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viernes, 17 de abril de 2026

CAYO APULEYO DIOCLES, LA LEYENDA DEL AURIGA HISPANO QUE CONQUISTÓ ROMA

 

Texto de Marcos Uyá Esteban para Historia y Roma Antigua.

Cuando uno echa la vista atrás en el tiempo y viaja a la antigua Roma, entra en el convencimiento de que las luchas de gladiadores eran un espectáculo totalmente sangriento, cruel e indigno, lo cual es cierto. Sin embargo, no muchos saben que lo que realmente aterrorizaba, y a la vez desataba la más encarnizada de las pasiones, eran las carreras de cuadrigas, compuestas de carros tirados por cuatro caballos, en cuya arena se citaban los más famosos atletas, llamados aurigas, del Imperio romano, jaleados y vitoreados por un público exigente y entregado, que esperaba ver un espectáculo digno de ser recordado.

 


Estas carreras ya se celebraban antes de que Roma se convirtiera en el centro del mundo conocido. Probablemente nacieron en Micenas, pero se tornaron como algo habitual a partir de la Iliada

, tras la desafortunada muerte de Patroclo, y cuyo primer ganador fue Diomedes de Argos, recibiendo una esclava y un caldero como premio. Ya con la celebración de los Juegos Olímpicos y también de los llamados Juegos Panhelénicos, no era nada extraño ver este espectáculo en el hipódromo de Olimpia o que muchos esclavos, que se convertían en atletas al servicio de su amo, quienes eran los que realmente se llevaban los premios en caso de victoria, alcanzasen cierta fama. Incluso se constata la presencia de mujeres en estos eventos, como el ejemplo de la espartana Cinisca, que hizo doblete ganando en los Juegos Olímpicos del 396 y 392 a. C. Tampoco podemos olvidar la famosa estatua del Auriga de Delfos representando a un atleta compitiendo en estas carreras.

Roma, que copió casi todo del mundo griego, no hizo una excepción en este caso. Las carreras de cuadrigas, que seguramente fueron introducidas por los etruscos a través de los griegos del sur de Italia, empezaron a despuntar a mediados de la República en el Circo Máximo, a pesar de las numerosas reconstrucciones que esta ingente estructura arquitectónica sufrió a lo largo del tiempo, siendo la última realizada por el emperador Trajano. 


Es, por ello, que la lógica nos dice que hubo una evolución permanente en la forma de celebrar estos eventos, como por ejemplo en lo referido a la forma de contabilizar las vueltas, que eran siete en total, en donde en un principio eran a través de huevos dorados de bronce colocados en la spina, que era el muro central que dividía la pista, y posteriormente, ya en el año 33 a. C., con los famosos delfines que se inclinaban y expulsaban agua y se añadieron con motivo de la victoria del futuro emperador Augusto frente a Sexto Pompeyo.

Mosaico auriga de los azules, desde Villa de Baccano, Via Cassia en Roma

 El auriga, la figura que siempre coqueteaba con la muerte

La figura del auriga es, evidentemente, el protagonista. Normalmente eran esclavos, en algunas ocasiones libertos o profesionales dedicados a tiempo completo, con una constitución física delgada y cuya característica principal era la de ser altos, para poder controlar las riendas y dirigir a los caballos dentro de la carrera con la previsión de evitar accidentes, muchos de ellos mortales. Sin embargo, también existe la teoría de que la estatura no era tan importante, y por ello había atletas de menor tamaño con el objetivo de conseguir mayor estabilidad y velocidad en los carros. No sabemos si nuestro personaje, Cayo Apuleyo Diocles, en realidad era alto o bajo, ya que por desgracia no nos ha llegado hasta nuestros días ninguna imagen de él, si bien hay numerosas representaciones de mosaicos de otros aurigas que nos pueden dar una idea de cómo podría ser, sobresaliendo, sin ninguna duda, que todos tenían una constitución fuerte y musculosa, fruto de las innumerables horas de entrenamiento y perfeccionamiento. Pero lo que sí está atestiguado es que Diocles fue un atleta fuera de lo común y con una estrategia a la hora de afrontar las carreras digna de estudio. Eso lo convertiría en inmortal.

