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sábado, 22 de agosto de 2020

POMPEYA Y LA CRUEL NATURALEZA

POMPEYA Y LA CRUEL NATURALEZA

Escrito por Marcos Uyá Esteban



Aquel 24 de agosto (u octubre) del año 79, la vida para los habitantes de Pompeya y la ciudad misma cambió para siempre. El azar y el destino quisieron que uno de los mayores volcanes con más actividad del planeta rugiera con todo su poder aquella mañana de tal manera que no solo llegaría a sepultar Pompeya, sino a la vecina ciudad de Herculano, también a Oplontis y causaría daños graves en Estabia. El horror de aquellos habitantes que intentaban huir despavoridos a todas direcciones para salvar su vida, fue uno de los episodios más trágicos y negros de la historia de Roma, una puñalada mortal en pleno corazón de Italia, y más para la capital, Roma, que estaba expectante para la inauguración del flamante Anfiteatro Flavio, conocido como el Coliseo. En este pequeño artículo vamos a desgranar qué es lo que ocurrió exactamente.

Una tambaleante ciudad

La ciudad de Pompeya tuvo sus orígenes probablemente en el siglo VI a. C. Situada en la región de Campania, en las fértiles faldas del monte Vesubio y resguardada por el golfo de Nápoles, fue construida encima de restos de erupciones anteriores y tenía al río Sarno como eje hacia el mar, protegido por lagunas que propiciaban el desembarco de mercancías, que en aquellos tiempos estaba más cerca que en la actualidad. Alcanzó cierta relevancia hacia el año 80 a. C. cuando el dictador Lucio Cornelio Sila, la convirtió en colonia con el nombre de Colonia Cornelia Veneria Pompeiorum, a pesar de que sus habitantes habían luchado en contra de él, pero fue el método de ganarse adeptos, transformando la ciudad con un estatus jurídico superior y dando la ciudadanía romana a todos sus componentes.

Durante los ciento cincuenta años siguientes la ciudad distó de ser tranquila en términos sismológicos, puesto que los terremotos sacudían sus cimientos cada cierto tiempo, como si Pompeya estuviese encima de unos delgados y endebles zancos, siendo los más conocidos los acaecidos en marzo del año 37 d. C., en febrero del año 62 o 63, el del 64 en la vecina Nápoles, cuando su teatro colapsó coincidiendo con una visita del emperador Nerón que acostumbraba a dar recitales interminables a base de rapsodas, y los “temblores” de los días previos a la catástrofe del año 79.

La naturaleza a veces da señales, y es conveniente no ignorarlas. Los días anteriores al fatídico desenlace, una serie de indicios presagiaban lo peor. En aquel momento Pompeya, con una población de entre diez y veinte mil habitantes, estaba llena de andamios cuyos obreros, que reparaban los daños acaecidos casi dos décadas antes cubriendo paredes con yeso fresco, debieron de quedarse absolutamente perplejos cuando el acueducto dejó de transportar agua, y es que las sacudidas habían desviado la pendiente del mismo enderezándolo, dejando a las fuentes sin suministro de agua. Pero una de las señales que jamás se deben de ignorar, son la de los animales. Los gatos, como si fueran una especie de “detectores sísmicos”, empezaron a huir, los perros a aullar lastimosamente de manera inquieta e incansable y las aves migratorias levantaron el vuelo y a huir de la zona. 

El despertar de un gigante dormido

A la una de la tarde (hora séptima para los romanos) del día 24 todo cambió. El desarrollo de la erupción y todos los detalles asociados a la misma lo conocemos gracias al impagable testimonio de Plinio el Joven, que en aquel momento era un imberbe adolescente ávido de aprender nuevas cosas que dejó en dos cartas escritas al historiador Tácito la magnitud de la tragedia (Epístolas 6, 16 y 6, 20). En el día de los acontecimientos, se encontraba junto a su madre y su tío Plinio el Viejo en Miseno, situado a unos 31 km al oeste de Pompeya, en la otra punta de la bahía de Nápoles. Plinio el Viejo, otro hombre inquieto, era el prefecto de la flota marítima de Miseno, que controlaba la parte occidental del mar Mediterráneo. Ambos fueron testigos a distancia de lo que se estaba desarrollando y el testimonio de Plinio el Joven contiene una descripción pormenorizada paso por paso del avance de la erupción, lo que sería bautizado posteriormente por los vulcanólogos como de tipo pliniana, dentro de la clasificación de las llamadas erupciones magmáticas. 


