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lunes, 22 de junio de 2026

LA EXTRAORDINARIA VIDA DE AGRIPINA LA MAYOR. ODIADA POR TIBERIO PERO AMADA Y RECORDADA POR LOS ROMANOS

 

AGRIPINA LA MAYOR. LA MUJER QUE DESAFIÓ A UN EMPERADOR Y AL IMPERIO

 Un texto de Marcos Uyá Esteban para Historia y Roma Antigua.

Trece años después de que Octavio se convirtiera de manera triunfante en Augusto y en el flamante primer emperador de Roma, y ésta dejara de ser una república para convertirse en el imperio más importante de la Antigüedad, vino al mundo Agripina la Mayor en Atenas, la cuarta hija de Julia la Mayor, hija de Augusto, y de Marco Vipsanio Agripa, compañero de fatigas y batallas del citado Augusto, y también experto en traer niños al mundo de una manera prodigiosa y asombrosa, tantos, que ni siquiera las fuentes de la época, como la de Suetonio en su Vida de los Doce Césares, o investigadores de renombre tales como Reinhold o Pollini se ponen de acuerdo en el número de descendientes que tuvo y con quién.


 Encadenada a una sociedad patriarcal

No en vano, para Agripa, era la tercera vez que contraía nupcias después de los matrimonios fallidos con Cecilia Ática y Marcela la Mayor, sobrina de Augusto, hasta que por orden del emperador finalmente casó con Julia. Como veis, Augusto no solo ponía orden en la escena política, sino que también dirigía los entresijos familiares y ordenaba casamientos a discreción, y en los que nadie era capaz de cuestionar las decisiones que tomaba al respecto el también llamado “primero entre iguales”, en las que entre ellas estaba la de fomentar la natalidad fuese al precio que fuese.

La infancia de nuestra protagonista no fue en exceso feliz. A los dos años murió su padre y creció en una estricta familia en la que Augusto siempre estaba pendiente de lo que las mujeres debían de hacer o no, debido a su excesivo celo y control para que moralmente llevasen una vida intachable y no cayesen en las garras del adulterio, cuyas leyes en contra eran bastante severas, incluyendo destierros y desaprobación social. 

Agripina llega a Italia con las cenizas de Germánico y su pequeño hijo Cayo( Calígula)

En este contexto, Agripina, junto con su hermana Julia la Menor, fueron educadas de manera estricta, aprendiendo cómo ser una buena ama de casa y todas las materias asociadas a la vida doméstica, en especial la de tejer lana, ya que Augusto vestía con prendas sólo hechas por las mujeres de su familia.

Tuvo que soportar como su hermana, y también su hermano, Agripa Póstumo, que nació después de la muerte su padre, de ahí su sobrenombre, fueron enviados al exilio. La primera, por tener una supuesta aventura amorosa con un senador romano, lo que chocaba con la moralidad que predicaba Augusto, y el segundo por conspirar contra el emperador, aunque existe la posibilidad de que Livia, la esposa de Augusto, pensase que era un rival por el trono en contra de su hijo Tiberio e interviniera para alejarlo de una posible sucesión. Por si fuese poco, Agripina también hubo de soportar el exilio de su madre, que tuvo relaciones con Julo Antonio, hombre de confianza de Augusto. Todo esto forjó el carácter de Agripina, una mujer que, en el futuro,
demostraría que no estaría bajo el dominio del paternalismo familiar que tanto pregonaba Augusto.

Su idilio con Germánico

Con apenas 18 años se casaría con Germánico, nieto de Livia y sobrino de Tiberio. Augusto siempre tuvo ojitos para él, y llegó a considerarlo como su sucesor, aunque finalmente adoptaría a Tiberio con la condición de que este tuviese a Germánico como el siguiente heredero al trono imperial. Lo bueno de este matrimonio, y algo nada común, es que ambos estaban enamorados, y fruto de esa relación llegaron a tener hasta nueve hijos, de los cuales sólo seis llegaron a la edad adulta, destacando Nerón César, que acabaría siendo desterrado por traición, Agripina la Menor, futura esposa del emperador Claudio y madre de Nerón, y el siempre controvertido Calígula que también llegaría al trono imperial.

Germánico, que estaba construyendo un brillante cursus honorum a través de sus campañas militares,

como la de Panonia o ejerciendo el consulado en Roma, pasaba mucho tiempo fuera del hogar, y Agripina, consciente de ello, tomó la drástica decisión de acompañarlo, contando, todo hay que decirlo, con el permiso del emperador Tiberio. Aún así, en la sociedad romana de la época y más tras las leyes de marcado carácter moral y tradicional de Augusto, era visto como algo impropio para una mujer acompañar a su esposo al campo de batalla, ya que debía de estar en el hogar al cuidado de los hijos y haciendo actividades domésticas. Esto le granjeó simpatía y animadversión a partes iguales, pero gracias a su fuerte carácter e independencia, se saltó los convencionalismos de la época y estuvo siempre con su marido.

