Hispalis en el Siglo III: luces y sombras de
una metrópolis romana en transformación
Un texto de Francisco Jesús Calvo Falce para Historia y Roma Antigua.
La historia de Sevilla, la antigua Hispalis, no es solo una sucesión de estratos geológicos y cerámicos, sino un relato vivo que se hunde en las raíces de la mitología mediterránea. Antes de que las legiones de Roma impusieran su orden de piedra y derecho, la leyenda ya habitaba estas tierras. Se dice que Melkart, el incansable héroe fenicio —a quien los griegos llamarían Heracles y los romanos Hércules—, tras fundar la mítica Gades, navegó aguas arriba por el Betis.
Recreación de la ciudad en maqueta.
En un promontorio
estratégico, a salvo de las periódicas y violentas embestidas del río, dio vida
a Spal. Siglos más tarde, sería el propio Julio César quien, según la
tradición recogida por San Isidoro, refundaría el asentamiento bajo el pomposo
nombre de Colonia Iulia Romula Hispalis. Un nombre que era, en sí mismo,
una declaración de intenciones: "Iulia" por el linaje del
dictador, "Romula" como un eco de la Ciudad Eterna, e "Hispalis"
como la necesaria herencia del topónimo indígena. Y como recuerdo a ambos
personajes históricos se presentan sendas imágenes que coronan las dos columnas
existentes en la llamada Alameda de Hércules, que podemos ver en la imagen
anexa (imagen: Francisco Calvo).
Sin embargo, el siglo III d.C.
representa un capítulo singular en esta biografía urbana. Es un tiempo de
"claro-oscuros", una época donde la monumentalidad del Alto Imperio
comenzaba a convivir con las tensiones de la crisis del siglo III y el
surgimiento de nuevas espiritualidades que desafiaban el orden establecido. Es
el siglo de Diogeniano, el prefecto romano, y de dos hermanas alfareras, según la
leyenda, del arrabal de Triana, Justa y Rufina, cuyo sacrificio marcaría el
inicio del fin de una era. En las siguientes líneas, nos sumergiremos en la
topografía, la arquitectura y el pulso vital de aquella Hispalis que aún
hoy, bajo el asfalto de la Sevilla moderna, guarda secretos por revelar.
La Trama Urbana: El
Esqueleto de la Ciudad
Para comprender la Hispalis del
siglo III, debemos despojarnos de la imagen actual de Sevilla. El urbanismo
romano era un ejercicio de geometría y jerarquía. El diseño de la ciudad se
articulaba sobre dos ejes fundamentales: el Cardo Maximus (norte-sur) y el
Decumanus Maximus (este-oeste).
En este periodo, el asentamiento
aprovechaba las cotas más altas del terreno para protegerse del Guadalquivir,
cuyo cauce antiguo difería notablemente del actual, discurriendo por zonas que
hoy ocupan la Alameda o la calle Sierpes. Las investigaciones sugieren que el Cardo
Maximus conectaba la zona de la actual Iglesia de Santa Catalina con la
calle Abades. Por su parte, el Decumanus principal nacía en la zona de
la Iglesia de San Esteban (calle Águilas) y se proyectaba hacia la Plaza del
Salvador.
Muralla romana de Hispalis en época imperial. En ella se pueden ver ubicadas la basílica y el foro, así como el templo de la calle Mármoles o las termas bajo el Palacio Arzobispal. También se han señalado la posible ubicación del Foro Portuario, así como del circo y del anfiteatro
Es fascinante observar cómo el
centro de gravedad de la ciudad se desplazó. Si bien el foro original se situó
en el entorno de las calles Bamberg y Argote de Molina, para el siglo III la
vida pública y administrativa se había trasladado hacia la Plaza de la Alfalfa.
Este sector representaba el corazón palpitante de la colonia, un espacio de
mármol y toga donde se cruzaban los intereses comerciales de la Bética con los
mandatos de Roma. Con posterioridad surgió un nuevo Decumanus que pudo
discurrir entre la calle Sol y la plaza de la Encarnación. Por último, Hispalis
era surtida de agua por un acueducto que traía el agua de la zona de la
actual Alcalá de Guadaira, cuyos vestigios son conocidos como Caños de Carmona.
