Godos y romanos en el Danubio (367-378)
El día en que el sistema romano comenzó a quebrarse
Durante buena parte del siglo IV, el Danubio no fue únicamente una frontera. También fue una zona de contacto, comercio, negociación y reclutamiento. Romanos y bárbaros combatían entre sí, pero también comerciaban, firmaban tratados y en muchos casos, servían juntos bajo las águilas imperiales.
Se trataba de una relación frágil, basada en la fuerza que cada una de las partes tuviera en un determinado momento. Dependía de que Roma pudiera mantener el control militar del limes, satisfacer a las élites godas y regular el tránsito de personas y mercancías. Mientras el Imperio conservaba la iniciativa, las tensiones podían contenerse. Pero cuando las derrotas, las rivalidades internas, las dificultades económicas y la presión de los hunos alteraron ese sistema, la frontera danubiana se convirtió en una fuente de problemas permanente.
El resultado sería una de las mayores catástrofes militares de la Antigüedad tardía: la derrota romana de Adrianópolis, en agosto del año 378, donde murió el emperador Valente. La batalla no destruyó por sí sola el Imperio romano, pero sí puso fin a una forma de gestionar las relaciones con los pueblos bárbaros. Desde entonces, godos, hunos y otros grupos dejaron de ser únicamente una cuestión de política exterior. Pasaron a formar parte de los problemas internos del Imperio, de sus ejércitos, de sus finanzas y de las luchas por el poder imperial.
Se tiende a olvidar que antes de llegar a Adrianópolis, es necesario reconstruir la cadena de acontecimientos que hizo posible aquel desastre.
¿Quiénes eran los godos?
La formación del pueblo godo fue un proceso largo y complejo. No se trata de una comunidad homogénea ni de un grupo étnico perfectamente definido en el sentido moderno. Los godos de finales del siglo IV fueron el resultado de la fusión de diferentes pueblos y comunidades, entre ellos tribus procedentes del norte, escitas, sármatas, bastarnos, dacios, romanos que habían abandonado el Imperio y otros grupos asentados en las regiones próximas al Danubio y el mar Negro.
| Ruta de emigración del pueblo godo hacia el sur con sus respectivas fechas. Fuente: arrecaballo.es |
Sus antepasados aparecen relacionados con los grandes movimientos de población que afectarán a Europa oriental desde las guerras marcomanas del siglo II. Durante el siglo III, los godos irrumpieron con fuerza en los territorios balcánicos y llegaron hasta las costas de Grecia y Asia Menor. En el año 251 derrotaron y mataron al emperador Decio en la batalla de Abrito, una de las derrotas más graves sufridas por Roma durante la crisis del siglo III.
Los godos no actuaron siempre solos. En sus incursiones participó junto a hérulos, carpos y bastarnos, aprovechando la debilidad de las defensas romanas y la inestabilidad política del Imperio. Entre los años 267 y 276, los emperadores Galieno, Claudio II y Aureliano consiguieron frenar su avance y devolverlos a la orilla septentrional del Danubio.
Roma pagó un precio muy elevado para recuperar el control de la región. En el año 271, el emperador Aureliano abandonó la provincia de Dacia, situada al norte del Danubio. La decisión respondía a una realidad estratégica: la provincia era difícil de defender y mantener, y su posición expuesta obligaba a Roma a dispersar unas fuerzas que necesitaba en otros frentes.
Tras la retirada romana, el antiguo territorio de Dacia se convirtió en una zona disputada por godos, sármatas, vándalos, gépidos y taifales. La frontera dejó de ser una línea claramente controlada por Roma y pasó a funcionar como un espacio de competencia entre pueblos, ejércitos y redes de poder.
La cultura de Cherniajov
En el siglo IV, los grupos que identificamos como godos ocupaban un extenso territorio de Europa oriental. Este espacio se extendía aproximadamente desde el río Donets, al este, hasta la actual Transilvania, al oeste, y desde el Bajo Danubio hasta las regiones próximas a Kiev.
