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martes, 12 de mayo de 2026

EL PULSO VITAL DE LA HISPALIS DEL SIGLO III LATE BAJO EL ASFALTO DE SEVILLA

 

Hispalis en el Siglo III: luces y sombras de una metrópolis romana en transformación


Un texto de Francisco Jesús Calvo Falce para Historia y Roma Antigua.

La historia de Sevilla, la antigua Hispalis, no es solo una sucesión de estratos geológicos y cerámicos, sino un relato vivo que se hunde en las raíces de la mitología mediterránea. Antes de que las legiones de Roma impusieran su orden de piedra y derecho, la leyenda ya habitaba estas tierras. Se dice que Melkart, el incansable héroe fenicio —a quien los griegos llamarían Heracles y los romanos Hércules—, tras fundar la mítica Gades, navegó aguas arriba por el Betis. 

Recreación de la ciudad en maqueta.

En un promontorio estratégico, a salvo de las periódicas y violentas embestidas del río, dio vida a Spal. Siglos más tarde, sería el propio Julio César quien, según la tradición recogida por San Isidoro, refundaría el asentamiento bajo el pomposo nombre de Colonia Iulia Romula Hispalis. Un nombre que era, en sí mismo, una declaración de intenciones: "Iulia" por el linaje del dictador, "Romula" como un eco de la Ciudad Eterna, e "Hispalis" como la necesaria herencia del topónimo indígena. Y como recuerdo a ambos personajes históricos se presentan sendas imágenes que coronan las dos columnas existentes en la llamada Alameda de Hércules, que podemos ver en la imagen anexa (imagen: Francisco Calvo).

Sin embargo, el siglo III d.C. representa un capítulo singular en esta biografía urbana. Es un tiempo de "claro-oscuros", una época donde la monumentalidad del Alto Imperio comenzaba a convivir con las tensiones de la crisis del siglo III y el surgimiento de nuevas espiritualidades que desafiaban el orden establecido. Es el siglo de Diogeniano, el prefecto romano, y de dos hermanas alfareras, según la leyenda, del arrabal de Triana, Justa y Rufina, cuyo sacrificio marcaría el inicio del fin de una era. En las siguientes líneas, nos sumergiremos en la topografía, la arquitectura y el pulso vital de aquella Hispalis que aún hoy, bajo el asfalto de la Sevilla moderna, guarda secretos por revelar.

La Trama Urbana: El Esqueleto de la Ciudad

Para comprender la Hispalis del siglo III, debemos despojarnos de la imagen actual de Sevilla. El urbanismo romano era un ejercicio de geometría y jerarquía. El diseño de la ciudad se articulaba sobre dos ejes fundamentales: el Cardo Maximus (norte-sur) y el Decumanus Maximus (este-oeste).

En este periodo, el asentamiento aprovechaba las cotas más altas del terreno para protegerse del Guadalquivir, cuyo cauce antiguo difería notablemente del actual, discurriendo por zonas que hoy ocupan la Alameda o la calle Sierpes. Las investigaciones sugieren que el Cardo Maximus conectaba la zona de la actual Iglesia de Santa Catalina con la calle Abades. Por su parte, el Decumanus principal nacía en la zona de la Iglesia de San Esteban (calle Águilas) y se proyectaba hacia la Plaza del Salvador.



Muralla romana de Hispalis en época imperial. En ella se pueden ver ubicadas la basílica y el foro, así como el templo de la calle Mármoles o las termas bajo el Palacio Arzobispal. También se han señalado la posible ubicación del Foro Portuario, así como del circo y del anfiteatro

Es fascinante observar cómo el centro de gravedad de la ciudad se desplazó. Si bien el foro original se situó en el entorno de las calles Bamberg y Argote de Molina, para el siglo III la vida pública y administrativa se había trasladado hacia la Plaza de la Alfalfa. Este sector representaba el corazón palpitante de la colonia, un espacio de mármol y toga donde se cruzaban los intereses comerciales de la Bética con los mandatos de Roma. Con posterioridad surgió un nuevo Decumanus que pudo discurrir entre la calle Sol y la plaza de la Encarnación. Por último, Hispalis era surtida de agua por un acueducto que traía el agua de la zona de la actual Alcalá de Guadaira, cuyos vestigios son conocidos como Caños de Carmona.



