Texto de Marcos Uyá Esteban para Historia y Roma Antigua.
Cuando uno echa la vista atrás en el tiempo y viaja a la antigua Roma, entra en el convencimiento de que las luchas de gladiadores eran un espectáculo totalmente sangriento, cruel e indigno, lo cual es cierto. Sin embargo, no muchos saben que lo que realmente aterrorizaba, y a la vez desataba la más encarnizada de las pasiones, eran las carreras de cuadrigas, compuestas de carros tirados por cuatro caballos, en cuya arena se citaban los más famosos atletas, llamados aurigas, del Imperio romano, jaleados y vitoreados por un público exigente y entregado, que esperaba ver un espectáculo digno de ser recordado.
Estas carreras ya se celebraban antes de que Roma se convirtiera en el centro del mundo conocido. Probablemente nacieron en Micenas, pero se tornaron como algo habitual a partir de la Iliada
, tras la desafortunada muerte de Patroclo, y cuyo primer ganador fue Diomedes de Argos, recibiendo una esclava y un caldero como premio. Ya con la celebración de los Juegos Olímpicos y también de los llamados Juegos Panhelénicos, no era nada extraño ver este espectáculo en el hipódromo de Olimpia o que muchos esclavos, que se convertían en atletas al servicio de su amo, quienes eran los que realmente se llevaban los premios en caso de victoria, alcanzasen cierta fama. Incluso se constata la presencia de mujeres en estos eventos, como el ejemplo de la espartana Cinisca, que hizo doblete ganando en los Juegos Olímpicos del 396 y 392 a. C. Tampoco podemos olvidar la famosa estatua del Auriga de Delfos representando a un atleta compitiendo en estas carreras.Roma, que copió casi todo del mundo griego, no hizo una excepción en este caso. Las carreras de cuadrigas, que seguramente fueron introducidas por los etruscos a través de los griegos del sur de Italia, empezaron a despuntar a mediados de la República en el Circo Máximo, a pesar de las numerosas reconstrucciones que esta ingente estructura arquitectónica sufrió a lo largo del tiempo, siendo la última realizada por el emperador Trajano.
Es, por ello, que la lógica nos dice que hubo una evolución permanente en la forma de celebrar estos eventos, como por ejemplo en lo referido a la forma de contabilizar las vueltas, que eran siete en total, en donde en un principio eran a través de huevos dorados de bronce colocados en la spina, que era el muro central que dividía la pista, y posteriormente, ya en el año 33 a. C., con los famosos delfines que se inclinaban y expulsaban agua y se añadieron con motivo de la victoria del futuro emperador Augusto frente a Sexto Pompeyo.
La figura del auriga es, evidentemente, el protagonista. Normalmente eran esclavos, en algunas ocasiones libertos o profesionales dedicados a tiempo completo, con una constitución física delgada y cuya característica principal era la de ser altos, para poder controlar las riendas y dirigir a los caballos dentro de la carrera con la previsión de evitar accidentes, muchos de ellos mortales. Sin embargo, también existe la teoría de que la estatura no era tan importante, y por ello había atletas de menor tamaño con el objetivo de conseguir mayor estabilidad y velocidad en los carros. No sabemos si nuestro personaje, Cayo Apuleyo Diocles, en realidad era alto o bajo, ya que por desgracia no nos ha llegado hasta nuestros días ninguna imagen de él, si bien hay numerosas representaciones de mosaicos de otros aurigas que nos pueden dar una idea de cómo podría ser, sobresaliendo, sin ninguna duda, que todos tenían una constitución fuerte y musculosa, fruto de las innumerables horas de entrenamiento y perfeccionamiento. Pero lo que sí está atestiguado es que Diocles fue un atleta fuera de lo común y con una estrategia a la hora de afrontar las carreras digna de estudio. Eso lo convertiría en inmortal.
| Cuadriga tomando una curva en una META. Obsérvense los tres postes o columnas ricamente decorados, así como la indumentaria del auriga. |
Diocles nació en la provincia romana de Lusitania, dentro de la división administrativa en provincias de Hispania, hacia el 104 d. C. Sin embargo, sigue siendo un misterio el lugar exacto en donde vino al mundo, habiendo dos candidatos para ello, Lamecum, la actual Lamego, en Portugal, o quizás Emérita Augusta (Mérida). De familia muy humilde de libertos o incluso cabe la posibilidad de que fuera un esclavo, prácticamente de su infancia y adolescencia no se sabe absolutamente nada, aunque debió de comenzar sus andanzas probablemente en el circo romano de Emérita Augusta antes de cumplir los 18 años, despertando la atención de algunos patrocinadores que subvencionaban estas competiciones y que lo llevarían seguramente a competir a otros lugares de la península ibérica como Gades (Cádiz), Ilerda (Lérida) o Tarraco (Tarragona) para empezar a granjearse su más que reputada leyenda. Se cuenta, si bien por desgracia no hay pruebas fehacientes de ello, que el emperador Adriano, presente en Tarraco en aquel momento en uno de sus innumerables viajes a lo largo y ancho del Imperio romano, quedó prendado de la combatividad del atleta y decidió que fuese llevado a Roma, ya que en el año 122 d. C. se constata su presencia allí compitiendo en la llamada facción blanca.