La arqueología suele relacionar este mundo con la cultura de Cherniajov, una realidad cultural amplia y diversa, profundamente influenciada por el contacto con Roma. Sus asentamientos eran, por lo general, grandes poblados abiertos y sin fortificaciones permanentes. La población vivía principalmente de la agricultura, con cultivos de cebada, centeno, mijo, cáñamo, guisantes y lentejas. La ganadería también tenía importancia, especialmente la cría de bueyes, cerdos, cabras y aves.
No debemos imaginar, por tanto, a los godos exclusivamente como grupos de guerreros nómadas dedicados al saqueo. Una parte considerable de su población estaba formada por campesinos sedentarios, organizados en comunidades agrícolas y conectadas con los circuitos comerciales del mundo romano.
La sociedad presentaba desigualdades económicas. El poder estaba en manos de notables capaces de intervenir en los conflictos internos de una comunidad y en las disputas entre localidades. También existía un consejo de carácter sagrado para tomar decisiones relacionadas con el territorio y otros asuntos colectivos.
| Entierro típico de la cultura de Cherniajiv, hallado en Zaiachkivtsi en Podilia. Museo de Estudios Regionales de Vinnytsia |
La pertenencia a la comunidad no parece haber dependido únicamente del nacimiento. Según los testimonios conservados, podía bastar con participar en una comida ritual para integrarse en ella. Del mismo modo, la comunidad podía excluir a uno de sus miembros. Esta flexibilidad muestra que la identidad goda era menos rígida de lo que a veces se ha supuesto.
Ser godo no significaba necesariamente pertenecer a una población homogénea, de hecho aglutinaban bajo esa denominación a componentes étnicos muy variados. Era también formar parte de una red política, militar y religiosa muy extensa y poderosa.
Del enfrentamiento a la cooperación
Durante el siglo IV, los godos superaron parcialmente su antigua fragmentación y se organizaron en confederaciones más amplias. En ellas participaron grupos de origen germano, escita y dacio. Esta evolución aumentó su capacidad militar y política. Roma comprendió pronto que no podía limitarse a combatirlos de forma permanente. El emperador Constantino desarrolló una política destinada a reforzar el limes danubiano mediante fortalezas avanzadas, puentes sobre el río y campañas ofensivas dentro del territorio bárbaro.
Los puentes construidos por los romanos permitían a las legiones cruzar el Danubio y llevar la guerra al territorio enemigo. La frontera, por tanto, no era una barrera infranqueable, sino una zona que Roma pretendía controlar mediante una combinación de fortificaciones, expediciones militares y acuerdos diplomáticos. Después de varias campañas, Constantino impuso un tratado a los godos en el año 328. El acuerdo se inició con una parte de los tervingios, el pueblo godo más cercano al limes romano, dirigidos por Ariarico y dejó al margen a los tervingios vinculados a Alica, que habían apoyado a Licinio durante la guerra civil contra Constantino. El tratado fue beneficioso para Roma y para una parte importante de la aristocracia goda. Durante aproximadamente una generación, la situación se mantuvo estable. Roma obtuvo seguridad en su frontera y acceso a nuevos contingentes militares. Los godos, por su parte, pudieron comerciar con el Imperio y mantener relaciones económicas más regulares.
Muchos guerreros godos fueron reclutados por el ejército romano. La documentación administrativa imperial menciona unidades relacionadas con los tervingios y los godos, y otros guerreros se integraron en unidades romanas ya existentes.
Esta presencia goda en el ejército imperial demuestra que las relaciones entre Roma y los pueblos bárbaros no se redujeron a una lucha permanente. Las mismas personas que podían combatir contra el Imperio también podían servir bajo sus estándares si las circunstancias así lo determinaban.
Comercio, cristianismo y prosperidad
Las décadas comprendidas entre los años 340 y 360 fueron, aparentemente, un período de prosperidad para las comunidades situadas a ambos lados de la frontera.
Los godos vendían sus productos en territorio romano y obtenían a cambio bienes imperiales. El comercio permitiría acceder a artículos de lujo, metales, manufacturas y productos que no podían obtener fácilmente en sus propios territorios. Roma, a su vez, encontraba ventajas en mantener relaciones económicas estables con sus vecinos del norte.
