Un texto de Federico Romero Díaz para Historia y Roma Antigua.
Cuando Constantino el Grande murió en el año 337, dejaba tras de sí un Imperio más poderoso que el que él mismo había recibido, una nueva capital en Oriente, una dinastía asentada y la impresión de haber encontrado por fin, una fórmula estable para el poder imperial. Nada más lejos de la realidad. Dejaba algo mucho más peligroso: demasiados herederos, demasiadas ambiciones contenidas y ninguna regla verdaderamente clara para gestionar la sucesión. La aparente solidez ocultaba una enorme fragilidad. Constancio II iba a descubrirlo muy pronto. Aunque durante siglos haya vivido a la sombra de su padre y eclipsado por el carisma posterior de su primo Juliano el Apóstata, Constancio II fue el más "exitoso" de todos los hijos de Constantino, . No poseía ni el magnetismo militar de su padre ni el carisma y brillo intelectual de Juliano, pero sí una cualidad decisiva en el siglo IV: un extraordinario instinto de supervivencia en un sistema donde casi todos los sucumbían a manos de generales ambiciosos, familiares incómodos o cortesanos intrigantes. Normalmente un emperador se preocupaba más del peligro "interno" que de los bárbaros que pudieran amenazar las fronteras del Imperio. Su gobierno( 337-361) fue largo, complejo y profundamente marcado por la desconfianza, hasta el punto de que la sospecha terminó convirtiéndose en un verdadero método de gobierno.
| Constancio II hace su entrada en Roma en el 356 |
La primera gran sombra de su trayectoria aparece inmediatamente después de la muerte de su padre. En aquellos días de incertidumbre, mientras todavía no estaba claro cómo iba a organizarse el poder entre los descendientes de Constantino, se produjo una de las purgas familiares más violentas de toda la historia imperial romana. Varios miembros de la familia constantiniana fueron asesinados en cadena: Dalmacio, Anibaliano, Julio Constancio —padre de Juliano— y otros parientes cercanos desaparecieron en cuestión de días. Las fuentes antiguas fieles a la propaganda imperial, presentan aquellos hechos como una reacción militar espontánea, un ajuste de cuentas protagonizado por soldados fieles al recuerdo de Constantino, temerosos de que el poder se fragmentara. Pero resulta difícil aceptar esa explicación sin reservas. La selección de víctimas fue demasiado precisa y el resultado demasiado útil para los hijos de Constantino, especialmente para Constancio II, que en Oriente era quien tenía una posición militar más fuerte.
Aunque nunca pudo probarse de manera concluyente una orden directa, casi toda la tradición historiográfica posterior considera que Constancio, al menos, permitió aquella matanza. En realidad, desde el punto de vista político, el cálculo era evidente: cuantos menos varones de sangre imperial sobrevivieran, menos focos de legitimidad alternativa existirían en el futuro. Solo tres niños escaparon de aquella limpieza dinástica: Nepociano, Galo y Juliano, salvados probablemente por su edad. Crecerían bajo vigilancia, apartados del centro del poder, pero todos terminarían reapareciendo de forma decisiva en la historia del Imperio romano.
El reparto inicial del Imperio pareció ofrecer una solución ordenada. Constantino II recibió Occidente, Constante Italia y África, mientras Constancio II quedó al frente de Oriente. Sobre el papel, la dinastía mantenía el control de todo el espacio romano. En la práctica, la coexistencia duró poco. Constantino II, el hermano mayor, pronto intentó imponer una tutela sobre Constante, todavía joven, y terminó lanzándose a una invasión de Italia que acabó mal para él: murió en una emboscada en el año 340. Aquella muerte alteró por completo el equilibrio. Constante pasó a controlar prácticamente todo Occidente, mientras Constancio II se consolidaba en Oriente.