La imagen de la izquierda muestra la situación actual de uno de los dos tramos que persisten del acueducto romano que surtía de agua a la Hispalis romana, agua que provenía de Alcalá de Guadaira. Se conoce como los Caños de Carmona (imagen: Francisco Calvo). La imagen de arriba muestra cómo era la situación del acueducto a principios del siglo XX, antes de ser derruido (fuente: 1911-05-20, La Hormiga de Oro, Los caños de Carmona (recortado).jpg, disponible en el enlace, consultado el 6 de mayo de 2026.
El Cinturón de Piedra:
Las Murallas
Uno de los mayores debates
arqueológicos de Sevilla ha sido la ubicación y cronología de sus defensas.
Durante mucho tiempo se creyó que los lienzos visibles hoy en la Macarena o los
Jardines del Valle eran romanos, cuando en realidad son obra almohade. No
obstante, el siglo III contaba con su propia muralla, un recinto que protegía
la riqueza generada por el comercio del aceite y el vino.
Recientes excavaciones, como las del
Antiquarium bajo la Plaza de la Encarnación, han arrojado luz sobre este
perímetro. Se han hallado restos que podrían corresponder a la cara norte del
recinto, que buscaría el cierre hacia Santa Catalina y que pudo llegar a
extenderse hasta la calle San Luis y la iglesia de San Martín, donde existía a
extramuros una necrópolis, a las afueras de la puerta aquí situada.
En la zona oriental de la ciudad, la
muralla pudo discurrir, según la opinión de los investigadores, por San Leandro
y hasta la zona donde se ubica la actual iglesia de San Esteban. Allí cambiaba
de dirección y daba lugar a una zona triangular en el extremo sureste de la
ciudad. El hecho de existir una calzadas extramuros de la ciudad y por zonas
suburbiales elevadas junto al arroyo Tagarete, en torno a la calle San
Fernando, lo cual implicaría que la muralla podría llegar a la calle San
Gregorio.
En el frente fluvial, la arqueología
ha revelado muros de gran potencia, como los encontrados recientemente en la
Plaza de San Francisco, si bien, ya en los años 50, en el eje
Cuna-Orfila-Villacís, Collantes de Terán encontró los primeros hallazgos. Estas
estructuras no solo tenían una función defensiva contra enemigos externos, sino
que eran auténticos diques de contención diseñados para resistir las embestidas
de un río Betis que, en el siglo III, era un vecino caprichoso y peligroso.
La Vida Privada: El Lujo
tras los Muros
Si la calle era el espacio de la
representación, la domus era el refugio del estatus. En el siglo III,
Hispalis experimentó un fenómeno de concentración de la propiedad. Las élites
locales, beneficiadas por la exportación de productos agrícolas, construyeron
residencias de una sofisticación asombrosa.
El yacimiento del Antiquarium
es el mejor ejemplo de esta opulencia. Allí, la "Casa de las
Columnas" o la "Casa de la Ninfa" nos muestran viviendas que
absorbieron solares vecinos para expandirse. Los suelos se cubrieron con
mosaicos polícromos de una calidad técnica excepcional, representando escenas
mitológicas y motivos geométricos que no solo decoraban, sino que enviaban un
mensaje de cultura y poder. Estas casas contaban con avanzados sistemas de
alcantarillado y suministro de agua, un lujo que recordaba a los habitantes
que, pese a estar en el confín de Europa, eran ciudadanos de pleno derecho del
Imperio.
Espacios Sagrados y
Centros de Poder
La religión en la Hispalis del
siglo III era un complejo mosaico de cultos oficiales y ritos orientales. Las
tres columnas visibles en la calle Mármoles son los testigos mudos de esta grandiosidad.
Aunque tradicionalmente se atribuyeron a un templo de Hércules, investigaciones
actuales sugieren que formaban parte del acceso a una plaza porticada dedicada
al Liber Pater (Baco), una deidad estrechamente ligada a la fertilidad y
la vida, pilares de la economía bética. Otras dos columnas fueron trasladadas a
la Alameda de Hércules, donde continúan en la actualidad, mientras que una
sexta columna ya no existe ante el gran deterioro sufrido durante su traslado.