El contacto también favoreció la difusión del cristianismo entre los tervingios. La religión cristiana no llegó a las comunidades godas como un fenómeno aislado, sino vinculado a comerciantes, prisioneros, soldados, diplomáticos y habitantes de las regiones fronterizas. La frontera del Danubio era, por tanto, un espacio de intercambio cultural. En ella circulaban mercancías, personas, ideas religiosas y modelos políticos. La influencia romana sobre los godos fue intensa, aunque no implicó una romanización completa de sus sociedades.
El equilibrio dependía de que ambas partes percibieran beneficios en la cooperación. Cuando una de ellas consideraba que el tratado era injusto, que su rival estaba debilitado por cuestiones internas o agresiones de otros pueblos o que la otra intentaba imponer condiciones excesivas, la paz podía romperse con rapidez.
El deterioro bajo Juliano
La situación comenzó a deteriorarse durante el reinado de Juliano. En el año 362, los godos solicitaron una mejora de las condiciones establecidas en sus acuerdos con Roma. Juliano rechazó sus peticiones y amenazó con lanzar una campaña punitiva contra ellos. Ante la presión imperial, los tervingios aceptaron inicialmente las condiciones romanas.
Sin embargo, la muerte de Juliano durante su campaña contra Persia en el 363 y el breve reinado de Joviano introdujeron mucha incertidumbre en el Bajo Danubio. El Imperio estaba debilitado y los godos lo vieron como una oportunidad y consideraron que el acuerdo que habían firmado había dejado de ser válido o que, al menos, ya no estaban obligados a cumplirlo en los mismos términos. Entre los años 362 y 363 habían proporcionado miles de guerreros para la campaña persa de Juliano. Tras la derrota y la muerte del emperador, interpretaron la situación como una oportunidad para recuperar su libertad de acción. Las incursiones godas afectarán a Escitia Menor, Tracia, Dacia Ripensis, Mesia y la Baja Panonia. La desaparición de Juliano dejó un vacío que afectó a todo el sistema diplomático del Danubio.
Valente y la guerra gótica
La llegada de Valente al trono de Oriente permitió estabilizar temporalmente la situación. Atanarico, juez de los tervingios, trató de justificar las actuaciones de su pueblo y solicitó un nuevo tratado. El acuerdo se firmó en el año 364.
La paz es dura poco. Al año siguiente, los tervingios intervinieron en la política interior romana. Atanarico proporcionó miles de guerreros al usurpador Procopio, un pariente lejano de Juliano que reclamaba el trono imperial.
Procopio que sehabía mantenido oculto durante un tiempo, consiguió hacerse con el control de Constantinopla con el apoyo de algunos cortesanos contrarios a Valente y de determinadas unidades militares que estaban de paso por Constantinopla, entre ellas los divitenses y los tungricani. Pero su movimiento fracasó. Abandonado por parte de sus tropas, fue derrotado, capturado y entregado a Valente, que ordenó su ejecución.
La participación de Atanarico en la rebelión colocó a los tervingios en una posición muy peligrosa. Valente tenía bajo su control aproximadamente miles de guerreros godos enviados a luchar por Procopio, que tras el fracaso de este habían quedado en manos romanas como prisioneros. El emperador estaba decidido a castigar a Atanarico y, al mismo tiempo, necesitaba pacificar el Danubio para concentrarse en la amenaza persa.
Las campañas de 367 y 368
En abril del año 367, Valente se desplazó al Danubio al frente de un ejército considerable. Cruzó el río cerca de la fortaleza de Dafne y penetró en territorio tervingio. Atanarico no estaba en condiciones de enfrentarse al emperador en una batalla abierta. La pérdida de sus guerreros prisioneros había debilitado su capacidad militar. Por ello, trató de refugiarse en zonas pantanosas y emplear una estrategia de hostigamiento y guerrilla.
Valente respondió con una campaña de devastación sistemática del territorio de los bárbaros. El ejército romano destruyó cosechas, poblados y recursos, y se ofrecieron recompensas por las cabezas de los guerreros godos. El objetivo era privar a los tervingios de los medios necesarios para sostener la resistencia. Los godos se retiraron hacia los Cárpatos, llevando consigo a ancianos, mujeres y niños. Allí encontraron bloqueado el paso por las fuerzas del magister militum Arinteo.
A finales del verano, Valente regresó al territorio romano con ganado, metales preciosos y millas de cautivos. La expedición había demostrado la superioridad militar romana, pero no había eliminado la amenaza goda.
