Un texto de Federico Romero Díaz
Pocos personajes de la historia del Imperio romano de Occidente encarnan mejor que Flavio Aecio el complejo universo que era el mundo romano en el siglo V. General, político, diplomático y hombre de frontera, Aecio fue durante más de veinte años la principal autoridad militar de Occidente. Pero hay un aspecto de su trayectoria que resulta especialmente revelador: su relación con los bárbaros en general y con los hunos en concreto.
A primera vista parece una paradoja. Aecio pasó buena parte de su vida combatiendo contra los pueblos bárbaros que amenazaban las fronteras del Imperio ( y otra tan importante o más que esa contra sus enemigos y rivales políticos), pero los hunos fueron durante décadas sus aliados más importantes. Gracias a ellos pudo regresar del exilio, recuperar el poder y sostener su posición como generalísimo de Occidente. Y, sin embargo, al final de su vida tuvo que enfrentarse al hombre que encabezaba aquel mismo pueblo: Atila.
La historia de Aecio y los hunos va mucho más allá, del relato de dos enemigos que se encontraron en los Campos Cataláunicos en el 451. Es la historia de una relación de amistad y mutua dependencia que comenzó mucho antes de que Atila fuera el gran rey de los hunos. La alianza con este pueblo se convirtió en el pilar fundamental del éxito de la carrera militar y política de Aecio que siempre supo entenderse con ellos para combatir a sus enemigos, ya fueran romanos o bárbaros. La perdida de la alianza huna, le supuso al ultimo romano el final de su carrera y de su propia vida.
Un romano entre bárbaros
Aecio nació hacia el año 395 y, desde muy joven, quedó vinculado al mundo bárbaro. Su trayectoria resulta especialmente interesante porque pasó parte de su adolescencia y juventud entre godos y hunos en calidad de rehén.
Aquella experiencia marcaría profundamente su vida y su manera de entender el mundo. Aecio aprendió a hablar tanto la lengua de los godos como la de los hunos. Para un romano de alto rango aquello suponía una ventaja considerable. No se trataba solamente de poder comunicarse con ellos, sino de comprender mejor su mentalidad y los valores que regían a aquellos pueblos guerreros. En las conversaciones diplomáticas podía dirigirse a ellos en su propia lengua, algo que no era habitual entre los altos oficiales romanos y que impresionaba a los bárbaros que siempre que podían le preferían como interlocutor.
Durante su estancia entre los hunos conoció a cuatro príncipes hunos que resultarían fundamentales para su futuro: Ruga, Octhar, Beoidic y Munyuk. Eran jóvenes aproximadamente de su misma edad y Aecio trabó amistad con ellos. Munyuk tiene una importancia especial en esta historia porque era el padre de Rua y de Atila, los reyes del Imperio huno en el apogeo de su poder.
Aecio no fue simplemente un rehén que pasó por la corte huna. Allí aprendió a montar a caballo y a combatir, desarrollando habilidades militares propias de aquellos nómadas. Su contacto con ellos le permitió conocer desde dentro una sociedad que para la inmensa mayoría de la sociedad romana resultaba completamente extraña. Aquellos años en la corte huna fueron una de las claves de su extraordinaria carrera.
Aecio seguía sintiéndose romano. Nunca dejó de serlo. Pero había aprendido algo que muchos otros dirigentes romanos no comprendían: los pueblos que vivían más allá del limes no eran únicamente enemigos a los que había que derrotar. También podían ser aliados, soldados, interlocutores diplomáticos e incluso compañeros de armas en los que apoyarse en las turbulentas aguas de la historia de esa primera mitad del siglo V.
Ruga, Octhar y la amistad que sostuvo una carrera
Cuando murió Charatón en el 419, los hunos volvieron a dividirse en dos grandes grupos. Uno estaba dirigido por Ruga y se movía entre las orillas del Danubio y del Dniéster; el otro, más importante, estaba asentado en la llanura panónica y era dirigido por Octhar, hermano de Ruga. Aecio había conocido personalmente a ambos. Esta relación adquirió una importancia enorme cuando regresó a la escena política romana.