Cuadriga tomando una curva en una META. Obsérvense los tres postes o columnas ricamente decorados, así como la indumentaria
del auriga.

Diocles nació en la provincia romana de Lusitania, dentro de la división administrativa en provincias de Hispania, hacia el 104 d. C. Sin embargo, sigue siendo un misterio el lugar exacto en donde vino al mundo, habiendo dos candidatos para ello, Lamecum, la actual Lamego, en Portugal, o quizás Emérita Augusta (Mérida). De familia muy humilde de libertos o incluso cabe la posibilidad de que fuera un esclavo, prácticamente de su infancia y adolescencia no se sabe absolutamente nada, aunque debió de comenzar sus andanzas probablemente en el circo romano de Emérita Augusta antes de cumplir los 18 años, despertando la atención de algunos patrocinadores que subvencionaban estas competiciones y que lo llevarían seguramente a competir a otros lugares de la península ibérica como Gades (Cádiz), Ilerda (Lérida) o Tarraco (Tarragona) para empezar a granjearse su más que reputada leyenda. Se cuenta, si bien por desgracia no hay pruebas fehacientes de ello, que el emperador Adriano, presente en Tarraco en aquel momento en uno de sus innumerables viajes a lo largo y ancho del Imperio romano, quedó prendado de la combatividad del atleta y decidió que fuese llevado a Roma, ya que en el año 122 d. C. se constata su presencia allí compitiendo en la llamada facción blanca.


Diocles en Roma

 Para seguir la historia de Diocles en Roma, debemos remitirnos a la documentación epigráfica. Se conserva una inscripción recogida en el Corpus Inscriptionum Latinarum, en su volumen VI, número 10048, en donde se describe perfectamente su evolución como auriga. En un principio las cosas en la capital del imperio no le fueron demasiado bien. Allí, en aquel momento, cuando llegó, en las carreras de cuadrigas había cuatro facciones destinadas a la competición claramente definibles basadas en colores que podían representan a los cuatro elementos de la naturaleza: rojo (fuego), verde (tierra), blanco (aire) y azul (agua), que eran como las escuderías actuales de la Fórmula 1 y funcionaban como una especie de empresas que gestionaban el entrenamiento de los aurigas y caballos, tenían personal de apoyo, recaudaban fondos para patrocinar las carreras o dependían de la contribución de los mecenas para la financiación y costos de mantenimiento de caballos, atletas y carros. Más allá de su simbolismo, lo que sí es cierto es que había un sentimiento arraigado de pertenencia de gran parte de la población romana por alguna de las facciones presentes, provocando en ocasiones divisiones sociales y enfrentamientos en las calles de Roma o disturbios y peleas por parte de sus partidarios en las carreras que se celebraban, en pos de defender pasional y encarnizadamente los colores hasta límites que rayaban la obsesión. Diocles estuvo dos años compitiendo en la facción blanca hasta conseguir su primera victoria y en el año 128 d. C., cambió a la facción verde, también consiguiendo algunos trofeos, pero sin acabar de despuntar.

 


Sin embargo, todo cambió cuando “fichó” por la facción roja, posiblemente en el año 131 d. C. Como si de la actual escudería Ferrari se tratase, empezó a conseguir numerosas victorias forjando su leyenda como atleta de élite. En la inscripción se nos relata los tipos de carreras en los que participaba y su forma de competir. Las carreras de cuadrigas se celebraban en aquel tiempo en dos lugares concretos: el Circo de Nerón, hoy desaparecido, que se debió se situar en

   Reconstrucción del hipódromo de
Constantinopla

donde se asienta parte de la actual Basílica de San Pedro del Vaticano, y el citado Circo Máximo.