Plinio el Joven y su madre en Miseno. Pintura de Angelica Kauffmann (1785)

Lo primero que ocurrió en el Vesubio es que el tapón que bloqueaba la salida del cráter explotó por los aires, dando lugar a una enorme columna de humo, anunciando la erupción volcánica, de materias volcánicas y gas, más livianos que el aire, que se elevaban hacia al cielo, agrandando la columna en su parte más alta, dando la forma, como diría Plinio el Joven, de un pino gigante, y alcanzó la nada desdeñable altura de 32 km, oscureciendo el cielo y tapando la luz del Sol. Esto convirtió los alrededores en un manto de tinieblas propio de la llegada del Apocalipsis, para un cristiano, o el despertar de Vulcano, el dios romano del fuego, visiblemente encolerizado.

Poco después, una lluvia de cenizas y lapilli empezó a caer sobre Pompeya, puesto que el viento, de componente sureste, arrastraba estos materiales hacía allí. El lapilli es un material poco pesado, y probablemente no hiciera mucho daño, pero la acumulación del mismo, no dejó de caer incesantemente durante ocho horas, más la ceniza, debió de ser muy molesto para los habitantes, aunque no tenían la idea de que lo peor estaba por llegar. En efecto, tras estos lapilli, empezaron a caer piedras pómez, que a pesar de ser una roca volcánica porosa de baja densidad, puede alcanzar grandes tamaños y varios kilogramos de peso, los suficientes para aplastar la cabeza o cuerpo de una persona. Además, esa piedra pómez empezó a acumularse sobre los tejados de las casas, acumulando peso en la misma, y provocando derrumbes que provocaron la muerte de los habitantes que se habían refugiado en el interior en pos de intentar ponerse a salvo de la erupción. Los que permanecían fuera, aparte de soportar la lluvia, cada vez les costaba más y más coger aire, puesto que las finas cenizas más las emanaciones gaseosas penetraban en los pulmones dificultando el proceso respiratorio y provocando episodios de asfixia.

Mapa de la expansión de la erupción del Vesubio del año 79 d.C

El flujo piroclástico: un enemigo letal

Mientras tanto, en Herculano, ciudad en donde vivían las clases más pudientes en grandes y fastuosas casas y villas, unos cinco mil habitantes en total, las cosas eran diferentes. Al estar más cerca del cráter, apenas 5 km, y dada la dirección del viento, no sufrió la lluvia de ceniza, lapilli y piedra pómez, pero sí que sería presa de uno de los efectos más devastadores de la erupción: el famoso y temido flujo piroclástico, una nube de gas muy caliente, ceniza y roca que se desliza por las laderas de los volcanes, alcanzando una velocidad de más de 300 km por hora. Y lo que ocurrió es que empezaron a sucederse oleadas de este flujo que alcanzó primero Herculano, unas doce horas después de la erupción, convirtiendo a la ciudad en una ratonera. Un testimonio de ello son los restos de una veintena de esqueletos apiñados en los cobertizos donde se amarraban los barcos, que en su vano intento de protegerse, fueron abrasados irremediablemente por el flujo, que estaría a unos 500 grados centígrados, y tuvieron una muerte instantánea, aunque estudios recientes sugieren que en esos cobertizos en realidad fueron una especie de horno y las personas alojadas allí murieran cocidas de manera más lenta y dolorosa.

