunos habían formado parte de sus propias fuerzas. Así de complejo era el mundo de la Antigüedad tardía.

Los Campos Cataláunicos

Finalmente, Atila, tras fracasar en el asedio de Orleans, perseguido por las tropas romanas y godas,  tuvo que detener su retirada y volverse a pelear.

El ejército huno había sido derrotado, perseguido y estaba agotado. Era algo a lo que los hunos no estaban demasiado acostumbrados. Aecio, para enfrentarse a los hunos y a los contingentes aportados por los pueblos que habían sometido( ostrogodos, alanos, sármatas, francos rupiarios, etc) reunió a su vez un ejército muy variado étnicamente( godos, britanos, sajones, francos salios, etc). En esta batalla prácticamente todos los pueblos vecinos del mundo romano( tal vez exceptuando a los vándalos tuvieron su representación). La batalla de los Campos Cataláunicos tuvo lugar en junio del 451.

El propio relato de la obra muestra a Atila en una situación difícil. El ejército romano lo perseguía y el terreno elegido era adecuado para la caballería huna, pero los guerreros estaban cansados y habían sufrido pérdidas. La batalla terminó con la derrota de Atila. Pero Aecio no destruyó al ejército huno. Atila consiguió retirarse con el beneplácito de Aecio que tal vez, pensaba que los hunos podían volver a la sensatez de la tradicional alianza con el Imperio romano de Occidente. Un error que Aecio acabó pagando con su vida y que muchos romanos del norte de Italia pagarían con su vida al año siguiente, cuando Atila arrasó esta rica región.


¿Por qué no acabó Aecio con Atila?

La victoria de los Campos Cataláunicos supuso la cima de la gloria de Aecio, pero también como el principio de su fin. La amenaza huna no desapareció. Como hemos dicho, en 452 Atila volvió a invadir Italia y saqueó Milán. Por fortuna,  el ejército huno estaba debilitado por el acoso de las fuerzas romanas, las enfermedades y la falta de provisiones. Finalmente se retiró de Italia después de su entrevista con el papa León. Aecio había conseguido contener  de nuevo al que había sido su aliado. Pero el coste había sido enorme.

Los senadores romanos, especialmente los más ricos, comenzaron a responsabilizarle de los daños provocados por la invasión huna de Italia. El esfuerzo de las campañas había agravado las dificultades económicas del Imperio y el gobierno necesitaba aumentar los impuestos y el reclutamiento. Sin embargo, los senadores se resistían a aportar los recursos necesarios que el Imperio que les había hecho inmensamente ricos y privilegiados necesitaba para sobrevivir.Así, Aecio se encontró atrapado en una situación paradójica. Durante años había utilizado a los hunos para defender el Imperio. Ahora había tenido que luchar contra ellos. Y los daños producidos por aquella guerra terminaron siendo utilizados políticamente contra él.

El hijo de Aecio en la corte de Atila

Hay un detalle que resume mejor que ningún otro la extraordinaria complejidad de aquella relación. Carpilio, hijo de Aecio, había sido enviado como rehén a la corte de Atila en el marco del acuerdo del 443.

Después de la muerte de Atila, en 453, los acuerdos que este había establecido con los distintos pueblos quedaron anulados y los rehenes regresaron a sus hogares. Entre ellos estaba Carpilio. También regresaron los funcionarios romanos que habían sido enviados a la corte de Atila para ayudar a organizar administrativamente su imperio. Es decir, mientras Aecio se había convertido en el hombre encargado de defender Occidente contra Atila, su propio hijo había permanecido vinculado al mundo huno.

La frontera entre Roma y el mundo bárbaro era mucho más permeable de lo que la imagen tradicional de dos mundos enfrentados podría hacernos pensar.

Aecio había vivido entre los hunos. Había aprendido su lengua. Había aprendido a combatir como ellos. Había sido amigo de sus príncipes. Había regresado del exilio gracias a ellos. Había empleado guerreros hunos para defender Roma. Había pactado con Atila. Había enviado a su hijo a su corte. Y finalmente había tenido que enfrentarse a él en el campo de batalla.

Oficial romano inspeccionando las bajas tras una batalla durante el Bajo Imperio. Autor A. McBride

 La muerte de Atila y el final de la amenaza

Atila murió en 453, durante su noche de bodas. Su muerte supuso un enorme alivio para Occidente. El imperio que había construido comenzó a desintegrarse rápidamente a causa de las luchas entre sus hijos y de las rebeliones de los pueblos sometidos. En 454, los gépidos derrotaron a los hunos en la batalla de Nedao y dejaron de ser sus vasallos.  Y aquí se produjo una última paradoja. Cuando Atila desapareció, Aecio ya no tenía a su gran enemigo.

Pero tampoco tenía ya el mundo huno que durante veinte años había constituido una de las principales bases de su poder. Después de la victoria de los Campos Cataláunicos, de la retirada de Atila de Italia y de la muerte del rey huno, Aecio estaba políticamente muy debilitado. Los hunos habían sido su gran apoyo durante veinte años; ahora la amenaza que justificaba buena parte de su posición había desaparecido. Los miopes senadores se preguntaban ¿ Y sin la amenaza huna de qué nos sirve Aecio?