 La templanza y paciencia como estrategia de triunfo y conquista de corazones

Imaginemos por un momento cómo sería una carrera de cuadrigas en la que participaba Diocles tomando como ejemplo el Circo Máximo. En primer lugar, los 150.000 espectadores que se reunían, verían a los aurigas que participaban, podían ser hasta un total de 12 (tres por cada facción), entrando al recinto en un desfile conocido como pompa circensis, compuesto de bailarines, sátiros y personajes que llevaban estatuas de dioses en literas, especialmente la de la diosa Victoria, todo ello al compás del magistrado que presidía las carreras y que iba montado al inicio de la procesión en una biga tirada por dos caballos. Posteriormente, después de ser presentados, los aurigas se subían a los carros que estaban situados de la misma manera que los atletas de atletismo en la actualidad en las carreras de 200, 400 y 800 metros lisos, es decir, en forma de abanico para contrarrestar   la distancia a la hora de girar la curva y que todos recorrieran la misma longitud. El magistrado daba la salida con un pañuelo blanco y empezaba el espectáculo con un público compuesto de todas las clases sociales posibles entregado a la causa, sin olvidar a aquellos que apoyaban a cada una de las facciones vociferando y rugiendo con una entrega total y absoluta.

 Las dos primeras vueltas eran de tanteo y los participantes que debían de permanecer en el carril asignado calentaban “motores” para lo que se avecinaba después. A partir de la tercera vuelta comenzaban realmente las hostilidades. Diocles en muchas ocasiones siempre empezaba el último, ajeno a las luchas por escalar a las primeras posiciones. Dicha estrategia tenía una razón de ser, y era evitar posibles accidentes que se daban sobre todo al doblar la spina, debido a la competencia feroz de los atletas por abrirse paso lo más cercanamente posible al muro, para así obligar a los competidores hacer el giro por la parte exterior. 



Era ahí donde se producían espectaculares choques, llamados naufragia, en donde caballos, aurigas y carros podían salir despedidos haciendo las delicias del público presente, o provocando la ira o la alegría de los seguidores de una facción u otra, dependiendo si su atleta salía inmune, o por el contrario, después de la caída era arrastrado o atropellado, muchas veces con resultado mortal. 



Tampoco eran extrañas las historias de caballos y aurigas que tomaban algún alimento envenenado antes de la carrera o el lanzamiento de objetos punzantes como clavos lanzados desde las gradas para ralentizar la carrera. Diocles lo sabía, y por ello evitaba estos disturbios e interferencias, lo que le valió el estatus de atleta inteligente, calculador y estratega, y eso hacía que en las últimas vueltas remontase corriendo cerca de la spina y sortease a otras cuadrigas, mientras que otras quedaban fuera de la carrera debido a los múltiples accidentes. Se cuenta la historia de que Diocles más de una vez llegó sólo a la séptima y última vuelta entre los vítores y entrega de un exaltado público asistente consiguiendo la victoria y la gloria. Un hispano conquistaba el corazón de los romanos.


Dulce retirada, pero muerte temprana


En los últimos años compitió en la facción azul, en donde consiguió más de doscientas victorias, para así alcanzar la asombrosa cifra total de 1462 victorias (134 en un año), 861 segundos puestos y 576 veces el tercer puesto, en 4257 carreras durante veinticuatro años que estuvo en activo. Muchas de estas victorias fueron a pompa, un total de 110, es decir, en la primera carrera que se disputaba en la mañana, y 1064 en carreras llamadas singulares, compuestas en este caso por un auriga de cada facción conduciendo sigas, que eran carros tirados por seis caballos. Diocles tuvo rivalidades legendarias con otros aurigas como Pompeyo Musclo, que consiguió 3559 victorias, pero muchas de ellas en carreras menores, Poncio Epafrodito de la facción azul, Fortunato de la facción verde o Talo, que compitió con él siendo miembro de la facción roja, entre otros. Siempre respetaron y reconocieron la valía de Diocles. 