En el año 368, Valente repitió la operación. Los tervingios seguían refugiados en las montañas de los Cárpatos, y el emperador buscó aliados entre los carpos, un pueblo dacio sometido hasta entonces a la influencia tervingia. Cuando supo que los greutungos, el otro gran grupo godo, dirigidos por el rey Hermanarico, estaban ayudando a los tervingios, Valente dirigió sus tropas hacia el Dniéster. Los greutungos y los tervingios, presionados por el avance romano, aceptaron presentar batalla y fueron derrotados. Las campañas de 367 y 368 debilitaron profundamente a los godos. La destrucción de sus recursos, la pérdida de guerreros y la interrupción del comercio y la división interna agudizada por la introducción del cristianismo en su versión arriana, hicieron cada vez más difícil mantener la resistencia.
El tratado de 369
Durante el invierno, los godosenviaron embajadores a Valente y solicitaron la paz. El acuerdo se firmó en diciembre del año 369.
Valente no podía prolongar indefinidamente la guerra. El conflicto con Persia requería su atención y las campañas danubianas habían supuesto un costo considerable. El emperador necesitaba estabilizar la frontera para poder concentrarse en Armenia e Iberia.
Atanarico y Valente se entrevistaron en una isla situada en medio del Danubio. Este tipo de escenarios tenía un importante valor simbólico: la isla o el barco podían considerarse espacios neutrales, situados entre dos mundos y fuera del control directo de cualquiera de las partes.
En fechas similares, Valentiniano, hermano de Valente, negoció con los alamanes en un barco situado en el Rin. La diplomacia imperial utilizaba estos espacios fluviales como lugares de encuentro entre romanos y bárbaros.
El tratado permitió a Atanarico conservar su dignidad. No tuvo que postrarse ante el emperador romano. Sin embargo, las condiciones fueron duras para los godos:
Los prisioneros godos enviados como apoyo al usurpador Procopio, fueron incorporados al ejército romano.
Roma dejó de entregar subsidios y regalos a los godos.
Se proyectó la construcción de una fortaleza romana en territorio tervingio.
El comercio quedó limitado a tres localidades ribereñas del Danubio lo que supuso que los intercambios pasaron a estar sometidos a una fiscalización más estricta.
Desde el punto de vista romano, el tratado reforzaba el control de la frontera y aumentaba sus ingresos. Desde el punto de vista godo, suponía una pérdida de autonomía y de recursos. La reducción del comercio dificultó el acceso a los bienes romanos. La desaparición de los pagos imperiales eliminó una fuente de riqueza fundamental para las élites godas. Y la presencia de una fortaleza romana en territorio tervingio constituía una amenaza permanente para el prestigio de Atanarico.
Atanarico fue cuestionado por su incapacidad para proteger a los tervingios frente a Roma. Para reforzar su posición, decidió perseguir a los cristianos, a los que consideraba una especie de quinta columna imperial dentro de la sociedad goda. La persecución no consolidó su autoridad y supuso una nueva división. Los tervingios tuvieron que elegir entre seguir a Atanarico o apoyar a nuevos líderes apoyados por Roma, entre ellos Fritigerno.
La guerra gótica de Valente había terminado con una victoria militar romana, pero sus consecuencias políticas eran mucho más ambiguas. Roma había derrotado a los godos en el campo de batalla, pero había contribuido a dividirlos y crear las condiciones para una nueva guerra civil.
El equilibrio conseguido en 369 era, en realidad, muy inestable. Los godos estaban empobrecidos, divididos y sometidos a restricciones. Las élites necesitan recuperar recursos y prestigio. Roma, por su parte, pretendía controlar cada vez más estrechamente el comercio y los movimientos de población. En ese contexto apareció un nuevo factor que transformaría por completa la situación: los hunos.
La irrupción de los hunos
Los hunos llevaban tiempo presionando a los godos greutungos, establecidos en las regiones orientales. Durante años, los greutungos habían conseguido contener su avance gracias a su unidad y a su capacidad militar. La situación cambió después de las derrotas godas frente a Valente. La guerra había provocado crisis económica, había debilitado la capacidad de respuesta militar de los godos y había agravado las divisiones internas. Ese debilitamiento permitió que los hunos sometieran a una parte importante de los greutungos.
