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miércoles, 25 de marzo de 2026

CONSTANCIO II. SOSPECHA, CRIMEN Y GUERRA CIVIL COMO FORMA DE GOBIERNO.

Un texto de Federico Romero Díaz para Historia y Roma Antigua.

Cuando Constantino el Grande murió en el año 337, dejaba tras de sí un Imperio más poderoso que el que él mismo había recibido, una nueva capital en Oriente, una dinastía asentada y la impresión de haber encontrado por fin, una fórmula estable para el poder imperial. Nada más lejos de la realidad. Dejaba algo mucho más peligroso: demasiados herederos, demasiadas ambiciones contenidas y ninguna regla verdaderamente clara para gestionar la sucesión. La aparente solidez ocultaba una enorme fragilidad. Constancio II iba a descubrirlo muy pronto. Aunque durante siglos haya vivido a la sombra de su padre y eclipsado por el carisma posterior de su primo Juliano el Apóstata, Constancio II fue el más "exitoso" de todos los hijos de Constantino, . No poseía ni el magnetismo militar de su padre ni el carisma y brillo intelectual de Juliano, pero sí una cualidad decisiva en el siglo IV: un extraordinario instinto de supervivencia en un sistema donde casi todos los sucumbían a manos de generales ambiciosos, familiares incómodos o cortesanos intrigantes. Normalmente un emperador se preocupaba más del peligro "interno"  que de los bárbaros que pudieran amenazar las fronteras del Imperio. Su gobierno( 337-361) fue largo, complejo y profundamente marcado por la desconfianza, hasta el punto de que la sospecha terminó convirtiéndose en un verdadero método de gobierno.

Constancio II hace su entrada en Roma en el 356

La primera gran sombra de su trayectoria aparece inmediatamente después de la muerte de su padre. En aquellos días de incertidumbre, mientras todavía no estaba claro cómo iba a organizarse el poder entre los descendientes de Constantino, se produjo una de las purgas familiares más violentas de toda la historia imperial romana. Varios miembros de la familia constantiniana fueron asesinados en cadena: Dalmacio, Anibaliano, Julio Constancio —padre de Juliano— y otros parientes cercanos desaparecieron en cuestión de días. Las fuentes antiguas fieles a la propaganda imperial, presentan aquellos hechos como una reacción militar espontánea, un ajuste de cuentas protagonizado por soldados fieles al recuerdo de Constantino, temerosos de que el poder se fragmentara. Pero resulta difícil aceptar esa explicación sin reservas. La selección de víctimas fue demasiado precisa y el resultado demasiado útil para los hijos de Constantino, especialmente para Constancio II, que en Oriente era quien tenía una posición militar más fuerte.

Aunque nunca pudo probarse de manera concluyente una orden directa, casi toda la tradición historiográfica posterior considera que Constancio, al menos, permitió aquella matanza. En realidad, desde el punto de vista político, el cálculo era evidente: cuantos menos varones de sangre imperial sobrevivieran, menos focos de legitimidad alternativa existirían en el futuro. Solo tres niños escaparon de aquella limpieza dinástica: Nepociano, Galo y Juliano, salvados probablemente por su edad. Crecerían bajo vigilancia, apartados del centro del poder, pero todos terminarían reapareciendo de forma decisiva en la historia del Imperio romano.


El reparto inicial del Imperio pareció ofrecer una solución ordenada. Constantino II recibió Occidente, Constante Italia y África, mientras Constancio II quedó al frente de Oriente. Sobre el papel, la dinastía mantenía el control de todo el espacio romano. En la práctica, la coexistencia duró poco. Constantino II, el hermano mayor, pronto intentó imponer una tutela sobre Constante, todavía joven, y terminó lanzándose a una invasión de Italia que acabó mal para él: murió en una emboscada en el año 340. Aquella muerte alteró por completo el equilibrio. Constante pasó a controlar prácticamente todo Occidente, mientras Constancio II se consolidaba en Oriente.

La relación entre ambos nunca llegó a convertirse en guerra abierta, pero estuvo marcada por una tensión latente que tenía además una dimensión religiosa cada vez más visible. Mientras Constante apoyaba con mayor claridad a los defensores del credo niceno, Constancio II se inclinaba hacia posiciones próximas al arrianismo, o al menos hacia fórmulas teológicas intermedias que buscaban reducir el conflicto dentro del cristianismo imperial. No se trataba solo de religión: en el siglo IV, cada definición doctrinal implicaba alianzas políticas, apoyos episcopales y capacidad de control ideológico. Intervenir en los debates religiosos también era una forma de gobernar que en este momento separaba a Occidente de Oriente hasta un límite que se acercó a la guerra civil. Solo los problemas con Persia en oriente y con los germanos en el Rin evitaron la lucha armada entre los hermanos. En Oriente, Sapor II mantenía una presión casi permanente sobre las fronteras mesopotámicas. La guerra contra Persia condicionó gran parte del reinado de Constancio II y explica muchas de sus decisiones internas: necesitaba estabilidad política porque el frente oriental no permitía distracciones prolongadas. En Occidente el problema era mucho mayor aún. Llegaba en forma de usurpación y se llamaba Magnencio. Era un oficial de origen bárbaro, muy bien conectado con los cuadros militares occidentales que aprovechó el profundo desgaste político de Constante (derivado de su política fiscal, de persecución del paganismo) y organizó un golpe de Estado que terminó con el asesinato del emperador en el 350. De pronto, Constancio II se encontraba ante una situación clásica pero letal: un general con legitimidad militar, control de Occidente y capacidad para presentarse no como simple rebelde, sino como corrector de un mal gobierno. 