Tras la muerte de Honorio en 423 se abrió una lucha por el poder en Occidente. Aecio apoyó al usurpador Juan y recibió el encargo de conseguir ayuda de los hunos. Era una misión lógica para alguien que había pasado sus años de juventud entre ellos y que mantenía relaciones personales con sus dirigentes. La cuestión no era simplemente que Aecio supiera dónde encontrar guerreros hunos. Lo importante era que podía recurrir a personas que conocía y que lo conocían a él para reunir un contingente de mercenarios escitas que resultaran decisivos en esta nueva guerra civil de los romanos.
La situación de Juan se deterioró rápidamente. El usurpador fue capturado y ejecutado en 425. Pero tres días después de aquella ejecución, Aecio apareció al frente de un enorme contingente de mercenarios hunos. ES posible que se tratara de un ejército en sesenta mil hombres. Las tropas hunas de Aecio llegaron a enfrentarse con las fuerzas orientales, encabezadas por otros dos destacados bárbaros orientales de origen alano, Ardabur y sus hijo Aspar, que protegían a Gala Placidia y a Valentiniano III. Ninguno de los dos bandos consiguió imponerse y finalmente se llegó a un acuerdo. Los hunos recibieron oro y tierras en Panonia, mientras Aecio fue nombrado magister equitum per Gallias. A partir de ese momento comenzaría su ascenso imparable.
Los hunos como el gran apoyo de Aecio
Durante las dos décadas siguientes, la relación entre Aecio y los hunos se convirtió en uno de los pilares de la política occidental.
Aecio no solo empleó contingentes hunos contra enemigos externos. También recurrió a ellos en los conflictos internos del propio Imperio. Los hunos eran una fuerza militar disponible y, además, Aecio tenía con ellos unas relaciones personales privilegiadas. En 432 ocurrió algo que demuestra hasta qué punto aquella relación era importante. Aecio se enfrentó a Bonifacio en la batalla de Rímini. Bonifacio venció, aunque resultó herido y murió tres meses después como consecuencia de sus heridas. Aecio pudo retirarse inicialmente a sus propiedades en Italia, pero tras la muerte de Bonifacio tuvo que enfrentarse a un nuevo problema: Sebastián, yerno y sucesor de su antiguo rival, comenzó a perseguirlo. Fue entonces cuando Aecio recurrió nuevamente a sus viejos amigos.
Aecio abandonó su retiro en sus tierras en Italia y huyó hacia los dominios del rey huno Rua. Los hunos no solo lo acogieron: le proporcionaron miles de guerreros. Con aquel ejército pudo regresar a Italia y enfrentarse a Sebastián, que terminó huyendo de Italia. Gala Placidia no tuvo más remedio que llegar a un nuevo entendimiento con un Aecio respaldado por miles de mercenarios hunos.
A lo largo de los veinte años de predominio político de Aecio, los hunos siempre fueron su gran apoyo. Incluso en el momento más delicado de su carrera, cuando tuvo que exiliarse, fueron ellos quienes le dieron refugio y quienes le proporcionaron el ejército con el que pudo regresar y recuperar el poder.
Resulta imposible entender al Aecio político y militar sin conocer su amistad con los hunos. No eran un elemento secundario de su estrategia. Eran una de las bases de su poder.
Los hunos de Aecio contra los enemigos de Roma
La relación tampoco debe entenderse como si Aecio hubiera utilizado a los hunos únicamente para conquistar el poder dentro del Imperio. Durante años también los empleó para defender los intereses de Roma.
En la Galia, por ejemplo, los guerreros hunos auxiliaron a Aecio contra los visigodos rebeldes y contra los burgundios. En 437, precisamente, un contingente huno había participado en la terrible derrota de los burgundios, en la que murió su rey Guntario y alrededor de veinte mil miembros de este pueblo. Los supervivientes pidieron la paz a Aecio y fueron asentados alrededor del lago Ginebra y del alto Ródano, pasando después a comportarse como federados leales a Rávena. La masacre fue tan terrible que dejo una huella imborrable en su memoria colectiva que se refleja en manifestaciones culturales como el célebre Cantar de los nibelungos.