Cerca del foro, en la zona de la Alfalfa
y el Salvador, se levantaban edificios monumentales como la Basílica, donde se
administraba justicia y se cerraban tratos comerciales, ubicada en el solar que
ocupó la Mezquita Mayor, con posterioridad la Iglesia Colegial del Divino
Salvador. Ahora bien, tras las excavaciones llevadas a cabo bajo la Iglesia del
Salvador es difícil afirmar la existencia de tal basílica al no haberse
encontrado restos romanos.
Tras esta zona, en torno a la
Alfalfa se han encontrado restos de unas termas, así como un Castellum Aquae
o cisterna de tres naves, en la llamada plaza de la Pescadería, en una zona de
gran desnivel. Tal circunstancia podría llevar a la idea de que pudiera existir
un foro en la zona de la Alfalfa.
Es aquí donde la historia se cruza con la hagiografía. En el año 287, durante las fiestas de las Adonías y la procesión de la diosa Salambó (la Astarté fenicia), las hermanas Justa y Rufina se negaron a rendir culto a los ídolos. Este acto de rebeldía cristiana desencadenó la ira de Diogeniano, el representante de Roma.
Columnas
romanas que persisten en la C/ Mármoles (imagen: Francisco Calvo)
Hispalis tenía
la categoría de ciudad romana; una ciudad de la Bética romana. Y como tal,
existía un representante del poder de Roma en ella, más aún, si se considera
que la ciudad hispalense era un importante centro productivo de la Bética. Los
representantes de tal poder tenían los edificios que constituían su sede a la
afueras de la ciudad. Dos grandes centros de poder fueron la curia,
lugar de reunión del órgano de gobierno ciudadano, y el tabulario o
archivo documental, si bien, aún no han sido ubicados arqueológicamente
hablando.
Sagradas Cárceles de Santas Justa y
Rufina. Izquierda: entrada actual desde el Patio Domingo Savio. Superior
derecha: bóveda principal con el altar de las Santas Justa y Rufina al fondo.
Inferior derecha: celda lateral donde se puede observar la antigua escalera de
acceso al interior de la Iglesia. Según la leyenda, en el pasillo de la otra
celda fueron arrojados el cuerpo de Santa Justa y la cabeza de Santa Rufina,
brotando un pozo donde cayó (imágenes: Francisco Calvo)
El Palacio de Diogeniano, representante en Hispalis del gobierno de Roma, según crónicas antiguas como las de Alonso de Morgado, se situaba en el solar que hoy ocupa la Basílica de María Auxiliadora, antiguo convento de los Trinitarios. Bajo este templo se conservan las "Sagradas Cárceles", criptas donde, según la tradición, sufrieron cautiverio los mártires. Aunque la estructura ha sido modificada con los siglos, el lugar sigue evocando la tensión entre el viejo orden pagano y la fe emergente que terminaría por transformar el Imperio. El antiguo acceso por una escalera rodeada por una reja que permitía bajar a la cripta en el centro de la Iglesia ha sido sustituido por una escalera lateral desde el Patio de Domingo Sabio. La antigua oquedad ha quedado reducida a una pequeña rejilla de ventilación de unos treinta centímetros de lado.
Comercio, Industria y el
Puerto
Hispalis no
se entendía sin su río. El siglo III fue una era de intensa actividad
industrial. En el Antiquarium podemos ver hoy las pozas de una fábrica
de salazón de pescado, lo que demuestra que la ciudad no solo consumía, sino
que procesaba productos para la exportación.
Otra gran industria de la ciudad fue
la fabricación de lucernas (como la de la imagen. Autor: Francisco Calvo),
visitable en el Antiquarium, sin dejar de lado, el comercio del aceite, el oro
verde, muy presente en Sevilla, con grandes depósitos aceiteros hallados en la
calle Francos. El aceite llegaba a Hispalis desde numerosos pequeños
puertos ubicados en el curso alto del Betis, llegando a la ciudad a través de
los numerosos postes de atraque ubicados junto a la muralla occidental, en la
zona del Salvador y de Plaza Nueva, donde se encontraron embarcaciones, y en
las zonas de Cuna y Sierpes, y junto a la muralla norte, en la zona de la Plaza
de la Encarnación. También se encontraron postes para atraque. Desde Hispalis
el aceite se embarcaba en barcos de mayor calado para enviarlo a Roma.