La relación entre ambos nunca llegó a convertirse en guerra abierta, pero estuvo marcada por una tensión latente que tenía además una dimensión religiosa cada vez más visible. Mientras Constante apoyaba con mayor claridad a los defensores del credo niceno, Constancio II se inclinaba hacia posiciones próximas al arrianismo, o al menos hacia fórmulas teológicas intermedias que buscaban reducir el conflicto dentro del cristianismo imperial. No se trataba solo de religión: en el siglo IV, cada definición doctrinal implicaba alianzas políticas, apoyos episcopales y capacidad de control ideológico. Intervenir en los debates religiosos también era una forma de gobernar que en este momento separaba a Occidente de Oriente hasta un límite que se acercó a la guerra civil. Solo los problemas con Persia en oriente y con los germanos en el Rin evitaron la lucha armada entre los hermanos. En Oriente, Sapor II mantenía una presión casi permanente sobre las fronteras mesopotámicas. La guerra contra Persia condicionó gran parte del reinado de Constancio II y explica muchas de sus decisiones internas: necesitaba estabilidad política porque el frente oriental no permitía distracciones prolongadas. En Occidente el problema era mucho mayor aún. Llegaba en forma de usurpación y se llamaba Magnencio. Era un oficial de origen bárbaro, muy bien conectado con los cuadros militares occidentales que aprovechó el profundo desgaste político de Constante (derivado de su política fiscal, de persecución del paganismo) y organizó un golpe de Estado que terminó con el asesinato del emperador en el 350. De pronto, Constancio II se encontraba ante una situación clásica pero letal: un general con legitimidad militar, control de Occidente y capacidad para presentarse no como simple rebelde, sino como corrector de un mal gobierno.
La reacción de Constancio fue lenta porque Persia seguía exigiendo toda su atención, pero cuando pudo actuar lo hizo con enorme frialdad. Antes de enfrentarse a Magnencio, tuvo que neutralizar otra usurpación simultanea casi en el tiempo: la proclamación de Vetranio en los Balcanes. Se trataba de una rebelión de carácter legitimista encabezada por un viejo militar ilirio que siempre se había mostrado fiel a la casa de Constantino, apoyado probablemente por Constantina —hermana de Constancio—. Vetranio representaba una solución transitoria para impedir que Magnencio controlara también aquella zona. Constancio logró resolverlo mediante una escena casi teatral. se reunió con él y de una manera teatral, delante de ambos ejércitos, habló a las tropas, recordó la memoria de Constantino y consiguió que Vetranio fuera abandonado por sus propios soldados. Fue depuesto, pero sorprendentemente no ejecutado, sino retirado con dignidad a una cómoda vida en el campo. Esa decisión revela un rasgo interesante de Constancio: sabía cuándo la clemencia podía ser más útil que la sangre.
Con Magnencio, en cambio, no hubo espacio para la indulgencia. La gran confrontación llegó en Batalla de Mursa Major (351), una de las batallas civiles más sangrientas de toda la Antigüedad tardía. La victoria de Constancio fue clara, pero el precio fue espantoso: unos 50.000 soldados romanos muertos en combate. Aquella victoria salvó su trono, pero debilitó gravemente la capacidad militar imperial. Heather insiste precisamente en esa paradoja: el Imperio sobrevivía a sus guerras civiles, pero cada guerra civil dejaba cicatrices estratégicas que luego pagaban las fronteras. Magnencio aún resistió un tiempo, hasta su derrota final y suicidio en 353.
Convertido ya en único emperador, Constancio II parecía haber alcanzado el poder absoluto, la posición soñada por cualquier augusto romano. Fue precisamente entonces cuando se hizo más visible el ambiente de sospecha permanente que rodeaba su corte. El ambiente en la corte imperial se hizo casi asfixiante. Eunucos, secretarios, notarios y agentes de información ganaron un peso enorme. Figuras como Paulo Catena simbolizan esa atmósfera: funcionarios especializados en construir acusaciones, enlazar delaciones y fabricar procesos políticos. La sensación, transmitida por Amiano Marcelino, es la de un emperador rodeado de hombres que vivían de alimentar su miedo.