La imagen de la izquierda muestra la situación actual de uno de los dos tramos que persisten del acueducto romano que surtía de agua a la Hispalis romana, agua que provenía de Alcalá de Guadaira. Se conoce como los Caños de Carmona (imagen: Francisco Calvo). La imagen de arriba muestra cómo era la situación del acueducto a principios del siglo XX, antes de ser derruido (fuente: 1911-05-20, La Hormiga de Oro, Los caños de Carmona (recortado).jpg, disponible en el enlace, consultado el 6 de mayo de 2026.

El Cinturón de Piedra: Las Murallas

Uno de los mayores debates arqueológicos de Sevilla ha sido la ubicación y cronología de sus defensas. Durante mucho tiempo se creyó que los lienzos visibles hoy en la Macarena o los Jardines del Valle eran romanos, cuando en realidad son obra almohade. No obstante, el siglo III contaba con su propia muralla, un recinto que protegía la riqueza generada por el comercio del aceite y el vino.

Recientes excavaciones, como las del Antiquarium bajo la Plaza de la Encarnación, han arrojado luz sobre este perímetro. Se han hallado restos que podrían corresponder a la cara norte del recinto, que buscaría el cierre hacia Santa Catalina y que pudo llegar a extenderse hasta la calle San Luis y la iglesia de San Martín, donde existía a extramuros una necrópolis, a las afueras de la puerta aquí situada.

En la zona oriental de la ciudad, la muralla pudo discurrir, según la opinión de los investigadores, por San Leandro y hasta la zona donde se ubica la actual iglesia de San Esteban. Allí cambiaba de dirección y daba lugar a una zona triangular en el extremo sureste de la ciudad. El hecho de existir una calzadas extramuros de la ciudad y por zonas suburbiales elevadas junto al arroyo Tagarete, en torno a la calle San Fernando, lo cual implicaría que la muralla podría llegar a la calle San Gregorio.

En el frente fluvial, la arqueología ha revelado muros de gran potencia, como los encontrados recientemente en la Plaza de San Francisco, si bien, ya en los años 50, en el eje Cuna-Orfila-Villacís, Collantes de Terán encontró los primeros hallazgos. Estas estructuras no solo tenían una función defensiva contra enemigos externos, sino que eran auténticos diques de contención diseñados para resistir las embestidas de un río Betis que, en el siglo III, era un vecino caprichoso y peligroso.

La Vida Privada: El Lujo tras los Muros

Si la calle era el espacio de la representación, la domus era el refugio del estatus. En el siglo III, Hispalis experimentó un fenómeno de concentración de la propiedad. Las élites locales, beneficiadas por la exportación de productos agrícolas, construyeron residencias de una sofisticación asombrosa.

El yacimiento del Antiquarium es el mejor ejemplo de esta opulencia. Allí, la "Casa de las Columnas" o la "Casa de la Ninfa" nos muestran viviendas que absorbieron solares vecinos para expandirse. Los suelos se cubrieron con mosaicos polícromos de una calidad técnica excepcional, representando escenas mitológicas y motivos geométricos que no solo decoraban, sino que enviaban un mensaje de cultura y poder. Estas casas contaban con avanzados sistemas de alcantarillado y suministro de agua, un lujo que recordaba a los habitantes que, pese a estar en el confín de Europa, eran ciudadanos de pleno derecho del Imperio.


 Casa de la Ninfa del siglo III d.C. - Antiquarium de Sevilla (imagen: Francisco Calvo)



Espacios Sagrados y Centros de Poder

La religión en la Hispalis del siglo III era un complejo mosaico de cultos oficiales y ritos orientales. Las tres columnas visibles en la calle Mármoles son los testigos mudos de esta grandiosidad. Aunque tradicionalmente se atribuyeron a un templo de Hércules, investigaciones actuales sugieren que formaban parte del acceso a una plaza porticada dedicada al Liber Pater (Baco), una deidad estrechamente ligada a la fertilidad y la vida, pilares de la economía bética. Otras dos columnas fueron trasladadas a la Alameda de Hércules, donde continúan en la actualidad, mientras que una sexta columna ya no existe ante el gran deterioro sufrido durante su traslado.