Cubetas de salazón en la fábrica ubicada en el Antiquarium de Sevilla (imagen: Francisco Calvo)
Otra industria de la ciudad eran los
alfares donde se creaban diferentes tipos de cerámica. Estaban distribuidos en
diferentes ubicaciones a las afueras de la ciudad en zonas como el entorno del
Hospital de las Cinco Llagas, actual Parlamento de Andalucía o la calle
Esperanza, junto con los hornos y almacenes de la zona de San Luis, del entorno
de la Diputación o de la avenida de Roma, donde junto a los restos de una
pequeña calzada aparecen edificios porticados a ambos lados, bien tabernae
(establecimientos de comida) y horrea (almacenes). A partir de este
siglo III la ubicación portuaria no es conocida.
El puerto, situado en la zona de la
actual Plaza de la Contratación y el entorno de la Torre de la Plata, abarcando
hasta el Palacio Arzobispal, Placentines y Francos. La confluencia del río
Betis y del arroyo Tagarete era un hervidero de galeras y barcos de carga que
partían hacia Ostia cargados de ánforas de aceite (las famosas Dressel 20). En
esta zona portuaria, en el entorno del actual Patio de Banderas de los Reales
Alcázares, se han encontrado restos que pudieran pertenecer a un horreum
o almacén de granos. Diversas inscripciones epigráficas permiten vislumbrar la
existencia de corporaciones profesionales operativas en el puerto de Hispalis,
tales como el corpus oleariorum, que trabajaba para la tahona,
entidad que se encargaba del envío de grano y otras materias primas a Roma.
Quizás fuera un pequeño foro con representaciones de los colegios profesionales
o una simple statuo Romulensis, con inscripciones y estatuas a Minerva
Augusta a Venus Augusta. Quizás actuara como centro de negocios del
puerto.
El ocio en la ciudad de Hispalis
La riqueza que entraba por el puerto
y el comercio financiaba el ocio de la ciudad. Así, en una ciudad de su índole
no faltaban lugares de relax y de ocio, como las termas existentes en la zona
del actual Palacio Arzobispal, junto a la zona portuaria, así como, espacios
para los juegos, probablemente en las zonas de expansión extramuros.
Aunque Sevilla no conserva un
teatro, un circo o un anfiteatro visible como los de Itálica, los historiadores
postulan su existencia basándose en el rango de la ciudad. Así, Alonso de
Morgado, en su Historia de Sevilla, mencionó que Santa Rufina fue
arrojada a un león en el anfiteatro de la ciudad, si bien, el animal la trató
como si de su dueña se tratara, sin ocasionarle daño alguno. Según los
arqueólogos e investigadores el teatro podría haberse encontrado en la zona del
Convento de Madre de Dios y el circo y el anfiteatro entre el Palacio del
Procurador y el arroyo Tagarete, entre las actuales zonas del Centro de Salud
de María Auxiliadora y el barrio de la Calzada, entre las dos salidas de ambos decumanus.
El Mundo de los Muertos
y los Arrabales
La ley romana prohibía los
enterramientos dentro del recinto urbano por motivos sanitarios y religiosos.
Por ello, las necrópolis de Hispalis se extendían a lo largo de las
principales vías de salida. Se han localizado importantes áreas funerarias en
la calle San Luis, en la Puerta de la Carne y en el entorno del Salvador (lo
que sugiere que, en algún momento, el límite de la ciudad estuvo allí). Pero no
fueron éstos los únicos. Extramuros se encontraban también las áreas de la
Trinidad-Carretera de Carmona-La Colza, el Campo de los Mártires y el Campo de
Santa Justa, la de San Bernardo, la de San Agustín y la Puerta de la Carne y la
de San Telmo-Fábrica de Tabacos. Aunque también existieron otras menos
suntuosas, como la del Tamarguillo o la de Ronda de Capuchinos.