El último romano

El generalísimo siempre había teniodo enemigos dentro de la corte, entre los senadores y dentro de la propia familia imperial. Valentiniano III estaba decidido a recuperar el poder personal que durante tantos años había ejercido de hecho Aecio en su nombre. El matrimonio proyectado entre Placidia, hija del emperador, y Gaudencio, hijo de Aecio, había aumentado todavía más los temores de quienes veían en el generalísimo una amenaza para la autoridad imperial. 

Aecio contaba con numerosos bucellarii, miembros de su guardia privada, hunos y godos fundamentalmente, además del respaldo del ejército. Por eso sus enemigos comprendieron que no podían eliminarlo fuera del palacio. Fue convocado por Valentiniano III para hablar de cuestiones relacionadas con los ingresos del Estado. Allí fue asesinado.

El emperador se lanzó contra él con un puñal y Heraclio hizo lo mismo. Aecio murió prácticamente sin posibilidad de defenderse. Su cuerpo fue exhibido posteriormente mientras Valentiniano III denunciaba ante el Senado al generalísimo y a sus partidarios. 

Era septiembre del 454. Poco más de un año después, el propio Valentiniano III moriría asesinado por Optila y Trasutila, antiguos guardianes de Aecio que castigaban así al asesino de su señor. El Occidente romano entraría en una nueva fase.

Después de Aecio

La importancia de Aecio y la escasa visión política de sus asesinos, se comprende todavía mejor al observar lo que sucedió después de su muerte. En septiembre del 454, la Galia estaba de nuevo bajo control, Hispania había sido pacificada, los vándalos mantenían una relación de alianza con Rávena y el Imperio huno se encontraba dividido por una guerra civil. El futuro de Occidente podía parecer, por tanto, relativamente prometedor. Pero todo cambió en pocos meses. Aecio había conseguido mantener a los diferentes pueblos bárbaros sujetos a la autoridad del emperador. Después de su muerte, esa capacidad desapareció.

Godos y vándalos comenzaron a ampliar sus territorios a costa del Imperio. En 455, Genserico llegó incluso a saquear a conciencia Roma y a llevarse incluso como rehenes a miembros de la familia imperial. Con Aecio muerte, ¿Quién habría podido impedir aquello sucediera? 

Genserico después de saquear Roma en el 455 se lleva consigo a Eudoxia, la viuda del emperador Valentiniano III, y a sus hijas. G. Rava

Muchos de los hombres que protagonizarían los acontecimientos posteriores se formaron bajo su mando. Algunos eran romanos y otros tenían origen bárbaro. Entre ellos estaban Egidio, Ricimero, Mayoriano, Avito, Merobaudes o Segisvulto.

Una amistad que terminó en guerra

La relación entre Aecio y los hunos permite entender mejor que ninguna otra historia la complejidad del siglo V. Aecio no fue un romano que simplemente se enfrentó a los hunos. Fue mucho más que eso. Fue un joven romano que vivió entre ellos y aprendió su lengua y sus costumbres. Fue amigo de Ruga, Octhar, Beodic y Munyuk. Aprendió a montar y a luchar entre ellos. Mantuvo después relaciones con sus sucesores y encontró en los hunos refugio cuando perdió una guerra civil contra Bonifacio. Volvió a Occidente al frente de un ejército huno y gracias a ellos, recuperó su posición.

Durante años, aquellos guerreros lucharon a su lado contra godos, burgundios, francos y otros enemigos de Roma. Después, el mundo cambió. Ruga y Octhar murieron. La generación de Aecio desapareció. Munyuk había dejado paso a sus hijos. Bleda y Atila unificaron a todos los hunos de Europa bajo su mando y construyeron un poder mucho mayo que Atila decidió finalmente utilizar contra Occidente.

Entonces el hombre que había aprendido a hablar con los hunos tuvo que levantar un ejército para detenerlos. En los Campos Cataláunicos, Aecio derrotó a Atila.

Pero aquella victoria no fue el final de la historia. Atila sobrevivió, invadió Italia al año siguiente y solo su muerte en 453 permitió que el peligro huno desapareciera rápidamente. Aecio, por su parte, moriría asesinado en 454. Y quizá ahí se encuentre la clave de la figura de Aecio. Su grandeza no reside únicamente en haber derrotado a Atila. Tampoco en haber sido durante veinte años el hombre más poderoso del ejército romano de Occidente. Está en haber entendido su mundo mejor que muchos de sus contemporáneos romanos, demasiado apegados al discurso de contrarios romano-bárbaro que a esas alturas de la historia no se correspondía con la realidad.

Aecio sabía que Roma y los bárbaros no eran dos realidades completamente separadas. Sabía que un huno podía ser enemigo, pero también aliado. Sabía que un godo podía combatir contra Roma y, poco después, luchar en sus filas. Sabía que los mismos hombres que habían nacido más allá del limes podían convertirse en soldados del Imperio y defenderlo.


Y los hunos fueron el mejor ejemplo de esa forma de entender la política. Fueron sus amigos, sus soldados, su refugio, la base de su poder y finalmente fueron sus enemigos.

Aecio, formado entre ellos, terminó enfrentándose a Atila, el hijo del hombre con el que había compartido su juventud. Esa extraordinaria transformación resume, en buena medida, el mundo cambiante y mestizo del siglo V ,porque Aecio fue romano hasta el fina aunque para defender Roma tuvo que aprender a comprender a aquellos que vivían más allá de ella.

Aecio fue , más que él último romano, fue el último gran estratega romano de Occidente. 

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