La reacción de Constancio fue lenta porque Persia seguía exigiendo toda su atención, pero cuando pudo actuar lo hizo con enorme frialdad. Antes de enfrentarse a Magnencio, tuvo que neutralizar otra usurpación simultanea casi en el tiempo: la proclamación de Vetranio en los Balcanes. Se trataba de una rebelión de carácter legitimista encabezada por un viejo militar ilirio que siempre se había mostrado fiel a la casa de Constantino, apoyado probablemente por Constantina —hermana de Constancio—. Vetranio representaba una solución transitoria para impedir que Magnencio controlara también aquella zona. Constancio logró resolverlo mediante una escena casi teatral. se reunió con él y de una manera teatral, delante de ambos ejércitos, habló a las tropas, recordó la memoria de Constantino y consiguió que Vetranio fuera abandonado por sus propios soldados. Fue depuesto, pero sorprendentemente no ejecutado, sino retirado con dignidad a una cómoda vida en el campo. Esa decisión revela un rasgo interesante de Constancio: sabía cuándo la clemencia podía ser más útil que la sangre.

Con Magnencio, en cambio, no hubo espacio para la indulgencia. La gran confrontación llegó en Batalla de Mursa Major (351), una de las batallas civiles más sangrientas de toda la Antigüedad tardía. La victoria de Constancio fue clara, pero el precio fue espantoso: unos 50.000 soldados romanos muertos en combate. Aquella victoria salvó su trono, pero debilitó gravemente la capacidad militar imperial. Heather insiste precisamente en esa paradoja: el Imperio sobrevivía a sus guerras civiles, pero cada guerra civil dejaba cicatrices estratégicas que luego pagaban las fronteras.  Magnencio aún resistió un tiempo, hasta su derrota final y suicidio en 353.


Convertido ya en único emperador, Constancio II parecía haber alcanzado el poder absoluto, la posición soñada por cualquier augusto romano. Fue precisamente entonces cuando se hizo más visible el ambiente de sospecha permanente que rodeaba su corte. El ambiente en la corte imperial se hizo casi asfixiante. Eunucos, secretarios, notarios y agentes de información ganaron un peso enorme. Figuras como Paulo Catena simbolizan esa atmósfera: funcionarios especializados en construir acusaciones, enlazar delaciones y fabricar procesos políticos. La sensación, transmitida por Amiano Marcelino, es la de un emperador rodeado de hombres que vivían de alimentar su miedo.

Ese miedo tenía raíces profundas. En Roma, un general victorioso podía convertirse en emperador con demasiada facilidad. Precisamente por eso Constancio necesitó recurrir a su propia familia, aunque desconfiara de ella. Así apareció la figura de Galo, uno de los supervivientes de la matanza del 337. Nombrado César y enviado a Oriente, parecía una solución práctica: un pariente cercano que gobernara Antioquía mientras el emperador atendía otros frentes. Pero Galo, al que Constancio casó con su intrigante hermana Constantina, pronto mostró un estilo brutal, arbitrario y políticamente torpe. Las élites urbanas se quejaron, los funcionarios alertaron y la corte empezó a interpretar sus movimientos como una posible amenaza. El desenlace fue previsible: convocado a Occidente, fue arrestado y ejecutado en Pola en 354. Constancio eliminaba así otro posible foco de legitimidad familiar.

El siguiente episodio demostraría hasta qué punto el sistema podía fabricar enemigos incluso donde no los había. Silvano, general competente y leal que se había pasado del bando de Magnencio al de Constancio II en plena batalla de Mursa, acabó proclamado emperador en la Galia no por ambición inicial, sino porque creyó que iba a ser destruido por una conspiración palaciega basada en documentos manipulados. Duró apenas unas semanas antes de ser asesinado. Pero el episodio es revelador: bajo Constancio II, a veces no era la usurpación la que producía sospecha, sino la sospecha la que acababa produciendo la usurpación. 

Juliano(( Il. Ken Broeders. Cómic El Apóstata.        
 Yermo Ediciones)

Ese mecanismo terminaría alcanzando a Juliano. Cuando Constancio lo nombró César en 355, probablemente creyó estar eligiendo a un intelectual inofensivo, un príncipe sin experiencia militar al que sería fácil controlar. Juliano llevaba años apartado, dedicado a estudios filosóficos, casi un superviviente improbable de una familia que había aprendido demasiado pronto el precio del poder. Pero el joven César demostró enseguida talento inesperado en la Galia. Su brillantes campañas contra los germanos y sobre todo su gran victoria en Batalla de Argentoratum (357) frente a los alamanes, lo convirtieron en un nombre prestigioso dentro del ejército.

Y ahí surgió el problema inevitable: en Roma, el prestigio militar era siempre una invitación al trono. Cuando Constancio ordenó trasladar tropas galas al frente oriental en 360, las legiones reaccionaron en contra y  proclamaron Augusto a Juliano. Formalmente era una usurpación. En la práctica, era el mismo mecanismo político que llevaba siglos funcionando: el ejército convertía a un general exitoso en emperador potencial. Juliano avanzó hacia Oriente mientras Constancio preparaba la respuesta. Todo hacía pensar en otra sangrienta guerra civil. Pero el destino intervino antes. En noviembre del 361,  Constancio II enfermó gravemente durante la marcha para encontrarse con el ejercito de su primo. Murió antes de poder enfrentarse a Juliano. Antes de morir reconoció a Juliano como sucesor. Ese generoso gesto final evitó un nuevo baño de sangre entre  los dos miembros de la familia constantiniana.

Su muerte cerraba una vida política marcada por la vigilancia constante, el cálculo y el miedo. Fue un emperador acusado de dureza, responsable de purgas, obsesionado por controlar cada posible rival, pero también un gobernante que logró mantener unido el Imperio durante casi un cuarto de siglo en una época particularmente peligrosa. Sin él, probablemente la estructura imperial habría cedido mucho antes. Sin embargo, también dejó un sistema profundamente intoxicado por la sospecha. Constancio II no fue un gran conquistador ni un reformador brillante. Fue, sobre todo, un superviviente. Y en el siglo IV romano, sobrevivir ya era una forma extraordinaria de victoria.

1. LA BATALLA DE MURSA (351). UNA INÚTIL Y CRUEL CARNICERÍA.



CUANDO LAS AGUAS DEL RIN SE TIÑERON DE ESPUMA ROJA. BATALLA DE ARGENTORATUM( 357). LAS CAMPAÑAS DE JULIANO Y VALENTINIANO I EN LA GALIA.

jueves, 12 de marzo de 2026

LA PRUNNER KREUZ. LA CAPILLA DONDE DESCANSAN LOS LEGIONARIOS DE ROMA.