La paradoja es evidente: los mismos hunos que aterrorizaban a otros pueblos podían convertirse en una terrible espada al servicio de Roma. Aquello era posible, en buena medida, porque el generalísimo entendía a los bárbaros de una forma diferente. Su experiencia personal le había enseñado que el mundo situado más allá del limes no era simplemente un bloque enemigo. Había pueblos enfrentados entre sí, dirigentes que buscaban alianzas, guerreros dispuestos a combatir por Roma y grupos que podían convertirse en enemigos si cambiaban las circunstancias. Aecio sabía moverse en ese mundo.
Y durante mucho tiempo los hunos estuvieron de su lado.
Cuando los amigos de Aecio se convirtieron en los señores de la estepa
los años no pasan en valde y la generación de Ruga y Octhar fue desapareciendo. Octhar murió hacia el 432. Ruga quedó entonces al frente de la mayoría de los hunos occidentales, aunque en torno al final del 435 también murió.Fue entonces cuando apareció en primer plano una nueva generación. Los sucesores fueron sus sobrinos Bleda y Atila, hijos de Munyuk, uno de los príncipes amigos de Aecio durante sus años como rehén.
Este detalle resulta fundamental para comprender la relación posterior entre Aecio y Atila. Atila no era un completo desconocido para el generalísimo romano. Era el hijo de uno de aquellos príncipes hunos con los que el romano había convivido y combatido durante su juventud. Pero la relación personal que Aecio había construido pertenecía fundamentalmente a la generación anterior. El mundo había cambiado: Ruga y Octhar habían desaparecido y ahora gobernaban Bleda y Atila.Y con ellos el poder huno alcanzaría unas dimensiones desconocidas hasta entonces.
Aecio y Atila: una alianza todavía posible
Durante los primeros años del gobierno conjunto de Bleda y Atila, la relación con Aecio siguió siendo positiva. Mientras los hunos presionaban con enorme dureza al Imperio de Oriente, en Occidente la situación era diferente. Entre 435 y 440, guerreros hunos continuaron auxiliando a Aecio en sus campañas contra visigodos y burgundios. La alianza no había desaparecido. De hecho, en 443 se produjo un nuevo pacto entre Aecio y Atila que recibió una parte de Panonia y fue nombrado honoríficamente *magister militum*. Es curioso ver como alguien que ha pasado a la historia como el gran enemigo de Roma, fuera en su tiempo honrado por los romanos de esta manera. Roma envió además personal administrativo a su corte y el hijo mayor de Aecio, Carpilio, fue enviado como rehén. El generalísimo romano tenía a su hijo en la corte del hombre que, pocos años después, se convertiría en el mayor enemigo militar de Occidente.
La relación entre ambos mundos todavía podía funcionar. Atila podía ser aliado de Roma. Pero las circunstancias estaban cambiando rápidamente y Atila tenía otros planes para el mundo.
Atila, señor único.
En 444 Atila pasó a controlar en solitario el poder huno después de asesinar a su hermano Bleda en el 445. Ambos ya habían mantenido diferencias, en especial en el enfoque de la política exterior del Imperio huno con respecto al trato que había que dar a los romanos.
A partir de entonces, Atila se convirtió en el señor único de un enorme imperio. Durante los años siguientes consolidó sus dominios y extendió su autoridad sobre un territorio inmenso. El problema fundamental era que cuanto mayor era su poder, más guerreros tenía que mantener y, por tanto, mayor era su necesidad de obtener riquezas mediante tributos y saqueos. El cambio de Atila afectó primero al rico Imperio de Oriente. Pero finalmente acabaría alcanzando también a Occidente.
Y aquí se encuentra el punto de ruptura de la relación entre Aecio y los hunos.
De aliado al enemigo
Hasta alrededor del año 450, los hunos habían sido un apoyo fundamental para Aecio. Pero entonces se produjo el giro.