Dotes de mando e inteligencia

De hecho, la estancia en Germania de Agripina hace que podamos observar el verdadero carácter de esta mujer adelantada a su tiempo. En aquel momento, Roma clamaba venganza tras el desastre de Teutoburgo acaecido en el año 9 d. C., en donde el infame Publio Quintilio Varo perdió para siempre tres legiones romanas. Augusto murió en el año 14, y Tiberio, su sucesor, tardó en tomar el poder, hecho que propició que algunas legiones se rebelasen tras conocer que Augusto, antes de morir, había ampliado el servicio en el ejército romano de dieciséis a veinte años. Germánico, entonces gobernador de la Galia, tuvo que poner orden con éxito. En aquel momento, Agripina, teniendo en su regazo a Calígula con apenas dos años y embarazada de Cayo, quiso seguir a su marido con vehemencia, pero por seguridad fue enviada a la Galia Bélgica junto con los tréveros, si bien Dion Casio, en su Historia Romana, cuenta que Agripina y Calígula fueron cogidos como rehenes por parte de los soldados amotinados y liberaron a Agripina por estar embarazada. Tras estos levantamientos, Germánico después lanzaría una ofensiva contra las tribus germanas. 


En una de ellas se desencadenó la conocida batalla de los Puentes Largos, llamada así porque décadas atrás había sido construida una calzada de tablones de madera en un lugar pantanoso, ideal para emboscadas. En la mencionada batalla, cuatro legiones dirigidas por Aulo Cecina Severo se enfrentaron a Arminio, el héroe de Teutoburgo. Los romanos fueron emboscados pero lograron salvarse y ganar la batalla. Es aquí donde Agripina entra en escena. Las cuatro legiones, exhaustas, volvieron hacia el Rin, concretamente a Castra Vetera, y tenían que atravesar el río, unido en ese momento sus dos extremos a través de un puente de botes, que eran puentes militares en donde se alineaban pequeños botes en paralelo y en ellos se ponían tablones de madera para crear un paso estable. Sin embargo, corrió el rumor de que dichas legiones habían perdido la batalla y el comandante romano de Vetera pensó que lo mejor era destruir el puente, temiendo que Arminio lo usase. Según Tácito en sus Anales, Agripina se opuso y esperó en la orilla pacientemente a que los romanos regresaran, en donde los recibió junto con Calígula para repartir ropa y medicinas a los extenuados y heridos soldados. Tácito cuenta que cuando llegó esta noticia al emperador Tiberio, lo tomó casi como una ofensa, ya que consideraba que Agripina tenía más autoridad y poder que los propios generales y legados romanos, y eso en una mujer, estaba muy mal visto. Tácito también estaba de acuerdo con esta postura.

 Las campañas en Germania acabaron con la victoria romana y la celebración de un triunfo en la capital del imperio en honor a Germánico. Sin embargo, la creciente popularidad del general y de su esposa, muy queridos por el pueblo, no sentó nada bien a Tiberio, quién ordenó enviar a Germánico a Siria con la supervisión de un hombre de confianza del emperador: Cneo Calpurnio Pisón, acompañado de su esposa Munacia Plancina. Una vez allí, Agripina y Plancina no se toleraron y esa incipiente enemistad también caló entre Germánico y Pisón. Se cree, según Tácito, que Livia estuvo detrás de todo ello y que, a través de Tiberio, envió expresamente a Plancina para que Agripina no volviese a ser de nuevo protagonista como lo había sido en el Rin, y crear un cisma entre su marido y Germánico.

Tras un recorrido por las provincias orientales para su supervisión, Germánico enfermó tras su vuelta a Siria, y los rumores de envenenamiento no tardaron en aparecer, siendo los principales sospechosos Pisón y Plancina como Germánico señaló en su lecho de muerte. Sea como fuere, ya que tampoco es descartable que muriese por disentería, pidió que vengaran su muerte, algo que Agripina, consciente de lo que se jugaba, estaba dispuesta a hacer a cualquier precio.

Envidiada por Tiberio

El regreso a Roma de Agripina con las cenizas de Germánico fue apoteósico. El pueblo romano lloraba la muerte del general y Tiberio y Livia no acudieron al funeral, avivando los rumores de que realmente el fallecimiento no fue de manera natural. Agripina, compungida, desconsolada y deseosa de cumplir los deseos de su difunto marido, instó a Tiberio a que Pisón y Plancina fueran juzgados y condenados.