Un texto de Iván la Cioppa para HRA

A veces, en los confines del Imperio se descubren tesoros de un valor arqueológico incalculable que no dejan de sorprender y maravillar. La Prunner Kreuz es una capilla cristiana situada cerca de la ciudad de María Saal, en Carintia (Austria).


El edificio fue construido en 1692 por encargo de Johannes Dominikus Prunner, un alto funcionario de Carintia, y está dedicado a San Antonio, el santo patrón de quienes buscan ayuda y, en particular, de los cazadores de tesoros.

Parte norte del yacimiento de la arena romana de la antigua capital de Noricum, Virunum II, ciudad comercial de Maria Saal , distrito de Klagenfurt Land, Carintia , Austria , UE

La elección no fue casual. Prunner era un arqueólogo aficionado y un gran entusiasta de la antigua Roma, que dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de los restos de la ciudad romana que había existido en aquel lugar 1600 años antes. Por entonces, su nombre se había olvidado por completo (Virunum), y él planteó la hipótesis de que podría haberse llamado «Sala», en relación con María Saal, una localidad situada en la supuesta zona arqueológica.

En el centro estela que representa a cay Julio
y Julia Privata. La mujer lleva un tocado estilo nórico
que atestigua sus origenes indígenas.

La fe de Prunner y su pasión por la arqueología llevaron a la construcción de un edificio sorprendente por su sincretismo entre el cristianismo y el paganismo romano. El funcionario había descubierto numerosas estelas e inscripciones latinas durante sus pesquisas y pensó que solo había una forma de preservar aquellos tesoros: incorporarlos a la capilla que había mandado construir.
Dos niños con peinados de 
       época trajana. Observese el detalle
del perro en la parte inferior

De los muros rosados de la Prunner Kreuz emergen bajorrelieves y epígrafes de gran interés, como la estela de Cupito, legionario de la Legio XXI; la de Accio Máximo, frumentarius de la Legio II Italica; o la de Marco Egronio, miles de la misma legión. Todas ellas prueban el intenso movimiento de unidades militares en el Nórico romano.


Lamentablemente, en 2020 el edificio sufrió graves actos de vandalismo y un intento de robo. A pesar de ello, la Prunner Kreuz sigue destacando entre las ruinas del antiguo Virunum y muestra a los viajeros los últimos vestigios de un pasado glorioso.

Epígrafe de Marco Egronio
de la Legio II itálica
















viernes, 20 de febrero de 2026

LA MORTAL LUCHA POR EL PODER EN EL TARDOIMPERIO ROMANO. CRIMEN, POLÍTICA Y DINASTIA EN LA CASA DE CONSTANTINO.

Un artículo de Federico Romero Díaz para HRA.

La historiografía tradicional ha presentado a menudo el siglo IV como una era de renovación espiritual, económica y administrativa. Y hasta cierto punto, es una afirmación cierta. Bajo la dirección de hombres como Galerio, Constantino el Grande o Licinio, el Imperio romano abandonó las persecuciones religiosas y se refundó en una nueva capital, Constantinopla. También se llevaron a cabo numerosas reformas en todos los ámbitos, algunas ya iniciadas por emperadores anteriores como Galieno, Aureliano o Diocleciano. 

Helena exige la vida de Fausta (arrodillada ante su marido) a su hijo el emperador Constantino, apenado por haber ordenado la muerte de crispo.

La brillante retórica de los panegíricos -un instrumento de propaganda imperial dedicado a glorificar al emperador gobernante y a envilecer a sus enemigos-- despliega una realidad mucho más sombría. La lucha por el poder en el Imperio romano siempre fue un juego en el que se podía llegar a pagar con la vida perder la partida. Sin embargo en esta época las condiciones del juego se endurecen aún más y se llega a niveles de crueldad difíciles de asimilar. La desaparición de la Tetrarquía —el sistema de gobierno compartido ideado por Diocleciano para evitar guerras civiles— no dio paso a una era de concordia, sino a una lucha darwiniana donde la proximidad biológica al emperador podía convertirse, paradójicamente, en una sentencia de muerte inapelable.

 1. Constantino I: El arquitecto del absolutismo y sus sacrificios familiares

                                  Estatua de Constantino en Roma.            

Constantino I, es recordado como el primer emperador cristiano, pero su ascenso al poder absoluto fue un camino jalonado por la eliminación física de sus rivales, tanto políticos como consanguíneos. Para que Constantino sobreviviera debía convertirse en el contexto político en el que desarrolló su carrera en el único en la cima del poder, el sistema tetrárquico, o cualquier otro que supusiera compartir el poder, debía ser derribado y con él, todos aquellos que pudieran reclamar una legitimidad que rivalizara de cualquier manera con la suya.

   Su suegro Maximiniano. El gran militar pero un fracaso como conspirador. 

El primer gran crimen dentro del círculo familiar fue el de su suegro, el emperador Maximiano. En el año 310, tras una serie de complejas maniobras políticas, Maximiano, un gran militar pero un pésimo conspirador, trató de arrebatarle el poder a Constantino contándole a los soldados que este había muerto en el Rin, mientras luchaba contra los germanos. Se rebeló en la corte de Arlés pero pronto tuvo que huir a Marsella ante la rápida respuesta de su yerno que se apresuró en sofocar la intentona. Al ser capturado, Constantino  mostró piedad hacia su suegro que no fue inmediatamente ajusticiado. Al fin y al cabo era el padre de su esposa Fausta. Parece que Maximiniano no aprendió la lección y al poco tiempo volvió a conspirar. En esta ocasión fue su propia hija, la que le denunció a Constantino que ya no mostró piedad con el viejo augusto que, a pesar de sus grandes victorias en los campos de batalla, fue un fracasado en el mundo de las conspiraciones --que sepamos también fracasó en su intento de derrocar a su propio hijo Majencio--.  Aunque la propaganda constantiniana, interesada en limpiar la imagen del emperador, hablaron de un suicidio por remordimiento, la realidad histórica sugiere una ejecución forzada. Maximiano fue "invitado" a quitarse la vida, eliminando así a un veterano que aún gozaba de gran prestigio entre las legiones pero que al parecer no podía evitar conspirar contra aquellos que le acogían en su corte.