Cerca del foro, en la zona de la Alfalfa y el Salvador, se levantaban edificios monumentales como la Basílica, donde se administraba justicia y se cerraban tratos comerciales, ubicada en el solar que ocupó la Mezquita Mayor, con posterioridad la Iglesia Colegial del Divino Salvador. Ahora bien, tras las excavaciones llevadas a cabo bajo la Iglesia del Salvador es difícil afirmar la existencia de tal basílica al no haberse encontrado restos romanos.

Tras esta zona, en torno a la Alfalfa se han encontrado restos de unas termas, así como un Castellum Aquae o cisterna de tres naves, en la llamada plaza de la Pescadería, en una zona de gran desnivel. Tal circunstancia podría llevar a la idea de que pudiera existir un foro en la zona de la Alfalfa.

Es aquí donde la historia se cruza con la hagiografía. En el año 287, durante las fiestas de las Adonías y la procesión de la diosa Salambó (la Astarté fenicia), las hermanas Justa y Rufina se negaron a rendir culto a los ídolos. Este acto de rebeldía cristiana desencadenó la ira de Diogeniano, el representante de Roma.

Columnas romanas que persisten en la C/ Mármoles (imagen: Francisco Calvo)

Hispalis tenía la categoría de ciudad romana; una ciudad de la Bética romana. Y como tal, existía un representante del poder de Roma en ella, más aún, si se considera que la ciudad hispalense era un importante centro productivo de la Bética. Los representantes de tal poder tenían los edificios que constituían su sede a la afueras de la ciudad. Dos grandes centros de poder fueron la curia, lugar de reunión del órgano de gobierno ciudadano, y el tabulario o archivo documental, si bien, aún no han sido ubicados arqueológicamente hablando.

Sagradas Cárceles de Santas Justa y Rufina. Izquierda: entrada actual desde el Patio Domingo Savio. Superior derecha: bóveda principal con el altar de las Santas Justa y Rufina al fondo. Inferior derecha: celda lateral donde se puede observar la antigua escalera de acceso al interior de la Iglesia. Según la leyenda, en el pasillo de la otra celda fueron arrojados el cuerpo de Santa Justa y la cabeza de Santa Rufina, brotando un pozo donde cayó (imágenes: Francisco Calvo)

El Palacio de Diogeniano, representante en Hispalis del gobierno de Roma, según crónicas antiguas como las de Alonso de Morgado, se situaba en el solar que hoy ocupa la Basílica de María Auxiliadora, antiguo convento de los Trinitarios. Bajo este templo se conservan las "Sagradas Cárceles", criptas donde, según la tradición, sufrieron cautiverio los mártires. Aunque la estructura ha sido modificada con los siglos, el lugar sigue evocando la tensión entre el viejo orden pagano y la fe emergente que terminaría por transformar el Imperio. El antiguo acceso por una escalera rodeada por una reja que permitía bajar a la cripta en el centro de la Iglesia ha sido sustituido por una escalera lateral desde el Patio de Domingo Sabio. La antigua oquedad ha quedado reducida a una pequeña rejilla de ventilación de unos treinta centímetros de lado.


Comercio, Industria y el Puerto

Hispalis no se entendía sin su río. El siglo III fue una era de intensa actividad industrial. En el Antiquarium podemos ver hoy las pozas de una fábrica de salazón de pescado, lo que demuestra que la ciudad no solo consumía, sino que procesaba productos para la exportación.