La llegada de Marciano, un halcón militar partidario de la mano dura, al trono de Constantinopla y su decisión de abandonar la política de concesiones a los hunos modificaron el equilibrio. Atila comenzó a buscar nuevas vías de enriquecimiento de los hunos y Occidente era más débil que Oriente, casi 30 años de colaboración de los hunos con Roma iban a ver su final. La petición de ayuda de Honoria, hermana de Valentiniano III, proporcionó una excusa para dirigir sus ataques hacia Occidente. A partir de ese momento, la relación entre Aecio y el mundo huno quedó definitivamente rota. Los antiguos aliados se convirtieron en enemigos. Aecio tuvo que enfrentarse a un hombre que representaba una nueva generación de aquel mismo pueblo con el que había compartido su juventud.
Atila entra en la Galia
En 451 Atila invadió la Galia y arrasó numerosas ciudades. Su objetivo era Orleans, que fue sitiada. Controlar ese nudo de comunicaciones suponía interponerse entre los romanos y sus aliados los visigodos de Tolosa. Aecio tuvo que reunir las fuerzas disponibles y buscar aliados. Y aquí se produjo otra de las grandes paradojas de su carrera: para combatir a los hunos tuvo que apoyarse en otros pueblos bárbaros. Los visigodos, que comprendieron que bajo Atila solo les esperaba sometimiento, al igual que a sus hermanos ostrogodos, se unieron a él.
Godos y romanos marcharon juntos contra Atila, levantaron el asedio de Orleans y comenzaron a perseguir al ejército huno en su retirada hacia el este. La antigua lógica de Roma contra los bárbaros había quedado superada por una realidad mucho más compleja.
Aecio era romano. Sus enemigos eran los hunos. Pero parte de su ejército estaba formado por godos. Y durante años los hunos habían formado parte de sus propias fuerzas. Así de complejo era el mundo de la Antigüedad tardía.
Los Campos Cataláunicos
Finalmente, Atila, tras fracasar en el asedio de Orleans, perseguido por las tropas romanas y godas, tuvo que detener su retirada y volverse a pelear.
El ejército huno había sido derrotado, perseguido y estaba agotado. Era algo a lo que los hunos no estaban demasiado acostumbrados. Aecio, para enfrentarse a los hunos y a los contingentes aportados por los pueblos que habían sometido( ostrogodos, alanos, sármatas, francos rupiarios, etc) reunió a su vez un ejército muy variado étnicamente( godos, britanos, sajones, francos salios, etc). En esta batalla prácticamente todos los pueblos vecinos del mundo romano( tal vez exceptuando a los vándalos tuvieron su representación). La batalla de los Campos Cataláunicos tuvo lugar en junio del 451.
El propio relato de la obra muestra a Atila en una situación difícil. El ejército romano lo perseguía y el terreno elegido era adecuado para la caballería huna, pero los guerreros estaban cansados y habían sufrido pérdidas. La batalla terminó con la derrota de Atila. Pero Aecio no destruyó al ejército huno. Atila consiguió retirarse con el beneplácito de Aecio que tal vez, pensaba que los hunos podían volver a la sensatez de la tradicional alianza con el Imperio romano de Occidente. Un error que Aecio acabó pagando con su vida y que muchos romanos del norte de Italia pagarían con su vida al año siguiente, cuando Atila arrasó esta rica región.
¿Por qué no acabó Aecio con Atila?
La victoria de los Campos Cataláunicos supuso la cima de la gloria de Aecio, pero también como el principio de su fin. La amenaza huna no desapareció. Como hemos dicho, en 452 Atila volvió a invadir Italia y saqueó Milán. Por fortuna, el ejército huno estaba debilitado por el acoso de las fuerzas romanas, las enfermedades y la falta de provisiones. Finalmente se retiró de Italia después de su entrevista con el papa León. Aecio había conseguido contener de nuevo al que había sido su aliado. Pero el coste había sido enorme.
Los senadores romanos, especialmente los más ricos, comenzaron a responsabilizarle de los daños provocados por la invasión huna de Italia. El esfuerzo de las campañas había agravado las dificultades económicas del Imperio y el gobierno necesitaba aumentar los impuestos y el reclutamiento. Sin embargo, los senadores se resistían a aportar los recursos necesarios que el Imperio que les había hecho inmensamente ricos y privilegiados necesitaba para sobrevivir.Así, Aecio se encontró atrapado en una situación paradójica. Durante años había utilizado a los hunos para defender el Imperio. Ahora había tenido que luchar contra ellos. Y los daños producidos por aquella guerra terminaron siendo utilizados políticamente contra él.