    La muerte de Majencio, el cuñado de Constantino. 

Reconstrucción (con IA) del rostro de Maximiniano
 a partir del colosal busto en mármol del museo Saint-Raymond en Toulouse.
Tras la muerte de Maximiniano y la reincorporación de Constantino como césar a la esfera de poder de la Tetrarquía, encabezada ahora por Galerio y Licinio, el enfrentamiento con Majencio se hizo inevitable. Majencio partía de una posición de desventaja, pues debía de protegerse en el norte de Italia de los posibles ataques de Licinio por el este y de Constantino por el oeste. Finalmente, sin permiso de sus superiores jerárquicos, el ambicioso Constantino invadió Italia por la zona oeste de los Alpes y pronto se hizo con el control de toda la región derrotando a las tropas de Majencio y matando en la batalla de Verona a Pompeyo Pompeyano, el prefecto del pretorio de su cuñado.

El enfrentamiento definitivo entre Constantino y Majencio, culminado en la batalla del Puente Milvio en octubre de 312, representó el colapso final del sistema tetrárquico y el nacimiento de una nueva legitimidad monárquica basada en la victoria militar y el favor divino. Según su propia propaganda, asumida por los historiadores posteriores como Zósimo, en realidad Constantino emprendió una valiente campaña deliberación de una oprimida 

Italia desde la Galia, superando obstáculos militares para desafiar al "tirano" que controlaba Roma. Este conflicto fue presentado no como una simple guerra civil, sino como una misión de liberación, donde la legitimidad de Constantino se construyó a través de la derrota física de su tiránico rival. 

El desastre para Majencio se consumó cuando decidió abandonar la seguridad de las murallas de Roma para presentar batalla en campo abierto. En medio de la retirada caótica de sus tropas, la estructura provisional de barcas que se había dispuesto para sustituir al destruido puente Milvio, colapsó, provocando que Majencio, abrumado por el peso de su propia armadura, muriera ahogado en las aguas del río Tíber. En la victoria fue importante la cohesión de las tropas, muchas de origen germano, que acompañaban a Constantino y que resultaron decisivas frente a las fuerzas más heterogéneas de Majencio. 

Visión de Constantino y la batalla del Puente Milvio en un manuscrito bizantino del siglo IX.

Al día siguiente de la batalla, el cuerpo del caído fue recuperado y su cabeza exhibida en una pica durante la entrada triunfal de Constantino en la ciudad, marcando el inicio de una era donde el poder absoluto se revestiría de una nueva sacralidad religiosa y política que transformaría el Imperio para siempre.

Constantino entra triunfante en Roma, por Peter Paul Rubens (ca. 1621).


    Licinio, el augusto de Oriente, debe morir.

Las relaciones entre Constantino y Licinio, antes de su enfrentamiento final en Crisópolis (324), estuvieron marcadas por una tensa alternancia entre la colaboración estratégica y la ambición dinástica. Inicialmente, forjaron una alianza crucial en Milán (313), sellada con el matrimonio de Constancia, hermana de Constantino, con Licinio, y la promulgación de políticas de tolerancia religiosa. A pesar de loslazos familiares, del nacimiento de un heredero del matrimonio entre Licinio y la hermana de Constantino llamdo Licinio que pudo unir ambas familias pronto acabó la armonía debido a la desconfianza mutua y a incidentes como la conocida conspiración de Basiano. La conocida como conspiración de Basiano ocurrió tras nombrar a su cuñado Basiano como César para una zona que estaba bajo la influencia de Constantino, los Balcanes. El nombramiento dejó de tener sentido para Constantino cuando su joven esposa, Fausta, dio a luz a un nuevo heredero- ya tenía a Crispo de un enlace anterior con una mujer llamada Minervina que probablemente falleció poco después de dar a luz-- Instigado por Licinio a través de su hermano Senecio, el inquieto Basiano planeó rebelarse contra Constantino, pero el complot fue descubierto antes de que pudiera llevarse a cabo. La traición terminó con la ejecución de Basiano y la exigencia a Licinio de la entrega de Senecio. El rechazo de tal exigencia proporcionó a Constantino el pretexto legal para iniciar la primera guerra civil contra Licinio en el año 316.

Pintura de Rubens de principios del siglo XVII que representa el matrimonio de Constantino con Fausta y el de Licinio con Flavia Julia Constancia, hermana de Constantino. Se trata de una licencia de Rubens porque los dos desposorios no se celebraron juntos, sino en años y lugares diferentes. A la izquierda un toro que va a ser sacrificado en honor de los dioses Júpiter y Juno cuyas estatuas presiden la ceremonia. La obra forma parte de las pinturas que realizó Rubens para la serie de tapices encargados por el rey de Francia Luis XIII conocida como La historia de Constantino.

Este episodio, marcó el punto de ruptura definitivo de la alianza sellada anteriormente en el acuerdo de Milán. Se desencadenó una primera guerra civil entre 316 y 317, con batallas en Cibalae y Campus Ardiensis. Aunque la paz de Serdica (317) detuvo temporalmente las hostilidades y repartió el control territorial —obligando a Licinio a ceder gran parte de los Balcanes—, la rivalidad se profundizó por sus divergentes enfoques religiosos y el deseo de Constantino de alcanzar el poder absoluto. Para el año 324, la fachada de la concordia se había desmoronado completamente, transformando al antiguo aliado y cuñado en el último obstáculo para la unificación del Imperio bajo una sola corona.

Tras la victoria definitiva en la batalla de Crisópolis (324) contra Licinio, Constantino prometió a su hermana Constancia que respetaría la vida de su marido. Licinio fue enviado al exilio en Tesalónica, pero la clemencia de Constantino era un recurso temporal. En 325, bajo una vaga acusación de conspiración con bárbaros del Danubio, Constantino ordenó su estrangulamiento. La purga se extendió rápidamente a su sobrino, Liciniano. Constantino no dejaba cabos sueltos. A pesar de ser solo un niño y tener su sangre, fue ejecutado para asegurar que no quedara rastro de la línea sucesoria de su rival. No sería el último familiar consanguíneo al que ordenara asesinar.