Diocles en Roma
Sin embargo, todo cambió cuando “fichó” por la facción roja, posiblemente en el año 131 d. C. Como si de la actual escudería Ferrari se tratase, empezó a conseguir numerosas victorias forjando su leyenda como atleta de élite. En la inscripción se nos relata los tipos de carreras en los que participaba y su forma de competir. Las carreras de cuadrigas se celebraban en aquel tiempo en dos lugares concretos: el Circo de Nerón, hoy desaparecido, que se debió se situar en
| Reconstrucción del hipódromo de Constantinopla |
donde se asienta parte de la actual Basílica de San Pedro del Vaticano, y el citado Circo Máximo.
Imaginemos por un momento cómo sería una carrera de cuadrigas en la que participaba Diocles tomando como ejemplo el Circo Máximo. En primer lugar, los 150.000 espectadores que se reunían, verían a los aurigas que participaban, podían ser hasta un total de 12 (tres por cada facción), entrando al recinto en un desfile conocido como pompa circensis, compuesto de bailarines, sátiros y personajes que llevaban estatuas de dioses en literas, especialmente la de la diosa Victoria, todo ello al compás del magistrado que presidía las carreras y que iba montado al inicio de la procesión en una biga tirada por dos caballos. Posteriormente, después de ser presentados, los aurigas se subían a los carros que estaban situados de la misma manera que los atletas de atletismo en la actualidad en las carreras de 200, 400 y 800 metros lisos, es decir, en forma de abanico para contrarrestar la distancia a la hora de girar la curva y que todos recorrieran la misma longitud. El magistrado daba la salida con un pañuelo blanco y empezaba el espectáculo con un público compuesto de todas las clases sociales posibles entregado a la causa, sin olvidar a aquellos que apoyaban a cada una de las facciones vociferando y rugiendo con una entrega total y absoluta.
Era ahí donde se producían espectaculares choques, llamados naufragia, en donde caballos, aurigas y carros podían salir despedidos haciendo las delicias del público presente, o provocando la ira o la alegría de los seguidores de una facción u otra, dependiendo si su atleta salía inmune, o por el contrario, después de la caída era arrastrado o atropellado, muchas veces con resultado mortal.
Tampoco eran extrañas las historias de caballos y aurigas que tomaban algún alimento envenenado antes de la carrera o el lanzamiento de objetos punzantes como clavos lanzados desde las gradas para ralentizar la carrera. Diocles lo sabía, y por ello evitaba estos disturbios e interferencias, lo que le valió el estatus de atleta inteligente, calculador y estratega, y eso hacía que en las últimas vueltas remontase corriendo cerca de la spina y sortease a otras cuadrigas, mientras que otras quedaban fuera de la carrera debido a los múltiples accidentes. Se cuenta la historia de que Diocles más de una vez llegó sólo a la séptima y última vuelta entre los vítores y entrega de un exaltado público asistente consiguiendo la victoria y la gloria. Un hispano conquistaba el corazón de los romanos.
Dulce retirada, pero muerte temprana
En
los últimos años compitió en la facción azul, en donde consiguió más de
doscientas victorias, para así alcanzar la asombrosa cifra total de 1462
victorias (134 en un año), 861 segundos puestos y 576 veces el tercer puesto,
en 4257 carreras durante veinticuatro años que estuvo en activo. Muchas de
estas victorias fueron a pompa, un total de 110, es decir, en la primera
carrera que se disputaba en la mañana, y 1064 en carreras llamadas
singulares, compuestas en este caso por un auriga de cada facción
conduciendo sigas, que eran carros tirados por seis caballos. Diocles tuvo
rivalidades legendarias con otros aurigas como Pompeyo Musclo, que consiguió
3559 victorias, pero muchas de ellas en carreras menores, Poncio Epafrodito de
la facción azul, Fortunato de la facción verde o Talo, que compitió con él
siendo miembro de la facción roja, entre otros. Siempre respetaron y
reconocieron la valía de Diocles.
Al final de su carrera, la fortuna ganada por Diocles superaba todos los registros inimaginables de la época. Se cree que ganó en toda su carrera casi 36 millones de sestercios, lo que equivaldría actualmente a unos 1.000 o 1.500 millones de euros. Curioso para un hombre que en la sociedad romana era considerado como un infame, es decir, como una persona que no tenía derecho a la ciudadanía romana por ser auriga, pero que a la larga fue incluso más conocido que los emperadores romanos y con una fama y apoyo popular que rozaba casi la veneración. Nuestro protagonista, que ya ansiaba un retiro tranquilo y dorado, alejado de los focos, falleció poco después de su retirada, en Praeneste, actual Palestrina, muy cerca de Roma, a la edad de 42 años, disfrutando apenas de sus ingentes ganancias. Sus dos hijos, Cayo Apuleyo Nimfidiano y Nimfidia, le dedicaron una estatua con una inscripción dedicada a la diosa Fortuna, que debió de estar en el templo de la Fortuna Primigenia (CIL, XIV, 2884), en la que muchos aurigas se encomendaban para tener suerte en la carrera y, en todo caso, sobrevivir. Diocles lo hizo, y por ello se convirtió en leyenda.
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