Al final de su carrera, la fortuna ganada por Diocles superaba todos los registros inimaginables de la época. Se cree que ganó en toda su carrera casi 36 millones de sestercios, lo que equivaldría actualmente a unos 1.000 o 1.500 millones de euros. Curioso para un hombre que en la sociedad romana era considerado como un infame, es decir, como una persona que no tenía derecho a la ciudadanía romana por ser auriga, pero que a la larga fue incluso más conocido que los emperadores romanos y con una fama y apoyo popular que rozaba casi la veneración. Nuestro protagonista, que ya ansiaba un retiro tranquilo y dorado, alejado de los focos, falleció poco después de su retirada, en Praeneste, actual Palestrina, muy cerca de Roma, a la edad de 42 años, disfrutando apenas de sus ingentes ganancias. Sus dos hijos, Cayo Apuleyo Nimfidiano y Nimfidia, le dedicaron una estatua con una inscripción dedicada a la diosa Fortuna, que debió de estar en el templo de la Fortuna Primigenia (CIL, XIV, 2884), en la que muchos aurigas se encomendaban para tener suerte en la carrera y, en todo caso, sobrevivir. Diocles lo hizo, y por ello se convirtió en leyenda.

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miércoles, 25 de marzo de 2026

CONSTANCIO II. SOSPECHA, CRIMEN Y GUERRA CIVIL COMO FORMA DE GOBIERNO.

Un texto de Federico Romero Díaz para Historia y Roma Antigua.

Cuando Constantino el Grande murió en el año 337, dejaba tras de sí un Imperio más poderoso que el que él mismo había recibido, una nueva capital en Oriente, una dinastía asentada y la impresión de haber encontrado por fin, una fórmula estable para el poder imperial. Nada más lejos de la realidad. Dejaba algo mucho más peligroso: demasiados herederos, demasiadas ambiciones contenidas y ninguna regla verdaderamente clara para gestionar la sucesión. La aparente solidez ocultaba una enorme fragilidad. Constancio II iba a descubrirlo muy pronto. Aunque durante siglos haya vivido a la sombra de su padre y eclipsado por el carisma posterior de su primo Juliano el Apóstata, Constancio II fue el más "exitoso" de todos los hijos de Constantino, . No poseía ni el magnetismo militar de su padre ni el carisma y brillo intelectual de Juliano, pero sí una cualidad decisiva en el siglo IV: un extraordinario instinto de supervivencia en un sistema donde casi todos los sucumbían a manos de generales ambiciosos, familiares incómodos o cortesanos intrigantes. Normalmente un emperador se preocupaba más del peligro "interno"  que de los bárbaros que pudieran amenazar las fronteras del Imperio. Su gobierno( 337-361) fue largo, complejo y profundamente marcado por la desconfianza, hasta el punto de que la sospecha terminó convirtiéndose en un verdadero método de gobierno.

Constancio II hace su entrada en Roma en el 356

La primera gran sombra de su trayectoria aparece inmediatamente después de la muerte de su padre. En aquellos días de incertidumbre, mientras todavía no estaba claro cómo iba a organizarse el poder entre los descendientes de Constantino, se produjo una de las purgas familiares más violentas de toda la historia imperial romana. Varios miembros de la familia constantiniana fueron asesinados en cadena: Dalmacio, Anibaliano, Julio Constancio —padre de Juliano— y otros parientes cercanos desaparecieron en cuestión de días. Las fuentes antiguas fieles a la propaganda imperial, presentan aquellos hechos como una reacción militar espontánea, un ajuste de cuentas protagonizado por soldados fieles al recuerdo de Constantino, temerosos de que el poder se fragmentara. Pero resulta difícil aceptar esa explicación sin reservas. La selección de víctimas fue demasiado precisa y el resultado demasiado útil para los hijos de Constantino, especialmente para Constancio II, que en Oriente era quien tenía una posición militar más fuerte.