     El misterio de Pola: Las ejecuciones de Crispo y Fausta.

El episodio más oscuro y debatido de su gobierno ocurrió en el año 326. Constantino ordenó la ejecución de su hijo primogénito, Crispo, un joven brillante, destinado a sucederle que había demostrado ser un general brillante en la guerra contra Licinio. Crispo fue ejecutado en Pola sin un juicio público. Poco después, la emperatriz Fausta, esposa de Constantino y madre de sus otros tres hijos, fue asfixiada o invitada a suicidarse en un baño de vapor excesivamente caliente.


No debemos entender estas muertes como meros arrebatos de celos (como sugieren algunas fuentes sobre un supuesto romance entre madrastra y ahijado), sino una fría decisión dinástica. Crispo, hijo de una relación anterior de Constantino con Minervina, era un obstáculo para la sucesión de los hijos de Fausta. ES posible que Fausta, con el fin de eliminar al hermanastro de sus hijos de la línea de sucesión le denunciara falsamente. Al parecer Constantino la creyó y decretó la muerte de su primogénito. Helena, la madre de Constantino al conocer el asunto alertó a su hijo de la falsedad de las acusaciones pero ya era tarde. Solo puedo invitar a Fausta a morir, posiblemente al igual que muchos conspiradores de la historia romana a abrirse las venas en un baño de vapor. Después la historia deformó el relato afirmando que la mató metiéndola en agua hirviendo.

2. Los crímenes de Licinio: La aniquilación de la vieja Tetrarquía

El exterminio del rival político no fue, ni mucho menos, un invento de Constantino, fue una práctica habitual en la lucha por el poder practicada desde el mismo origen del Imperio romano. Sin embargo, fue a partir en estos comienzos de la cuarta centuria cuando observamos un aumento en la crueldad de estas persecuiones que abarcan ahora no solo al rival político y a sus seguidores más cercanos, sino a su circulo familiar al completo, incluyendo ancianos, mujeres y niños. Antes de su caída definitiva, Licinio fue el ejecutor de una política de exterminio contra las familias de los emperadores que le precedieron. Si Constantino purgó a su propia familia para asegurar el futuro, Licinio purgó a las familias de los demás para impedir hipotéticas usurpaciones de algunos de los familiares de estos.

Tras la muerte de Galerio y la derrota de Maximino Daya en 313, Licinio se convirtió en el amo absoluto de Oriente. Su prioridad fue erradicar cualquier semilla de legitimidad que no emanara de él mismo. Ordenó la ejecución de los hijos de Maximino: un niño de ocho años y una niña de siete. Sus muertes fueron calculadas para evitar que, en el futuro, algún general descontento pudiera alzarse en nombre de la estirpe de Day

     Busto de Maximino, Museo Pushkin           

a.

    El trágico destino de Valeria y Prisca

El crimen que más manchó la reputación de Licinio fue el trato dado a Valeria, hija del gran Diocleciano y viuda de Galerio, y a su madre Prisca. Estas mujeres representaban el vínculo directo con el fundador de la Tetrarquía, es decir un valioso agente de legitimidad para cualquier hombre ambicioso que tratara de arrebatarle el poder. Tras la muerte de Galerio, Valeria se negó a casarse con Maximino Daia, lo que la llevó al exilio. Cuando Licinio tomó el control, las mujeres esperaban encontrar protección en su corte. En lugar de ello, Licinio las persiguió con saña. Después de vivir quince meses escondidas y disfrazadas entre la población, fueron capturadas en Tesalónica en el año 314. Licinio ordenó que fueran decapitadas y sus cuerpos arrojados al mar ante la mirada de la multitud. Con este acto de crueldad extrema, Licinio puso fin de forma violenta a la dinastía de Diocleciano.

Es curioso ver como el mismo y su propio hijo acabaron por experimentar el trágico final que el mismo había decretado para tantas personas.

Diocleciano rodeado de su guardia personal es
             saludado por varios cortesanos. Agnus Mc Bride                    



 3. Constancio II: La paranoia como política de Estado

A la muerte de Constantino en 337, su hijo **Constancio II** llevó el juego de poder a un nivel de eficiencia sangrienta que superó incluso a su padre. La muerte del patriarca desató un vacío de poder que solo pudo llenarse con una masacre familiar sin precedentes.

     La Gran Purga de 337

Inmediatamente después del funeral de Constantino, el ejército —probablemente instigado por Constancio II y sus hermanos— se amotinó en Constantinopla. El pretexto era que los soldados solo aceptarían a los hijos directos de Constantino en el trono. El resultado fue el asesinato de casi todos los parientes varones de la rama lateral de la familia (los descendientes de Constancio Cloro y su segunda esposa Teodora). Entre las víctimas se encontraban dos tíos de Constancio II (Julio Constancio y Dalmacio el Mayor) y varios primos, incluyendo a Dalmacio el César, a quien su tío Constantino había confiado el control de la frontera danubiana, y a Anibaliano, el esposo de su propia hermana Constantina. Esta carnicería dejó a Constancio II y sus hermanos Constantino II y Constante como los únicos dueños del Imperio. De esta purga solo sobrevivieron dos niños: Galo y el futuro emperador Juliano, salvados únicamente por su corta edad.

    La ejecución de Galo César

La desconfianza de Constancio II no se mitigó con los años. el ambiente en su corte destacó por las continuas conspiraciones, reales o ficticias , que se desarrollaban en torno al augusto. En 351, necesitando ayuda para gobernar un imperio asediado por usurpadores y bárbaros, elevó a su primo superviviente, Galo, al rango de César en el este y lo casó con su hermana Constancia. Sin embargo, la gestión de Galo en Antioquía fue caótica y violenta. Temiendo que Galo pudiera convertirse en un rival o que su impopularidad provocara una revuelta, Constancio lo llamó a Occidente con promesas de amistad.