Otra gran industria de la ciudad fue la fabricación de lucernas (como la de la imagen. Autor: Francisco Calvo), visitable en el Antiquarium, sin dejar de lado, el comercio del aceite, el oro verde, muy presente en Sevilla, con grandes depósitos aceiteros hallados en la calle Francos. El aceite llegaba a Hispalis desde numerosos pequeños puertos ubicados en el curso alto del Betis, llegando a la ciudad a través de los numerosos postes de atraque ubicados junto a la muralla occidental, en la zona del Salvador y de Plaza Nueva, donde se encontraron embarcaciones, y en las zonas de Cuna y Sierpes, y junto a la muralla norte, en la zona de la Plaza de la Encarnación. También se encontraron postes para atraque. Desde Hispalis el aceite se embarcaba en barcos de mayor calado para enviarlo a Roma.


Cubetas de salazón en la fábrica ubicada en el Antiquarium de Sevilla (imagen: Francisco Calvo)

Otra industria de la ciudad eran los alfares donde se creaban diferentes tipos de cerámica. Estaban distribuidos en diferentes ubicaciones a las afueras de la ciudad en zonas como el entorno del Hospital de las Cinco Llagas, actual Parlamento de Andalucía o la calle Esperanza, junto con los hornos y almacenes de la zona de San Luis, del entorno de la Diputación o de la avenida de Roma, donde junto a los restos de una pequeña calzada aparecen edificios porticados a ambos lados, bien tabernae (establecimientos de comida) y horrea (almacenes). A partir de este siglo III la ubicación portuaria no es conocida.

El puerto, situado en la zona de la actual Plaza de la Contratación y el entorno de la Torre de la Plata, abarcando hasta el Palacio Arzobispal, Placentines y Francos. La confluencia del río Betis y del arroyo Tagarete era un hervidero de galeras y barcos de carga que partían hacia Ostia cargados de ánforas de aceite (las famosas Dressel 20). En esta zona portuaria, en el entorno del actual Patio de Banderas de los Reales Alcázares, se han encontrado restos que pudieran pertenecer a un horreum o almacén de granos. Diversas inscripciones epigráficas permiten vislumbrar la existencia de corporaciones profesionales operativas en el puerto de Hispalis, tales como el corpus oleariorum, que trabajaba para la tahona, entidad que se encargaba del envío de grano y otras materias primas a Roma. Quizás fuera un pequeño foro con representaciones de los colegios profesionales o una simple statuo Romulensis, con inscripciones y estatuas a Minerva Augusta a Venus Augusta. Quizás actuara como centro de negocios del puerto.

El ocio en la ciudad de Hispalis

La riqueza que entraba por el puerto y el comercio financiaba el ocio de la ciudad. Así, en una ciudad de su índole no faltaban lugares de relax y de ocio, como las termas existentes en la zona del actual Palacio Arzobispal, junto a la zona portuaria, así como, espacios para los juegos, probablemente en las zonas de expansión extramuros.

Aunque Sevilla no conserva un teatro, un circo o un anfiteatro visible como los de Itálica, los historiadores postulan su existencia basándose en el rango de la ciudad. Así, Alonso de Morgado, en su Historia de Sevilla, mencionó que Santa Rufina fue arrojada a un león en el anfiteatro de la ciudad, si bien, el animal la trató como si de su dueña se tratara, sin ocasionarle daño alguno. Según los arqueólogos e investigadores el teatro podría haberse encontrado en la zona del Convento de Madre de Dios y el circo y el anfiteatro entre el Palacio del Procurador y el arroyo Tagarete, entre las actuales zonas del Centro de Salud de María Auxiliadora y el barrio de la Calzada, entre las dos salidas de ambos decumanus.

El Mundo de los Muertos y los Arrabales

La ley romana prohibía los enterramientos dentro del recinto urbano por motivos sanitarios y religiosos. Por ello, las necrópolis de Hispalis se extendían a lo largo de las principales vías de salida. Se han localizado importantes áreas funerarias en la calle San Luis, en la Puerta de la Carne y en el entorno del Salvador (lo que sugiere que, en algún momento, el límite de la ciudad estuvo allí). Pero no fueron éstos los únicos. Extramuros se encontraban también las áreas de la Trinidad-Carretera de Carmona-La Colza, el Campo de los Mártires y el Campo de Santa Justa, la de San Bernardo, la de San Agustín y la Puerta de la Carne y la de San Telmo-Fábrica de Tabacos. Aunque también existieron otras menos suntuosas, como la del Tamarguillo o la de Ronda de Capuchinos.