Aunque nunca pudo probarse de manera concluyente una orden directa, casi toda la tradición historiográfica posterior considera que Constancio, al menos, permitió aquella matanza. En realidad, desde el punto de vista político, el cálculo era evidente: cuantos menos varones de sangre imperial sobrevivieran, menos focos de legitimidad alternativa existirían en el futuro. Solo tres niños escaparon de aquella limpieza dinástica: Nepociano, Galo y Juliano, salvados probablemente por su edad. Crecerían bajo vigilancia, apartados del centro del poder, pero todos terminarían reapareciendo de forma decisiva en la historia del Imperio romano.


El reparto inicial del Imperio pareció ofrecer una solución ordenada. Constantino II recibió Occidente, Constante Italia y África, mientras Constancio II quedó al frente de Oriente. Sobre el papel, la dinastía mantenía el control de todo el espacio romano. En la práctica, la coexistencia duró poco. Constantino II, el hermano mayor, pronto intentó imponer una tutela sobre Constante, todavía joven, y terminó lanzándose a una invasión de Italia que acabó mal para él: murió en una emboscada en el año 340. Aquella muerte alteró por completo el equilibrio. Constante pasó a controlar prácticamente todo Occidente, mientras Constancio II se consolidaba en Oriente.

La relación entre ambos nunca llegó a convertirse en guerra abierta, pero estuvo marcada por una tensión latente que tenía además una dimensión religiosa cada vez más visible. Mientras Constante apoyaba con mayor claridad a los defensores del credo niceno, Constancio II se inclinaba hacia posiciones próximas al arrianismo, o al menos hacia fórmulas teológicas intermedias que buscaban reducir el conflicto dentro del cristianismo imperial. No se trataba solo de religión: en el siglo IV, cada definición doctrinal implicaba alianzas políticas, apoyos episcopales y capacidad de control ideológico. Intervenir en los debates religiosos también era una forma de gobernar que en este momento separaba a Occidente de Oriente hasta un límite que se acercó a la guerra civil. Solo los problemas con Persia en oriente y con los germanos en el Rin evitaron la lucha armada entre los hermanos. En Oriente, Sapor II mantenía una presión casi permanente sobre las fronteras mesopotámicas. La guerra contra Persia condicionó gran parte del reinado de Constancio II y explica muchas de sus decisiones internas: necesitaba estabilidad política porque el frente oriental no permitía distracciones prolongadas. En Occidente el problema era mucho mayor aún. Llegaba en forma de usurpación y se llamaba Magnencio. Era un oficial de origen bárbaro, muy bien conectado con los cuadros militares occidentales que aprovechó el profundo desgaste político de Constante (derivado de su política fiscal, de persecución del paganismo) y organizó un golpe de Estado que terminó con el asesinato del emperador en el 350. De pronto, Constancio II se encontraba ante una situación clásica pero letal: un general con legitimidad militar, control de Occidente y capacidad para presentarse no como simple rebelde, sino como corrector de un mal gobierno. 



La reacción de Constancio fue lenta porque Persia seguía exigiendo toda su atención, pero cuando pudo actuar lo hizo con enorme frialdad. Antes de enfrentarse a Magnencio, tuvo que neutralizar otra usurpación simultanea casi en el tiempo: la proclamación de Vetranio en los Balcanes. Se trataba de una rebelión de carácter legitimista encabezada por un viejo militar ilirio que siempre se había mostrado fiel a la casa de Constantino, apoyado probablemente por Constantina —hermana de Constancio—. Vetranio representaba una solución transitoria para impedir que Magnencio controlara también aquella zona. Constancio logró resolverlo mediante una escena casi teatral. se reunió con él y de una manera teatral, delante de ambos ejércitos, habló a las tropas, recordó la memoria de Constantino y consiguió que Vetranio fuera abandonado por sus propios soldados. Fue depuesto, pero sorprendentemente no ejecutado, sino retirado con dignidad a una cómoda vida en el campo. Esa decisión revela un rasgo interesante de Constancio: sabía cuándo la clemencia podía ser más útil que la sangre.