Los hunos procedían de las estepas orientales y poseían una movilidad excepcional. Sus ejércitos se apoyaban en la caballería y en el uso de arcos compuestos o asimétricos, capaces de lanzar proyectiles a gran distancia mientras los jinetes mantenían una velocidad de maniobra superior a la de muchos ejércitos contemporáneos. Entre los años 372 y 375, los hunos terminaron con la resistencia organizada de los greutungos. Muchos vencidos fueron incorporados a las fuerzas hunas como guerreros. Otro escaparon hacia el oeste para evitar el sometimiento a los nuevos señores de las estepas.
El rey Hermanarico, derrotado en varias batallas y sin posibilidades de restaurar su poder, acabó suicidándose. La caída del antiguo dirigente simbolizó el hundimiento del orden político de los godos orientales.
La llegada de los hunos provocó un efecto dominó. Los alanos fueron sometidos o desplazados. Los greutungos huyeron. Los tervingios, que ya estaban debilitados por la guerra contra Roma, tuvieron que enfrentarse a una presión para la que no estaban preparados.
La huida hacia el Danubio
Una parte de los godos y alanos vencidos, encabezada por Alateo y Safrax, se dirigió hacia el Dniéster en busca de la ayuda de Atanarico.
Los tervingios intentaron frenar a los hunos y los alanos en una batalla nocturna, pero fueron derrotados. Atanarico no abandonó la resistencia. Reunió de nuevo a sus fuerzas y construyó una línea defensiva improvisada entre el Danubio y el río Geraso, identificada habitualmente con el Siret.
La defensa consistía en una zanja de tierra coronada por una empalizada. Sin embargo, las divisiones internas y las maniobras romanas impidieron que el ejército godo actuara con cohesión. La posición fue derrotada y los hunos continuaron su avance.
| Visigodos dirigiéndose al Danubio 375, para cruzar el río, iban huyendo de los hunos con sus familias y pertenencias. Autor Howard Gerard |
Atanarico intentó refugiarse en territorio romano, pero fracasó. Finalmente, regresó con sus seguidores a los Cárpatos, donde tuvo que enfrentarse también a sármatas, carpos y taifales.
Mientras tanto, sus rivales internos, Alavivo y Fritigerno, condujeron al grueso de la población hacia el Danubio. Según el relato transmitido por las fuentes, alrededor de doscientos mil godos se concentraron frente a la frontera romana para solicitar permiso de entrada.
No todos los refugiados eran guerreros. Los romanos se encontraban ante una masa de población compuesta por combatientes, campesinos, familias, ancianos y niños. Sin embargo, la administración imperial tuvo que gestionar el movimiento de millas de personas en un momento de enorme tensión militar. El Imperio no estaba preparado para una operación de esa magnitud.
Una oportunidad que se convirtió en amenaza.
Valente podía interpretar la llegada de los godos de dos maneras. Por un lado, los refugiados constituían un peligro inmediato. Si entraban armados, podían convertirse en un ejército hostil dentro del territorio imperial. Si se les concentraba en una zona sin alimentos, podía saquear las provincias para sobrevivir. Si se les dispersaba sin control, podría escapar de la autoridad romana. Por otro lado, también representaban una oportunidad. Los romanos necesitaban campesinos, contribuyentes y soldados. La incorporación de decenas de millas de personas podía reforzar la economía y el ejército del Imperio oriental.
Valente optó por aprovechar la oportunidad, pero lo hizo desde una posición de desconfianza y superioridad. Exigió a los godos que entregaran sus armas y que abandonaron la condición de foederati para convertirse en dediticii, es decir, personas sometidas directamente a la autoridad imperial. La diferencia era fundamental. Los foederati conservaban un grado mayor de autonomía y eran admitidos mediante acuerdos con sus dirigentes. Los dediticii quedaban subordinados al poder romano como vencidos o dependientes.
Mientras se desarrollaban las negociaciones, el número de refugiados aumentaba. A los tervingios dirigidos por Fritigerno y Alavivo se sumaron personas procedentes de otras comunidades del Barbáricum, empujadas hacia el Danubio por la presión de los hunos. El problema dejó de ser controlable para los funcionarios imperiales.