El hijo de Aecio en la corte de Atila
Hay un detalle que resume mejor que ningún otro la extraordinaria complejidad de aquella relación. Carpilio, hijo de Aecio, había sido enviado como rehén a la corte de Atila en el marco del acuerdo del 443.
Después de la muerte de Atila, en 453, los acuerdos que este había establecido con los distintos pueblos quedaron anulados y los rehenes regresaron a sus hogares. Entre ellos estaba Carpilio. También regresaron los funcionarios romanos que habían sido enviados a la corte de Atila para ayudar a organizar administrativamente su imperio. Es decir, mientras Aecio se había convertido en el hombre encargado de defender Occidente contra Atila, su propio hijo había permanecido vinculado al mundo huno.
La frontera entre Roma y el mundo bárbaro era mucho más permeable de lo que la imagen tradicional de dos mundos enfrentados podría hacernos pensar.
Aecio había vivido entre los hunos. Había aprendido su lengua. Había aprendido a combatir como ellos. Había sido amigo de sus príncipes. Había regresado del exilio gracias a ellos. Había empleado guerreros hunos para defender Roma. Había pactado con Atila. Había enviado a su hijo a su corte. Y finalmente había tenido que enfrentarse a él en el campo de batalla.
| Oficial romano inspeccionando las bajas tras una batalla durante el Bajo Imperio. Autor A. McBride |
La muerte de Atila y el final de la amenaza
Atila murió en 453, durante su noche de bodas. Su muerte supuso un enorme alivio para Occidente. El imperio que había construido comenzó a desintegrarse rápidamente a causa de las luchas entre sus hijos y de las rebeliones de los pueblos sometidos. En 454, los gépidos derrotaron a los hunos en la batalla de Nedao y dejaron de ser sus vasallos. Y aquí se produjo una última paradoja. Cuando Atila desapareció, Aecio ya no tenía a su gran enemigo.
Pero tampoco tenía ya el mundo huno que durante veinte años había constituido una de las principales bases de su poder. Después de la victoria de los Campos Cataláunicos, de la retirada de Atila de Italia y de la muerte del rey huno, Aecio estaba políticamente muy debilitado. Los hunos habían sido su gran apoyo durante veinte años; ahora la amenaza que justificaba buena parte de su posición había desaparecido. Los miopes senadores se preguntaban ¿ Y sin la amenaza huna de qué nos sirve Aecio?
El último romano
El generalísimo siempre había teniodo enemigos dentro de la corte, entre los senadores y dentro de la propia familia imperial. Valentiniano III estaba decidido a recuperar el poder personal que durante tantos años había ejercido de hecho Aecio en su nombre. El matrimonio proyectado entre Placidia, hija del emperador, y Gaudencio, hijo de Aecio, había aumentado todavía más los temores de quienes veían en el generalísimo una amenaza para la autoridad imperial.
Aecio contaba con numerosos bucellarii, miembros de su guardia privada, hunos y godos fundamentalmente, además del respaldo del ejército. Por eso sus enemigos comprendieron que no podían eliminarlo fuera del palacio. Fue convocado por Valentiniano III para hablar de cuestiones relacionadas con los ingresos del Estado. Allí fue asesinado.
El emperador se lanzó contra él con un puñal y Heraclio hizo lo mismo. Aecio murió prácticamente sin posibilidad de defenderse. Su cuerpo fue exhibido posteriormente mientras Valentiniano III denunciaba ante el Senado al generalísimo y a sus partidarios.
Era septiembre del 454. Poco más de un año después, el propio Valentiniano III moriría asesinado por Optila y Trasutila, antiguos guardianes de Aecio que castigaban así al asesino de su señor. El Occidente romano entraría en una nueva fase.