Las vías de acceso y los arrabales de Hispalis

Extramuros también florecían los arrabales y las villas suburbanas. Estos asentamientos eran fundamentales para la economía, ya que albergaban los alfares donde se fabricaban las ánforas y la cerámica común. El acceso a la ciudad se realizaba a través de una red viaria perfectamente planificada. El Itinerario de Antonino, de inicios del siglo IV d.C., nos revela que Hispalis era un nudo de comunicaciones vital: por un lado, conectaba con Gades y Corduba a través de la Vía Augusta. Se accedía desde ella a la ciudad por la zona de la actual Puerta de la Carne y otra cercana a la actual Puerta de Carmona.

Por otro lado, hacia el oeste, se abría el camino hacia Onuba (Huelva). Salía de Sevilla la puerta ubicada en la zona de Santa Catalina, para dirigirse a la Encarnación, camino de la actual calle Alfonso XII, futura Puerta de Goles de la muralla almohade, y, cruzando el vado del río (cerca de la actual Cartuja), enlazaba con la Vía de la Plata hacia Emérita Augusta. Esto implicaba que no fuera necesario un puente para cruzar el río Betis a la altura de Sevilla. Al llegar a la cañada que va de Castilleja de Guzmán a Camas se dividía en dos. Una se dirigía hacia Onuba y la otra hacia Itálica por la calzada conocida como Vía de la Plata, en dirección norte, hacia Emérita Augusta. Desde la puerta de la zona de Santa Catalina el viario actual permite ver la posible ramificación del viario también hacia Sol, San Luis y centro.

En cuanto a los arrabales y villas existentes extramuros de Hispalis fueron muy numerosos y, tanto en unos como en otros, era normal que en muchas de ellas existieran alfares donde se producían las piezas que permitirían el comercio y almacenamiento de la producción agrícola, tanto aceite como vino, para su consumo y comercio. Algunas de estas villae dieron lugar a municipios. A modo de ejemplo, podríamos citar topónimos acabados en -ana (Coriana), -ena (Gerena) o -ina (Valencina). Así, quizás fuera ese el origen del nombre de Triana, donde existían numerosos caminos entre huertas, de donde partía el camino hacia Aznalcázar, la actual Avenida de Coria, o el camino que pasaba por Tejares y San Vicente de Paúl. En una zona elevada, al norte de la cava, confluían estos caminos. Quizás allí existiera una villa que fuera origen de la alquería islámica, aunque aún no se han hallado restos de tal construcción.

Conclusión: El Legado de una Incógnita

La Hispalis del siglo III es una ciudad en transición. Es la urbe que aún brilla con el mármol del foro, pero que ya empieza a sentir las grietas de un sistema que cambia. Es la ciudad de los grandes mosaicos y las fábricas de salazón, pero también la de las catacumbas y el martirio. Ciudad que se vio reducida al final del siglo III debido, entre otras causas a inundaciones del Tagarete, por lo que la ciudad se redujo en la zona de San Leandro, con una vivencia difícil, tal como queda presente en los análisis de los restos funerarios hallados en algunas tumbas.

Revisitar este periodo a través de sus restos arqueológicos es un ejercicio de justicia histórica. Cada vez que una excavación en el centro de Sevilla saca a la luz un nuevo lienzo de muralla o un tramo de calzada, estamos completando ese "claro-oscuro" de una incógnita que se resiste a ser olvidada. Sevilla no es solo lo que vemos; es, sobre todo, lo que subyace. Y en ese subsuelo del siglo III, Hispalis sigue esperando a que terminemos de descubrir su verdadera magnitud; a que se muestre cómo fue la vivencia real de esa época que daría paso al resurgir de la ciudad, a un nuevo esplendor con la llegada de los pueblos godos, con figuras como Recaredo, San Hermenegildo o Fray Isidoro de Sevilla.

Bibliografía:

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