La corrupción de los funcionarios romanos.
Finalmente los godos fueron autorizados a cruzar el Danubio y se les asignaron lugares de asentamiento. Pero la administración romana no logró garantizar el abastecimiento de los refugiados ni mantener una vigilancia eficaz que evitara que estos entraran al Imperio armados. Los refugiados dependían de las autoridades imperiales para obtener alimentos y su supervivencia dependía de la capacidad y la honradez de los funcionarios romanos. sin embargo la realidad fue muy distinta. Algunos de los mandos militares y de los administradores encargados de alimentar, vigilar y proteger a los godos vieron en ellos una oportunidad de enriquecimiento. En vez de garantizar su alimentación, desviaron los pocos recursos disponibles y utilizaron la desesperación de los refugiados para obtener beneficios.
Las fuentes transmiten episodios extremos de explotación. A los godos se les habrían llegado a exigir a sus hijos un cambio de perros destinados al consumo. Aunque debemos valorar con cautela los detalles de los relatos antiguos, el episodio refleja la imagen de corrupción, abuso y abandono que las fuentes asociaron a la gestión imperial de la crisis.
La situación se volvió explosiva por varias razones más como que más bárbaros continuaron entrando en territorio imperial, la población local veía a los recién llegados como una amenaza y el ejército romano que estaba disperso en otros frentes era incapaz de controlar las acciones de pillaje de los bárbaros, clandestinos o no, en los territorios circundantes. La frontera danubiana se transformó en el escenario de una inmensa crisis humanitaria, militar y política.
El estallido de la guerra gótica en 377.
En el verano del año 377, la tensión acabó convirtiéndose en rebelión abierta. Lupicino, el militar romano encargado de la región, intentó enriquecerse a costa de los godos. Su gestión agravó la situación y provocó el enfrentamiento con los dos principales lideres de los godos Fritigerno y Alavivo.
Las fuerzas romanas fueron derrotadas cerca de Marcianópolis. La victoria permitió a los bárbaros abandonar las zonas en las que habían sido concentrados y extenderse por Tracia y Mesia, sembrando de fuego, destrucción y muerte los campos romanos.
El movimiento no fue una invasión planificada desde el exterior. Fue, en buena medida, el resultado de una crisis generada dentro del propio territorio imperial. Roma había permitido la entrada de los godos, pero después no había sido capaz ni de alimentarlos ni de integrarlos. La rebelión se expandió mientras el Imperio tenía sus fuerzas comprometidas en otros frentes. Parte del ejército oriental combatía en Armenia. Otras unidades estaban ocupadas reprimiendo a los isaurios o enfrentándose a los sarracenos de la reina Mavia.
A la crisis tervingia se sumaron grupos greutungos y alanos dirigidos por Famovio, Viterico, Safrax y Alateo. También participaron taifales, carpos, sármatas, esciros y mercenarios hunos. El Danubio dejó de ser una frontera segura. Grandes grupos de bárbaros cruzaron el río y se desplazaron por las provincias imperiales que ardían indefensas ante el empuje de los invasores.
Valente intenta cerrar la brecha
La situación obligó a Valente a actuar con rapidez. El emperador tuvo que firmar la paz con Mavia para liberar tropas destinadas al frente oriental y enviarlas hacia el Danubio. El pacto se selló con importantes ventajas para los sarracenos que a cambio de la paz y de aportar contingentes de su caballería obtuvieron importantes ventajas políticas y económicas del emperador. El acuerdo incluyó la boda entre la hija de Mavia y uno de los principales oficiales de Valente, el sármata Víctor.
Desde Armenia fueron trasladados los generales Profuturo y Trajano, al frente de varias legiones y unidades auxiliares. Graciano, emperador de Occidente, también envió refuerzos desde Panonia dirigidos por su general Ricomeres.
Con este núcleo de tropas, Roma intentó contener a los bárbaros. El primer intento fracasó. El segundo condujo a la batalla de Ad Salices, librada en el año 377 a unos quince kilómetros de Marcianópolis. La batalla fue sangrienta y terminó favoreciendo a los romanos, pero no resolvió el problema. Las fuerzas de Fritigerno no fueron expulsadas de Tracia y conservaron capacidad para continuar la guerra. Ricomeres comprendió que la magnitud de las fuerzas bárbaras era mayor de lo que se había calculado y regresó junto a Graciano para solicitar nuevos refuerzos.