El emperador, si no quería levantar sospechas, no tuvo más remedio que aceptar el juicio, y Pisón fue obligado finalmente a suicidarse mientras que Plancina fue salvada por intervención de Livia, lo que desató de nuevo los rumores de que la viuda de Augusto estaba detrás de todo el complot. El juicio contra Pisón distorsionó por completo las relaciones entre Agripina y Tiberio, que quedaron rotas para siempre, relaciones que ya venían deterioradas, puesto que, justo tras la muerte de Augusto y la llegada de Tiberio al trono, sucedieron las muertes de Julia la Mayor, su madre, y de su hermano Agripa Póstumo, ambas en extrañas circunstancias y tal vez por órdenes del propio Tiberio, aprovechando el vacío de poder dejado por su antecesor y por estar resentido aún del matrimonio que tuvo con Julia, obligado por Augusto a casarse con ella tras la muerte de Agripa.

En efecto, los siguientes años fueron un auténtico suplicio para Agripina. La desconfianza hacia el emperador no dejó de acrecentarse, más cuando el prefecto del pretorio de aquel entonces, el infame Lucio Elio Sejano, intercedía para que la relación entre ambos, si es que aún existía, cada vez fuera más distante. De hecho, la nieta de Augusto, a pesar de que a veces acudía a los banquetes oficiados por Tiberio, jamás probaba plato pensando en un posible envenenamiento. En una ocasión, el mismo Tiberio le ofreció una manzana y Agripina, sin probarla, se la dio a uno de sus esclavos. Tiberio se enfadó profusamente, pero ella no confiaba en él. Sejano pudo estar detrás del complot en confabulación con Tiberio con el objetivo de eliminar a Agripina. 

 Tiberio y Sejano en la serie Yo Claudio. 

Otro episodio, recogido también por Tácito, que mostró la enorme distancia sideral entre ambos, ocurrió cuando el propio emperador veneraba una estatua de Augusto. Agripina, en un ataque de orgullo, lo tachó de hipócrita, ya que le ofendía que le ofreciera sus respetos pero a la vez, siendo ella la única descendiente directa de Augusto viva, le hiciera la vida imposible. Tiberio, en un momento de lucidez, le contestó, según  Suetonio, a través de un verso griego la siguiente frase: “si no reinas, ¿te das por ofendida?”. Había un trasfondo en todo ello, la lucha por la sucesión imperial. Agripina intentó que su hijo Nerón César (no confundirlo con el emperador Nerón) fuera nombrado sucesor, pero entre que Sejano se lo impedía y había otro candidato, Druso Gemelo, nieto de Tiberio, y por tanto, descendiente directo, era muy difícil tal apuesta.

 Si te opones, te destierro

Y llegó el fatal desenlace para Agripina en el año 29. Tiberio, junto con Sejano, acusaron a ella y su hijo Nerón César, a través de varias cartas, como traidores ante el Estado romano, con el agravante de que además a Nerón lo tacharon de homosexual, pero el Senado rechazó tales cargos y el emperador, movido por la ira y la envidia, reclamó el juicio para sí mismo, y ambos acabaron condenados al exilio en la isla de Pandataria, el mismo lugar en donde su madre Julia la Menor y Agripa Póstumo pasaron sus últimos días.


 Pandataria, rodeada de aguas turquesas, dentro del archipiélago de las islas Pontinas, situada en el mar Tirreno y cerca de la región de Campania. Un lugar paradisíaco en teoría, pero convertido en una cárcel al aire libre sin salida.

Agripina, interpretada por Fiona Walker en Yo Claudio
Allí, Agripina siguió mostrando su gran carácter y firmeza. Escribía cartas a Tiberio reprochando su infame comportamiento y eso le valió que el emperador mandase azotarla y perdiera un ojo a manos de un centurión. Como protesta quiso dejarse morir de hambre, pero fue alimentada a la fuerza, aunque finalmente logró alcanzar su propósito. Su hijo Nerón César también murió de hambre, mientras que otro de sus hijos, Druso César, posteriormente también acusado de traición por Tiberio, murió de la misma manera encerrado en la cueva del monte Palatino, aunque se cuenta que para intentar sobrevivir, según Suetonio, intentó comerse las plumas de su colchón. 

Y así acabó la vida de esta increíble mujer valiente, independiente, culta y decidida, muy querida por el pueblo romano pero desgraciada ante los ojos de quién mandaba, el emperador, encarnado en las figuras de Augusto y Tiberio. Giovanni Boccacio en el siglo XIV en su obra De mulieribus claris y Robert Graves en la archiconocida novela adapatada a la televisión Yo, Claudio, nos dejaron el legado de esta mujer fascinante, fiel a la dinastía creada por Augusto, pero con una determinación ciega a la hora de intentar que su esposo Germánico, primero, y su hijo Nerón César, después, llegaran a ser emperadores. No lo consiguió, pero dejó su huella en la historia como una de las mujeres que pervivieron en la memoria de un pueblo, el romano, que tanto la amaba y la quería.

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