Con Magnencio, en cambio, no hubo espacio para la indulgencia. La gran confrontación llegó en Batalla de Mursa Major (351), una de las batallas civiles más sangrientas de toda la Antigüedad tardía. La victoria de Constancio fue clara, pero el precio fue espantoso: unos 50.000 soldados romanos muertos en combate. Aquella victoria salvó su trono, pero debilitó gravemente la capacidad militar imperial. Heather insiste precisamente en esa paradoja: el Imperio sobrevivía a sus guerras civiles, pero cada guerra civil dejaba cicatrices estratégicas que luego pagaban las fronteras.  Magnencio aún resistió un tiempo, hasta su derrota final y suicidio en 353.


Convertido ya en único emperador, Constancio II parecía haber alcanzado el poder absoluto, la posición soñada por cualquier augusto romano. Fue precisamente entonces cuando se hizo más visible el ambiente de sospecha permanente que rodeaba su corte. El ambiente en la corte imperial se hizo casi asfixiante. Eunucos, secretarios, notarios y agentes de información ganaron un peso enorme. Figuras como Paulo Catena simbolizan esa atmósfera: funcionarios especializados en construir acusaciones, enlazar delaciones y fabricar procesos políticos. La sensación, transmitida por Amiano Marcelino, es la de un emperador rodeado de hombres que vivían de alimentar su miedo.

Ese miedo tenía raíces profundas. En Roma, un general victorioso podía convertirse en emperador con demasiada facilidad. Precisamente por eso Constancio necesitó recurrir a su propia familia, aunque desconfiara de ella. Así apareció la figura de Galo, uno de los supervivientes de la matanza del 337. Nombrado César y enviado a Oriente, parecía una solución práctica: un pariente cercano que gobernara Antioquía mientras el emperador atendía otros frentes. Pero Galo, al que Constancio casó con su intrigante hermana Constantina, pronto mostró un estilo brutal, arbitrario y políticamente torpe. Las élites urbanas se quejaron, los funcionarios alertaron y la corte empezó a interpretar sus movimientos como una posible amenaza. El desenlace fue previsible: convocado a Occidente, fue arrestado y ejecutado en Pola en 354. Constancio eliminaba así otro posible foco de legitimidad familiar.

El siguiente episodio demostraría hasta qué punto el sistema podía fabricar enemigos incluso donde no los había. Silvano, general competente y leal que se había pasado del bando de Magnencio al de Constancio II en plena batalla de Mursa, acabó proclamado emperador en la Galia no por ambición inicial, sino porque creyó que iba a ser destruido por una conspiración palaciega basada en documentos manipulados. Duró apenas unas semanas antes de ser asesinado. Pero el episodio es revelador: bajo Constancio II, a veces no era la usurpación la que producía sospecha, sino la sospecha la que acababa produciendo la usurpación. 

Juliano(( Il. Ken Broeders. Cómic El Apóstata.        
 Yermo Ediciones)

Ese mecanismo terminaría alcanzando a Juliano. Cuando Constancio lo nombró César en 355, probablemente creyó estar eligiendo a un intelectual inofensivo, un príncipe sin experiencia militar al que sería fácil controlar. Juliano llevaba años apartado, dedicado a estudios filosóficos, casi un superviviente improbable de una familia que había aprendido demasiado pronto el precio del poder. Pero el joven César demostró enseguida talento inesperado en la Galia. Su brillantes campañas contra los germanos y sobre todo su gran victoria en Batalla de Argentoratum (357) frente a los alamanes, lo convirtieron en un nombre prestigioso dentro del ejército.