La victoria romana de Ad Salices fue, por tanto, limitada. Roma podía imponerse en un enfrentamiento concreto, pero no disponía todavía de una estrategia capaz de destruir o integrar a todas las fuerzas que habían cruzado el Danubio.
Graciano y la presión en Occidente
Mientras Valente combatía en Oriente, Graciano tenía que enfrentarse a los alamanes en el Rin y el Danubio. En mayo del año 378, derrotó a los lentienses, una tribu alamana que había puesto en peligro la frontera occidental. Esta victoria le permitió dirigirse hacia el este para socorrer a su tío Valente.
Antes de poder continuar, sin embargo, Graciano enfermó en las proximidades de Sirmio. Además, algunas bandas de alanos atacaron sus fuerzas y dificultaron el avance. La situación era crítica en todo el Imperio. Los problemas no se limitaban al Bajo Danubio. La presión de los hunos había alterado el equilibrio del Barbáricum y había desencadenado movimientos de población que afectaban incluso a las fronteras del Rin, del Danubio y de Oriente. Roma ya no se enfrentaba a un único enemigo claramente identificable. Se encontró ante una cadena de conflictos relacionados entre sí, en la que cada derrota o desplazamiento generaba nuevas amenazas.
Adrianópolis: el final de un equilibrio
Cuando Valente decidió enfrentarse a los godosen 378, el Imperio todavía conservaba ejércitos poderosos y generales experimentados. Roma no era una potencia moribunda incapaz de combatir. Pero su sistema político y militar se encontró sometido a una presión extraordinaria.
La derrota de Adrianópolis fue el punto de inflexión. El ejército romano de Oriente sufrió una catástrofe y el emperador Valente murió en el campo de batalla.
El desastre tuvo consecuencias inmediatas y profundas. Roma perdió una parte importante de sus fuerzas, pero también perdió la capacidad de imponer unilateralmente sus condiciones a los godos. A partir de entonces, los acuerdos con las comunidades bárbaras tuvieron que negociarse desde una posición mucho más equilibrada que implicaba por primera vez reconocer la entidad política de los asentamientos bárbaros dentro del territorio imperial y la asistencia d estos al emperador en calidad de aliados, no de súbditos.
La frontera danubiana ya no podía gestionarse únicamente mediante campañas punitivas. Roma tendría que recurrir con mayor frecuencia a tratados, asentamientos, reclutamientos y acuerdos con líderes bárbaros.
El mundo romano no desapareció en Adrianópolis. Pero el sistema que había permitido a Roma controlar la relación con los godos quedó destruido.
La historia de los godos y Roma en el Danubio demuestra que la frontera imperial no era una simple separación entre civilización y barbarie.
Los bárbaros comerciaban con los romanos, servían en sus ejércitos, adoptaban elementos de su cultura y recibían influencias cristianas. Al mismo tiempo, podían combatir contra el Imperio, cruzar sus fronteras y desafiar a sus emperadores. Roma necesitaba a los bárbaros tanto como los bárbaros necesitaban a Roma. El Imperio requería soldados, contribuyentes y estabilidad en sus fronteras. Los pueblos del otro lado del Danubio buscaban una mejor vida, seguridad, mercados y protección frente a enemigos más poderosos. El sistema funcionaba mientras existiera un equilibrio entre intereses y fuerzas. Cuando Roma dejó de poder garantizar la seguridad, administrar los recursos y respetar los acuerdos, la cooperación se transformó en conflicto.
Los hunos no fueron la única causa de la crisis. Su llegada desencadenó la ruptura del orden anterior, pero las condiciones que hicieron posible el desastre ya estaban presentes. Las guerras de Valente habían debilitado a los godos; las restricciones comerciales habían empobrecido a sus élites; las rivalidades religiosas habían dividido a los tervingios; y la corrupción romana convirtió la entrada de refugiados en una rebelión. Adrianópolis fue, en definitiva, el resultado de una crisis fronteriza que se había convertido en una crisis imperial.
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