Esqueletos de las víctimas que intentaron ocultarse bajo las bóvedas de los cobertizos
En Pompeya, se sucedieron oleadas del flujo que no alcanzaron la ciudad, hasta que la cuarta y la más devastadora, que ocurrió ya al día siguiente sobre las 7:30 de la mañana, penetraría a gran velocidad derribando parcial o totalmente todas las estructuras que encontraba en su camino. La diferencia con respecto a Herculano es que este flujo estaba a menor temperatura, unos 300 grados, debido a que Pompeya está al doble de distancia del Vesubio que Herculano, lo que proporcionó la famosa estampa de las figuras conservadas en el último instante de su vida, como si fueran fotografías de la época. La temperatura no tan elevada hizo que las personas muriesen al instante pero no para vaporizar la carne de sus cuerpos, al contrario que en Herculano. La lenta desaparición de la carne, hizo que quedase una capa vacía entre el ropaje que llevaban y el esqueleto, lo que fue aprovechado en el siglo XIX por el arqueólogo y numismático italiano Fiorelli para verter yeso líquido en la capa vacía, dejándolo endurecer y retirando las cenizas sobrantes, dando el aspecto actual de las figuras que revelan los detalles de su último aliento antes de morir.

 “Víctima sentada” de Pompeya, por la postura en la que se encontró el cuerpo.


En Miseno, Plinio el Viejo, como comandante de la flota, tomó una decisión, ir a socorrer a aquellos que habían podido escapar de la ciudad y se amontonaban en las playas gritando desesperadamente en busca de auxilio y también, de paso, estudiar el fenómeno más de cerca. Usando los barcos de la armada, intentó atravesar la bahía de Nápoles, pero el fuerte oleaje propiciado por pequeños seísmos, más la lluvia de cenizas y lapilli que se sucedían cada vez que se acercaba más y más la zona, le obligaron a hacer noche en Estabia con la intención de partir al día siguiente, pero, cuando iba a hacerlo, murió asfixiado por emanar dióxido de azufre, cuando se dirigía al barco. A pesar de no conseguir su objetivo, la valentía de Plinio el Viejo hizo que fuera uno de los precursores de la protección civil en casos de situaciones de emergencia ante desastres naturales.

La duración de la erupción fue de casi dos días. El día 26 ya no quedaba rastro.  Si alguien hubiese pasado por allí sin tener constancia de la existencia de una ciudad, habría seguido su camino sin percatarse. Es imposible calcular el número de víctimas, aunque en Pompeya se han recuperado 1150 cuerpos y en Herculano unos 350. Y aunque hubo supervivientes, tanto Pompeya como Herculano, también Oplontis, cayeron en el olvido durante más de 1500 años, a pesar de que posteriores autores latinos hablasen de estas ciudades. Estabia, poco tiempo más tarde, volvería a ser habitada. Habría que esperar al siglo XVIII con los redescubrimientos de Herculano primero y Pompeya después, para dar cuenta de la magnitud de la catástrofe y para entender el estilo de vida de los ciudadanos romanos en el día a día.

La controversia de la fecha

La última erupción del Vesubio fue en 1944 y por ahora permanece dormido, pero una de las cuestiones más controvertidas, y que se acentúa cada vez más hoy en día, es saber con exactitud si la catástrofe ocurrió el 24 de agosto o, como muchos piensan a través de evidencias descubiertas en los últimos años, el 24 de octubre. Las pruebas inclinan a pensar en la segunda fecha a pesar de que en el relato de Plinio el Joven establece la fecha el 24 de agosto (nueve días antes de las kalendas de septiembre), pero quizás se debe a un error de transcripción en la Edad Media. Muchos arqueólogos y expertos en Historia creen que sucedió en octubre puesto que se han encontrado frutos más propios del otoño (nueces, higos o castañas), ánforas con la recogida de la vendimia, algunos braseros y estufas que indican que a finales de octubre las noches eran ya frías, y, lo más importante, una moneda romana que indica la XV salutación imperial de Tito, el emperador romano de entonces, cuya datación no podría ser antes del 7 de septiembre del 79. Pero por si fuera poco, una inscripción hallada en 2018 escrita en carbón que pone la fecha de 16 días antes de las kalendas de noviembre, es decir, el 17 de octubre, una semana antes de la erupción, parece dar el espaldarazo definitivo a la cuestión. Sea como fuere, Pompeya siempre quedará en nuestras retinas como el fin de una ciudad y el nacimiento de un mito legendario que ha servido para la creación de numerosas obras artísticas, cinematográficas y literarias.

Estatua del emperador Tito. Museo del Louvre.


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