Después de Aecio
La importancia de Aecio y la escasa visión política de sus asesinos, se comprende todavía mejor al observar lo que sucedió después de su muerte. En septiembre del 454, la Galia estaba de nuevo bajo control, Hispania había sido pacificada, los vándalos mantenían una relación de alianza con Rávena y el Imperio huno se encontraba dividido por una guerra civil. El futuro de Occidente podía parecer, por tanto, relativamente prometedor. Pero todo cambió en pocos meses. Aecio había conseguido mantener a los diferentes pueblos bárbaros sujetos a la autoridad del emperador. Después de su muerte, esa capacidad desapareció.
Godos y vándalos comenzaron a ampliar sus territorios a costa del Imperio. En 455, Genserico llegó incluso a saquear a conciencia Roma y a llevarse incluso como rehenes a miembros de la familia imperial. Con Aecio muerte, ¿Quién habría podido impedir aquello sucediera?
| Genserico después de saquear Roma en el 455 se lleva consigo a Eudoxia, la viuda del emperador Valentiniano III, y a sus hijas. G. Rava |
Muchos de los hombres que protagonizarían los acontecimientos posteriores se formaron bajo su mando. Algunos eran romanos y otros tenían origen bárbaro. Entre ellos estaban Egidio, Ricimero, Mayoriano, Avito, Merobaudes o Segisvulto.
Una amistad que terminó en guerra
La relación entre Aecio y los hunos permite entender mejor que ninguna otra historia la complejidad del siglo V. Aecio no fue un romano que simplemente se enfrentó a los hunos. Fue mucho más que eso. Fue un joven romano que vivió entre ellos y aprendió su lengua y sus costumbres. Fue amigo de Ruga, Octhar, Beodic y Munyuk. Aprendió a montar y a luchar entre ellos. Mantuvo después relaciones con sus sucesores y encontró en los hunos refugio cuando perdió una guerra civil contra Bonifacio. Volvió a Occidente al frente de un ejército huno y gracias a ellos, recuperó su posición.
Durante años, aquellos guerreros lucharon a su lado contra godos, burgundios, francos y otros enemigos de Roma. Después, el mundo cambió. Ruga y Octhar murieron. La generación de Aecio desapareció. Munyuk había dejado paso a sus hijos. Bleda y Atila unificaron a todos los hunos de Europa bajo su mando y construyeron un poder mucho mayo que Atila decidió finalmente utilizar contra Occidente.
Entonces el hombre que había aprendido a hablar con los hunos tuvo que levantar un ejército para detenerlos. En los Campos Cataláunicos, Aecio derrotó a Atila.
Pero aquella victoria no fue el final de la historia. Atila sobrevivió, invadió Italia al año siguiente y solo su muerte en 453 permitió que el peligro huno desapareciera rápidamente. Aecio, por su parte, moriría asesinado en 454. Y quizá ahí se encuentre la clave de la figura de Aecio. Su grandeza no reside únicamente en haber derrotado a Atila. Tampoco en haber sido durante veinte años el hombre más poderoso del ejército romano de Occidente. Está en haber entendido su mundo mejor que muchos de sus contemporáneos romanos, demasiado apegados al discurso de contrarios romano-bárbaro que a esas alturas de la historia no se correspondía con la realidad.
Aecio sabía que Roma y los bárbaros no eran dos realidades completamente separadas. Sabía que un huno podía ser enemigo, pero también aliado. Sabía que un godo podía combatir contra Roma y, poco después, luchar en sus filas. Sabía que los mismos hombres que habían nacido más allá del limes podían convertirse en soldados del Imperio y defenderlo.
Y los hunos fueron el mejor ejemplo de esa forma de entender la política. Fueron sus amigos, sus soldados, su refugio, la base de su poder y finalmente fueron sus enemigos.
Aecio, formado entre ellos, terminó enfrentándose a Atila, el hijo del hombre con el que había compartido su juventud. Esa extraordinaria transformación resume, en buena medida, el mundo cambiante y mestizo del siglo V ,porque Aecio fue romano hasta el fina aunque para defender Roma tuvo que aprender a comprender a aquellos que vivían más allá de ella.
Aecio fue , más que él último romano, fue el último gran estratega romano de Occidente.
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