En el trayecto, Galo fue despojado de sus insignias imperiales, arrestado y enviado a Pola (el mismo escenario de la muerte de Crispo). Allí fue interrogado y ejecutado por orden de Constancio en 354. Constancio II operaba bajo una paranoia constante, exacerbada por la influencia de eunucos y cortesanos que veían en cualquier miembro de la familia imperial a un traidor potencial. Al final este miedo a un posible rival dentro de la familia se materializó en un trato inmerecido a su sobrino Juliano, hermano de Galo y brillante estratega que acabó por usurpar el poder y rebelarse contra su tío. Solo la oportuna muerte de Constancio II y su generosidad al nombrar a Juliano sucesor, evitaron una nueva y sangrienta guerra civil en el 361.

     Representación de Juliano,   el Apóstata                                        
                                                                                     

El sangriento equilibrio del siglo IV

La transición del sistema colegiado de la Tetrarquía a la monarquía hereditaria no fue un proceso de pacificación, sino una lucha de "suma cero". El siglo IV fue una época donde la legitimidad se escribía con sangre. Constantino eliminó a su suegro, a su cuñado, a su hijo y a su esposa para forjar un imperio unido. Licinio aniquiló a las familias de sus predecesores para borrar la competencia y acabó siendo víctima de su cuñado Constantino. Y finalmente, Constancio II masacró a sus tíos y primos para que el poder no se fragmentara y para evitar que nadie, a parte de sus hermanos estuviera a su mismo nivel en el sistema de    poder imperial.

Este "sangriento juego de poder" transformó la naturaleza del emperador: ya no era solo el primer ciudadano o el general supremo, sino un monarca sagrado cuya seguridad dependía del aislamiento de su entorno. El hecho de que la Iglesia y los panegiristas posteriores silenciaran o justificaran estos crímenes solo es la prueba del éxito de la dinastía constantiniana en imponer su narrativa. Sin embargo, los hechos descritos en estos textos nos recuerdan que la "Paz de Constantino" fue, en realidad, una paz construida sobre las cenizas de su propia familia.

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martes, 10 de febrero de 2026

LA GEOGRAFÍA MITOLÓGICA DE LA ANTIGUA GRECIA

 Un texto de Rebeca Arranz para Historia y Roma Antigua.

Debemos tener en cuenta que el estudio de los lugares míticos nunca fue relevante, ni si quiera para los antiguos, dado que estos daban la geografía por entendida dentro de la esencia de la historia del mito. Heródoto fue el autor que mejor transmitió la idea de la existencia de un contexto en el que tienen lugar el mito en la antigüedad, aun cuando sus datos son incompletos, y muchas veces sus argumentaciones fueron contradictorias, algo que, no obstante, es una características natural del mito y de aquello que lo envuelve. Así, cuando leemos un mito, debemos pensar que muchos de los lugares en que trascurren las narraciones son inventados, por lo que su rastreo por el globo terráqueo es imposible. Los datos que nos acercan a su geolocalización suelen ser simbólicos o directamente elucubraciones, la cronología de las historias míticas nos hablan siempre de “tiempos muy lejanos” y estos episodios, casualmente, tienen lugar en “la región más alejada” o en el lugar más inaccesible o peligroso del mundo conocido o desconocido.

 Reconstrucción hipotética del mapamundi perdido de Hecateo. Fuente. Wikimedia Commons

Si volvemos a las fuentes, observamos; que tampoco los poetas y autores antiguos tuvieron la necesidad de esclarecer geográficamente los lugares mitológicos. Es por ello por lo que, ninguna de las obras de viajes (Odisea, Argonáutica, o Los trabajos de Heracles) describen una ruta de viaje precisa, sino que solo dan algunas descripciones de un mundo imaginario o real, distinción que no se puede aclarar. Parece ser que las coordenadas seguidas por los héroes de las leyendas mitológicas se encuentran en un mundo antigeográfico.

Las características de la geografía mítica parece que estuvieron asimiladas por la sociedad, y se centraban en un factor común: la idealización, en su dualidad positiva y negativa, siendo junto al misterio la pareja perfecta que describe al locus mitológico. Un escenario mítico puede ser terrorífico o el mismo paraíso, en ambos casos plagado de caracteres maravillosos; a pesar de esta dicotomía los lugares de acción de los mitos pueden ser conocidos o no, reales o imaginarios, lugares visitados o lugares de ensoñación. El caso más característico es el que se da con la idealización de lugares lejanos por parte de los antiguos griegos, quienes observaban con el prisma de la idealización mítica las tierras de Egipto y Creta.

Otra de las características que son comunes a la mayoría de los espacios de las hazañas míticas es su carácter de “aislamiento”: los espacios en que se desarrolla la trama se encuentran fuera de nuestra realidad, aun cuando son descritos como espacios propios de nuestro mundo, aunque siempre alejados, de ahí la habitual presencia de fórmulas: “en una orilla… en un rio… o en una montaña”. Y una vez que dotamos al lugar donde trascurre la acción mitológica de este carácter de aislamiento, se convierte en un lugar privilegiado, un lugar solo existente por y para la sucesión del mito, ya sea en su vertiente positiva -un paraíso- o negativa -un lugar monstruoso. Esos lugares de aislamiento privilegiado pueden, igualmente, estar habitados o no, y sus habitantes poseer dimensiones humanas o no, pero tampoco tienen porque estar sujetos al espacio-tiempo de la historia mítica o de la realidad del tiempo cronológico. Por lo tanto, si unimos la idealización con esta temporalidad, obtenemos lo que ha sido denominado por los mitógrafos de la antigüedad como “neutralización meteorológica” y que en realidad no es sino una lógica consecuencia de esa neutralización temporal; por eso en estos lugares las estaciones del año pueden ser eternas, o pueden vivir con una luz solar perpetua o en una noche continua.

