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miércoles, 20 de junio de 2018

TIEMPO DE HÉROES Y MITOS ROMANOS. LA ROMA DE LOS SIGLOS V Y IV AC. LA ROMA DE CAMILLUS






La Roma de los siglos V a. C y IV a.C.
La Roma de Camillus.

Escrito por Manuel Martinez Peinado (autor de Camillus. Las memorias de Medulino)


Aquella fue sin duda una época convulsa, pocos años después de la expulsión de Tarquinio el Soberbio, el último de los reyes que Roma tendría, en la que la ciudad se hallaba sumida en el natural conflicto interno que cualquier pueblo, ciudad, estado o nación sufre cuando modifica abruptamente su forma de gobierno. Sin embargo, es cierto que muy probablemente no fue tan drástico como podría parecernos ahora; pues, básicamente, lo único que hicieron los romanos fue sustituir a un rey por dos, elegidos de entre la nobleza romana; eso sí, con carácter anual y manteniendo al que ya antes era el principal órgano consultivo del rey, el Senado. Por lo que podemos hacernos una idea de que el cambio, a muchos, les parecería en principio más de lo mismo.


Batalla de la Selva Arsia(509 a. C). Los romanos vencen a Tarquinio el Sobervio


Algún tiempo después dejaron el mando a diez patricios, los decemviri, con objeto de que legislaran unas leyes basadas en las de otros pueblos más avanzados, que integraran y sirvieran a todos por igual, y se encontraron con unos tiranos peores incluso que el que habían expulsado años atrás. A estos, según la tradición, terminaron expulsándolos curiosamente por un detonante similar al del rey etrusco. En el caso del primero la violación de Lucreia, en el de los diez, la de Verginia. Pero al fin, exiliados unos, encarcelados otros y suicidados otros tantos, tuvieron su ley de las XII tablas.

Sufrieron diferentes sediciones por parte de un sector social cada vez más importante: la plebe que  estaba constituida principalmente por los descendientes de todos aquellos comerciantes que años atrás se habían asentado en la ciudad para hacer lo que un romano de tomo y lomo no hacía, por precepto antiguo pactado entre Rómulo y Júpiter, esto es, comerciar; y aquellos nietos o bisnietos de mercaderes, que no eran descendientes de sangre noble, empezaban a constituirse como otro gran poder económico-social y, como tal, también reclamaban su hueco en las jóvenes instituciones republicanas. Pues, aunque no eran descendientes directos de los dioses, se oponían a que no les dejaran opinar sobre el reparto de la riqueza o las tierras obtenidas tras la victoria.Debieron ser años complejos que, a pesar de todo, los romanos encararon con envidiable astucia y perseverancia. Son las características que he admirado siempre de su civilización. A pesar de sus enfrentamientos internos conocían su obligación de unirse como pueblo para afrontar los retos a los que su época los enfrentó.
Por entonces la principal potencia en la Península Itálica era la Liga Etrusca. Los etruscos aún no habían entrado formalmente en su decadencia, pero ya comenzaban a exhibir algunos de los síntomas que toda sociedad que alcanza el cenit de su cultura, suele exhibir como aviso de que algo comienza a estropearse en sus entrañas. Estaban más unidos en lo religioso y lo cultural que de iure y, del mismo modo que otras civilizaciones como la griega, no llegaron jamás a constituir un estado común a diferencia de los romanos. La mayoría de las ciudades etruscas alternaban gobiernos basados en monarquías con otros republicanos de similar naturaleza a la romana. Ambas, etruscas y latinas, influenciadas por los vecinos griegos, que no mucho antes habían inventado aquello del gobierno del pueblo -dēmokratía-, con la gran ciudad de Atenas como principal exponente, dirigida en aquellos años por el gran Pericles, el Olímpico, en contraposición a la monárquica Esparta con la que no cesaban de enfrentarse a cada oportunidad que se les presentaba.