Las vías de acceso y los arrabales de Hispalis
Extramuros también florecían los
arrabales y las villas suburbanas. Estos asentamientos eran fundamentales para
la economía, ya que albergaban los alfares donde se fabricaban las ánforas y la
cerámica común. El acceso a la ciudad se realizaba a través de una red viaria
perfectamente planificada. El Itinerario de Antonino, de inicios del
siglo IV d.C., nos revela que Hispalis era un nudo de comunicaciones
vital: por un lado, conectaba con Gades y Corduba a través de la
Vía Augusta. Se accedía desde ella a la ciudad por la zona de la actual Puerta
de la Carne y otra cercana a la actual Puerta de Carmona.
Por otro lado, hacia el oeste, se
abría el camino hacia Onuba (Huelva). Salía de Sevilla la puerta ubicada
en la zona de Santa Catalina, para dirigirse a la Encarnación, camino de la
actual calle Alfonso XII, futura Puerta de Goles de la muralla almohade, y,
cruzando el vado del río (cerca de la actual Cartuja), enlazaba con la Vía de
la Plata hacia Emérita Augusta. Esto implicaba que no fuera necesario un puente
para cruzar el río Betis a la altura de Sevilla. Al llegar a la cañada que va
de Castilleja de Guzmán a Camas se dividía en dos. Una se dirigía hacia Onuba
y la otra hacia Itálica por la calzada conocida como Vía de la Plata, en
dirección norte, hacia Emérita Augusta. Desde la puerta de la zona de
Santa Catalina el viario actual permite ver la posible ramificación del viario
también hacia Sol, San Luis y centro.
En cuanto a los arrabales y villas
existentes extramuros de Hispalis fueron muy numerosos y, tanto en unos
como en otros, era normal que en muchas de ellas existieran alfares donde se
producían las piezas que permitirían el comercio y almacenamiento de la
producción agrícola, tanto aceite como vino, para su consumo y comercio.
Algunas de estas villae dieron lugar a municipios. A modo de ejemplo,
podríamos citar topónimos acabados en -ana (Coriana), -ena (Gerena) o -ina
(Valencina). Así, quizás fuera ese el origen del nombre de Triana, donde
existían numerosos caminos entre huertas, de donde partía el camino hacia
Aznalcázar, la actual Avenida de Coria, o el camino que pasaba por Tejares y
San Vicente de Paúl. En una zona elevada, al norte de la cava, confluían estos
caminos. Quizás allí existiera una villa que fuera origen de la alquería
islámica, aunque aún no se han hallado restos de tal construcción.
Conclusión: El Legado de
una Incógnita
La Hispalis del siglo III es
una ciudad en transición. Es la urbe que aún brilla con el mármol del foro,
pero que ya empieza a sentir las grietas de un sistema que cambia. Es la ciudad
de los grandes mosaicos y las fábricas de salazón, pero también la de las
catacumbas y el martirio. Ciudad que se vio reducida al final del siglo III
debido, entre otras causas a inundaciones del Tagarete, por lo que la ciudad se
redujo en la zona de San Leandro, con una vivencia difícil, tal como queda
presente en los análisis de los restos funerarios hallados en algunas tumbas.
Revisitar este periodo a través de
sus restos arqueológicos es un ejercicio de justicia histórica. Cada vez que
una excavación en el centro de Sevilla saca a la luz un nuevo lienzo de muralla
o un tramo de calzada, estamos completando ese "claro-oscuro" de una
incógnita que se resiste a ser olvidada. Sevilla no es solo lo que vemos; es,
sobre todo, lo que subyace. Y en ese subsuelo del siglo III, Hispalis sigue
esperando a que terminemos de descubrir su verdadera magnitud; a que se muestre
cómo fue la vivencia real de esa época que daría paso al resurgir de la ciudad,
a un nuevo esplendor con la llegada de los pueblos godos, con figuras como
Recaredo, San Hermenegildo o Fray Isidoro de Sevilla.
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