Otro de los lugares más peculiares que se suelen repetir en la geografía mitológica, es la existencia de lugares conocidos por la historiografía moderna como “dorados”, pues su principal aportación estética es la de ser lugares de lujo o de gran atractivo económico que se contraponen a la realidad histórica de los habitantes que escuchan las historias. En muchas ocasiones se relatan estos lugares dorados en relación a las historias de colonización de nuevas tierras por parte de ciudades-estado griegas. Pero si además de contar una historia mítica que tiene lugar en un espacio lejano y este a su vez se idealiza como “dorado”, entonces da la impresión adicional de que la acción tiene lugar donde el tiempo se ha detenido. Esta idealización extrema convierte al viaje en

Representación de los doce trabajos de Hércules.

el desarrollo de las leyendas míticas, y el dorado se convierte en la meta, como lugar de ensoñación imposible de alcanzar, que solo se encuentra en manos de unos pocos privilegiados que deben enfrentarse a numerosos peligros, pues la recompensa así lo merece.

En el mundo de los antiguos griegos, la realidad mítica y la realidad histórica supieron convivir a la perfección; sin embargo, no puede decirse lo mismo con la geografía, pues la real y la mítica, por razones obvias se excluían y contradecían. De hecho, una comienza donde acaba la otra y viceversa, ambas no pueden convivir de forma paralela. Con todos, lo cierto es que el espacio geográfico mítico está marcado por una línea invisible del espacio geográfico real, como la línea del horizonte que separa el cielo del mar. Tomemos como ejemplo los viajes de Odiseo, donde el héroe desarrolla su periplo pasando de una geografía a la otra con naturalidad. Aun con todo, debe precisarse que, los países míticos no forman parte de un mundo paralelo, sino que tienen cavidad en la geografía real, y así ha quedado ejemplificado, de nuevo, por la Odisea, donde los barcos de Odiseo pueden moverse por el Egeo, y de repente encontrarse en aguas desconocidas y desembarcar en islas u orillas donde habitan poblaciones míticas. El límite entre la realidad y la ficción mitológica, suele ser una frontera tangible: este será el caso del Sáhara como barrera africana, de los Montes Ripeos como frontera con el Norte mítico o de los estrechos mismos hacia el Ponto Euximo que se pueden identificar con las míticas “Rocas entrechocantes”.

Mapamundi de Eratóstenes. Fuente. Wikimedia Commons

La geografía mítica, por su carácter de alejamiento, es totalmente anacrónica, independientemente del momento en el que transcurra o sea contada la historia en cuestión. Este anacronismo solo es visible para nosotros, dado que somos capaces de distinguir entre la realidad mítica y la histórica, algo que no les sucedía a los antiguos griegos. Por otra parte, la geografía mitológica ha dejado algún vestigio en la geografía real; es el caso de la utilización de la toponimia mítica que en algunas ocasiones originó los topónimos de lugares reales que aún hoy usamos. Algo que no debería extrañarnos si tenemos en cuenta la estrecha relación ya apuntada, entre la geografía mítica y los viajes de colonización griegos.


Para comprender la concepción espacial de los antiguos griegos debemos entender como ellos veían y concebían su alrededor. Los griegos antiguos eran antropocentristas, por lo que entendían que ellos mismos, el Egeo y el Mediterráneo eran el centro mismo del mundo conocido, pero además entendían que el mundo era el centro del universo entorno al cual orbita el Cosmos. Pero este pensamiento no es del todo alejado para nosotros, desde apenas el inicio de su existencia el hombre se ha centrado en su persona, y de ella han radiado todas las demás existencias. Así lo entendieron también los griegos que, como pueblo marino, se dedicaron a hacer exploraciones, colonizaciones, comercio y conexiones con las demás culturas que se desarrollaban “a su alrededor”.


Imagen 1. El ónfalo. Según la mitología, sería la piedra dejada por Zeus en el centro (ombligo) del mundo. Fuente. Wikimedia Commons


La idea de “centro” para el mundo griego antiguo ha sido durante largo tiempo un campo de estudio por los mitólogos modernos, pues a partir de este concepto parecen haber encontrado la clave para comprender completamente la estructura del pensamiento griego. Por lo tanto, estos investigadores van a diferenciar entre dos tipos distintos de “centro”: por un lado, el “centro geográfico”, es decir, el espacio donde interactúa el ser humano, como si del centro geométrico del mundo se tratase; y el “centro religioso”. Pero esta división de “centros” era imposible de establecer en el pensamiento de los griegos antiguos, quienes crearon un lugar geográfico, a caballo entre el mito y la realidad, donde se daba esta dicotomía, Delfos. El conocido por las fuentes como “el ombligo del mundo” representaba geográficamente el centro del territorio griego; además su poder oracular le daba la visión de lugar de peregrinación, y como el lugar donde los dioses autorizaban las nuevas empresas de colonización. La mitología apoya también esta idea, pues fue aquí donde se posaron las dos águilas que Zeus hizo volar desde ambos extremos del mundo para determinar el centro de este. Así, para los antiguos griegos Delfos fue como Babilonia para los mesopotámicos, el Vaticano para los cristianos, La Meca para los musulmanes o como una Jerusalén para los judíos.

Maqueta del Santuario de Delfos( Wikimedia Commons)

Dicho esto, es de destacar que la geografía griega era mucho más reducida que la actual, como es evidente. Si observamos el mapamundi dibujado por el geógrafo griego Eratóstenes, el Cosmos, y en su centro la Tierra, compartían las mismas proporciones. Una concepción que, no obstante, se vería superada por la de diversos matemáticos. De acuerdo con estos geómetras la esfera terrestre debía ser el doble de la proporción que actualmente conocemos una opinión que, más allá de su error, es de valorar pues con ellas comienzan a darse explicaciones más racionalistas de la realidad. El mundo para los antiguos griegos estaba reducido a tres continentes, en muchas ocasiones se llegaron a considerar solo dos, y por supuesto ninguno de ellos era contemplado en sus dimensiones reales sino mucho más pequeñas. Consecuentemente los límites del mundo se encontraban relativamente cerca del mundo de los griegos, y no fueron pocos los exploradores que se aventuraron a buscar sus límites navegando por el Mediterráneo. Unas aventuras en busca del más allá que en ocasiones, llegaron hasta el estrecho de Gibraltar, pues se han conservado evidencias de los contactos de estos griegos con Tartessos.