Muerte de Verginia. Framcesco de Mura
En el caso de Roma, había sin embargo cuestiones particulares que ya abordaremos en una próxima ocasión. Baste decir por ahora que en Roma, como hemos dicho, el poder del rey se había dividido en dos consules. La presión de la facción plebeya obligó desde muy temprano a nivelar aquella balanza, completamente inclinada hacia los antiguos ciudadanos, con la instauración de los tribuni plebis (Tribunos de la plebe), una nueva institución que, si bien no gobernaba, servía para controlar el gobierno de los cónsules patricios como fuerza opositora; pues tenían en sus manos el famoso derecho de veto, que no dudaban en emplear ante cualquier ocasión que interpretaran como desfavorable para su causa, y, como sucede hoy también a menudo en nuestra política, a veces por simple y llana inquina, cuando incluso su uso pudiera serles desfavorable a ellos mismos. Toda ley tiene su trampa y no tardaron los patricios en darse cuenta de que aquella herramienta, formulada inicialmente contra ellos, bien podía usarse contra los propios tribunos, habida cuenta de que el veto podía ejercerse no solo en dirección anti-cónsul sino también contra los propios tribunos de la plebe, ganándose mediante triquiñuelas a unos para que conspiraran contra los otros. Así llegaron a un punto en el que, de nuevo, el orden plebeyo, empezó a darse cuenta de que, si querían tener algo que decir y que ganar, no bastaba con ser simplemente una fuerza opositora, sino que, además, tenían que poder mandar y gobernar.
La plebe amenazó de nuevo con bajarse de aquel carro, hasta el punto de llegar casi a la inmolación general, impidiendo a los cónsules siquiera la defensa de la ciudad y del ager romano mediante alguna expresión del tipo: ¡O compartimos el mando, o a darte de palos con los volscos y los equos te vas tú solo!, y en unos tiempos en los que los vecinos de los alrededores no dudaban un segundo en salir a recoger los frutos ajenos sin pedir permiso ni avisar en cuanto se olían alguna debilidad.


Subida de los plebeyos al Monte Sacro de Roma

Pero de nuevo los patricios, celosos no solo de su poder, sino también de sus tradiciones que estaban íntimamente ligadas a sus dioses, idearon una fórmula para dejar probar a los plebeyos las ansiadas mieles del mando sin por ello comprometer su más preciada institución, la de los cónsules, recurriendo a una sencilla pero siempre eficaz razón, la religiosa. Y es que los plebeyos, como sabemos, no eran descendientes de los dioses y no podían tomar los auspicios, conditio sine qua non para ser consul, pontifex o, incluso, para contraer matrimonio con un patricio o patricia según la fórmula tradicional; así los “semidivinos” patricios propusieron la creación de una nueva institución, los “tribunos militares con capacidad consular” –o, para resumir, tribunos consulares-, que podrían gobernar en sustitución de los cónsules en aquellos años (pues era de carácter anual del mismo modo que el consulado) en los que se decidiese por común acuerdo entre todos elegir a éstos y no a aquellos, concurriendo a elecciones en igualdad de condiciones tanto patricios como plebeyos.
En esto vieron el campo abierto los tribunos de la plebe que ya se veían mandando las legiones y paseando victoriosos por las calles de Roma aunque fuera sin lictores, ni triunfos, privilegios exclusivos de los cónsules y los dictadores. Pero un hecho tan habitual en la historia de la humanidad como desconcertante, vino a aguarles la fiesta. No ganaron ni una sola de las elecciones a tribuno consular hasta muchos años más tarde de su instauración. El porqué de esto podemos discutirlo si queréis. Según Tito Livio las buenas gentes de Roma, una vez vieron que se les estimaba en igual cantidad –que no forma- que a los patricios, se decantaron por votar a aquellos jefes que ya conocían en una suerte de: “en el mando los experimentos con gaseosa” o si queréis para hacerlo más de época: Consetudo quasi altera natura (La costumbre es nuestra segunda naturaleza) que decía Cicerón. Otra posibilidad es que, debido al sistema clientelar, los patricios contaban con una numerosa fuerza popular a su servicio que, por mucho que se quejaran en las tabernas, a la hora de votar no se la jugaban en absoluto y cabe también la posibilidad de que simplemente temieran los infortunios que los dioses descargarían sobre ellos si no elegían a sus preferidos; no debemos olvidar lo profundamente religiosa y temerosa de lo divino que era la sociedad de aquella época y que los cargos religiosos también los ostentaban los patricios.

Fuera como fuese, el caso es que los líderes de la plebe tuvieron que aguantarse y ver como, a pesar de sus logros que, como el tiempo se encargaría de demostrar, no habían sido ni pocos ni fútiles, no conseguían acceder al mando supremo de la ciudad ni de iure ni de facto; al menos no hasta pasados muchos años.

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