Ese miedo tenía raíces profundas. En Roma, un general victorioso podía convertirse en emperador con demasiada facilidad. Precisamente por eso Constancio necesitó recurrir a su propia familia, aunque desconfiara de ella. Así apareció la figura de Galo, uno de los supervivientes de la matanza del 337. Nombrado César y enviado a Oriente, parecía una solución práctica: un pariente cercano que gobernara Antioquía mientras el emperador atendía otros frentes. Pero Galo, al que Constancio casó con su intrigante hermana Constantina, pronto mostró un estilo brutal, arbitrario y políticamente torpe. Las élites urbanas se quejaron, los funcionarios alertaron y la corte empezó a interpretar sus movimientos como una posible amenaza. El desenlace fue previsible: convocado a Occidente, fue arrestado y ejecutado en Pola en 354. Constancio eliminaba así otro posible foco de legitimidad familiar.
El siguiente episodio demostraría hasta qué punto el sistema podía fabricar enemigos incluso donde no los había. Silvano, general competente y leal que se había pasado del bando de Magnencio al de Constancio II en plena batalla de Mursa, acabó proclamado emperador en la Galia no por ambición inicial, sino porque creyó que iba a ser destruido por una conspiración palaciega basada en documentos manipulados. Duró apenas unas semanas antes de ser asesinado. Pero el episodio es revelador: bajo Constancio II, a veces no era la usurpación la que producía sospecha, sino la sospecha la que acababa produciendo la usurpación.
| Juliano(( Il. Ken Broeders. Cómic El Apóstata. Yermo Ediciones) |
Ese mecanismo terminaría alcanzando a Juliano. Cuando Constancio lo nombró César en 355, probablemente creyó estar eligiendo a un intelectual inofensivo, un príncipe sin experiencia militar al que sería fácil controlar. Juliano llevaba años apartado, dedicado a estudios filosóficos, casi un superviviente improbable de una familia que había aprendido demasiado pronto el precio del poder. Pero el joven César demostró enseguida talento inesperado en la Galia. Su brillantes campañas contra los germanos y sobre todo su gran victoria en Batalla de Argentoratum (357) frente a los alamanes, lo convirtieron en un nombre prestigioso dentro del ejército.
Y ahí surgió el problema inevitable: en Roma, el prestigio militar era siempre una invitación al trono. Cuando Constancio ordenó trasladar tropas galas al frente oriental en 360, las legiones reaccionaron en contra y proclamaron Augusto a Juliano. Formalmente era una usurpación. En la práctica, era el mismo mecanismo político que llevaba siglos funcionando: el ejército convertía a un general exitoso en emperador potencial. Juliano avanzó hacia Oriente mientras Constancio preparaba la respuesta. Todo hacía pensar en otra sangrienta guerra civil. Pero el destino intervino antes. En noviembre del 361, Constancio II enfermó gravemente durante la marcha para encontrarse con el ejercito de su primo. Murió antes de poder enfrentarse a Juliano. Antes de morir reconoció a Juliano como sucesor. Ese generoso gesto final evitó un nuevo baño de sangre entre los dos miembros de la familia constantiniana.
Su muerte cerraba una vida política marcada por la vigilancia constante, el cálculo y el miedo. Fue un emperador acusado de dureza, responsable de purgas, obsesionado por controlar cada posible rival, pero también un gobernante que logró mantener unido el Imperio durante casi un cuarto de siglo en una época particularmente peligrosa. Sin él, probablemente la estructura imperial habría cedido mucho antes. Sin embargo, también dejó un sistema profundamente intoxicado por la sospecha. Constancio II no fue un gran conquistador ni un reformador brillante. Fue, sobre todo, un superviviente. Y en el siglo IV romano, sobrevivir ya era una forma extraordinaria de victoria.
1. LA BATALLA DE MURSA (351). UNA INÚTIL Y CRUEL CARNICERÍA.


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