A tenor de los límites del mundo, desde antiguo tenían los griegos la percepción de que existía vida más allá del Este, es decir, más allá del límite que marcaban las aguas del Mediterráneo. Unas exploraciones que se vehicularon mitológicamente con las aventuras de Jasón y los Argonautas. La parte central del mar Mediterráneo también era parte de la geografía mítica, pues parecía ser casi imposible atravesar el mar sin bordear los tres continentes que lo contemplaban. De igual modo, viajar haciendo cabotaje por el mediterráneo era bastante peligroso (tanto en el mundo real como en el mitológico) tan solo hemos conservado unas palabras de Heródoto que hablan de como unos marineros fenicios (al servicio de Egipto) habían conseguido circunnavegar África, pero posiblemente se tratara de una fábula; por otra parte el explorador Eutímenes de Masalia comenzó una expedición similar, pero no hemos conservado los datos de su recorrido y llegada; hacia el 330 a. C., tampoco parece que Piteas llegara a recorrer toda la costa Norte de Europa, aunque sí pudo desmentir del ideario la no habitabilidad de aquellas tierras. Podemos concluir, que las exploraciones y la expansión del mundo griego antiguo se dio, sobre todo, dentro del Mediterráneo, con la excepción del Mar Negro, y siempre en un sentido “horizontal” por tierra, hacia el interior del continente, pero sobre todo por mar.

El mundo heleno es necesariamente marino, pero entre sus ciudades-estado se encontraban grandes extensiones de terreno que no tenían un contacto directo con la costa. Sin embargo, estas tierras interiores, junto con las propias islas, tenían la concepción espacial de estar envueltas por un gran rio, el Océano. Por eso los griegos se han visto siempre a sí mismos como un civilización insular. El océano es un lugar geográfico mítico que está siempre ahí, y dentro de él se encuentran otros lugares mitológicos de difusa precisión. Así, por ejemplo, la Odisea, nos narra como la isla de Calipso está en el “ombligo del mar”, por lo que podemos deducir que se encuentra en el centro de este.


El océano es concebido como un gran rio circular, que envuelve con sus aguas la tierra en su totalidad; pues bien, en una de sus orillas se encuentra el límite de mundo, pero ¿qué se encuentra en el otro límite del mundo?, racionalmente es una pregunta sin respuesta, pues si el océano es circula sólo existe un límite del mundo; quien se aventura a navegar por el Océano solo puede desembarcar en la orilla de acá (el punto de partida de su viaje), pero nunca en la de allá, puesto que no se contempla que ese fin del mundo se encuentre en tierra firme, sino que se trataría de nuevo del océano que conecta circularmente el mundo conocido. Sin embargo, esta idea no causa ningún problema en la cultura griega, pues como sabemos siguen formulando frases tales como “un lugar más allá del océano” o “atravesar el océano hasta llegar al más allá” (Hesíodo, Teogonía 215). Es un ejemplo más del tránsito sin solución de continuidad entre el mundo real y el mitológico tan impregnado en la cultura griega.

El océano es también el lugar mítico donde descienden y ascienden las estrellas del firmamento que funciona como línea fronteriza entre la tierra y la bóveda celeste. Cabe destacar como los griegos nunca se pusieron de acuerdo para narrar la salida y puesta del Sol, según algunas fuentes antiguas el Sol atraviesa el océano y se esconde dentro de él durante la noche, mientras que otros autores dicen que el Sol realiza un viaje marítimo que comienza en el Oeste con la puesta del Sol y que finaliza en el Este con su salida de nuevo a la bóveda celeste. Se han conservado algunos textos que hablan sobre el viaje nocturno del Sol, pero son bastante simplistas; vienen a contar que el océano es un elemento que está prácticamente prohibido para los hombres, a excepción de ciertos personajes como Odiseo, dado que en su orilla del más allá se encuentra el reino de Hades, es decir, el mundo de los muertos. Paralelamente el Océano, fue el origen de “todos los ríos, todo mar, todas las fuentes y todos los pozos profundos” es también “el origen de todos los seres”, posiblemente porque es concebido como el origen de todas las aguas y, quizás como un antecedente del planteamiento de Tales (624- 546 a. C), porque a éstas se asociaba el fenómeno de la existencia primaria del universo.

Réplica a tamaño real del Pecio de Uluburun. Museo de arqueología submarina de Bodrum, Turquía( Wikimedioa Commons)

La vinculación del océano con el mundo del más allá no es casual, pues ambos parecen ser lugares mitológicos vetados para el ser humano. Puede que no sea una coincidencia el hecho de que la llegada de los navegantes odiseicos a la entrada del Hades se produzca durante la puesta del Sol y que a la vez los Cimerios sean un pueblo que vive en una especie de crepúsculo o noche perenne. Desde tiempos muy tempranos se conoce la relación del viaje nocturno del sol, pues el Hades de Homero y Hesíodo ya contempla esta realidad mítica; pues bien, debemos recordar que en tiempos antiguos y durante la colonización jónica (siglos VIII - VI a. C) la tierra era imaginada como un disco plano, y solo a partir del siglo V a. C., está atestiguada la hipótesis de la esfericidad terrestre. Por tanto, no sabemos bien cómo era concebido ese viaje del Sol durante la noche, del que se habla como una navegación, del mismo modo que se describe en la mitología egipcia. La idea de una vía de Oeste a Este por debajo de la tierra, escrita por Estesícoro, alude a cómo el Sol en una copa de oro navega simplemente “atravesando el Océano”. Por su parte Hesíodo destaca como la luz y la oscuridad quedan entonces compensados, y así tiene lugar el fenómeno del Día y la Noche. A su vez, Homero en la Ilíada, cuenta como Zeus amenaza con arrojar a los dioses desobedientes: “al brumoso Tártaro, allá bien lejos, donde está la más profunda sima bajo la tierra, donde las puertas de hierro y el umbral de bronce', tan por debajo del Hades cuanto el cielo dista de la tierra”. Por lo tanto, en el fondo de este abismo es donde, según Homero, debemos situar geográficamente al Tártaro, que no se encuentra en el Mas allá, en el mundo de los muertos, si no que parece situarse en una estratigrafía aún más profunda que el propio Hades, posiblemente en el lugar reservado para los grandes condenados y los Titanes.

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