Y ahí surgió el problema inevitable: en Roma, el prestigio militar era siempre una invitación al trono. Cuando Constancio ordenó trasladar tropas galas al frente oriental en 360, las legiones reaccionaron en contra y  proclamaron Augusto a Juliano. Formalmente era una usurpación. En la práctica, era el mismo mecanismo político que llevaba siglos funcionando: el ejército convertía a un general exitoso en emperador potencial. Juliano avanzó hacia Oriente mientras Constancio preparaba la respuesta. Todo hacía pensar en otra sangrienta guerra civil. Pero el destino intervino antes. En noviembre del 361,  Constancio II enfermó gravemente durante la marcha para encontrarse con el ejercito de su primo. Murió antes de poder enfrentarse a Juliano. Antes de morir reconoció a Juliano como sucesor. Ese generoso gesto final evitó un nuevo baño de sangre entre  los dos miembros de la familia constantiniana.

Su muerte cerraba una vida política marcada por la vigilancia constante, el cálculo y el miedo. Fue un emperador acusado de dureza, responsable de purgas, obsesionado por controlar cada posible rival, pero también un gobernante que logró mantener unido el Imperio durante casi un cuarto de siglo en una época particularmente peligrosa. Sin él, probablemente la estructura imperial habría cedido mucho antes. Sin embargo, también dejó un sistema profundamente intoxicado por la sospecha. Constancio II no fue un gran conquistador ni un reformador brillante. Fue, sobre todo, un superviviente. Y en el siglo IV romano, sobrevivir ya era una forma extraordinaria de victoria.

1. LA BATALLA DE MURSA (351). UNA INÚTIL Y CRUEL CARNICERÍA.



CUANDO LAS AGUAS DEL RIN SE TIÑERON DE ESPUMA ROJA. BATALLA DE ARGENTORATUM( 357). LAS CAMPAÑAS DE JULIANO Y VALENTINIANO I EN LA GALIA.

jueves, 12 de marzo de 2026

LA PRUNNER KREUZ. LA CAPILLA DONDE DESCANSAN LOS LEGIONARIOS DE ROMA.

Un texto de Iván la Cioppa para HRA

A veces, en los confines del Imperio se descubren tesoros de un valor arqueológico incalculable que no dejan de sorprender y maravillar. La Prunner Kreuz es una capilla cristiana situada cerca de la ciudad de María Saal, en Carintia (Austria).


El edificio fue construido en 1692 por encargo de Johannes Dominikus Prunner, un alto funcionario de Carintia, y está dedicado a San Antonio, el santo patrón de quienes buscan ayuda y, en particular, de los cazadores de tesoros.

Parte norte del yacimiento de la arena romana de la antigua capital de Noricum, Virunum II, ciudad comercial de Maria Saal , distrito de Klagenfurt Land, Carintia , Austria , UE

La elección no fue casual. Prunner era un arqueólogo aficionado y un gran entusiasta de la antigua Roma, que dedicó gran parte de su vida a la búsqueda de los restos de la ciudad romana que había existido en aquel lugar 1600 años antes. Por entonces, su nombre se había olvidado por completo (Virunum), y él planteó la hipótesis de que podría haberse llamado «Sala», en relación con María Saal, una localidad situada en la supuesta zona arqueológica.

En el centro estela que representa a cay Julio
y Julia Privata. La mujer lleva un tocado estilo nórico
que atestigua sus origenes indígenas.

La fe de Prunner y su pasión por la arqueología llevaron a la construcción de un edificio sorprendente por su sincretismo entre el cristianismo y el paganismo romano. El funcionario había descubierto numerosas estelas e inscripciones latinas durante sus pesquisas y pensó que solo había una forma de preservar aquellos tesoros: incorporarlos a la capilla que había mandado construir.
Dos niños con peinados de 
       época trajana. Observese el detalle
del perro en la parte inferior

De los muros rosados de la Prunner Kreuz emergen bajorrelieves y epígrafes de gran interés, como la estela de Cupito, legionario de la Legio XXI; la de Accio Máximo, frumentarius de la Legio II Italica; o la de Marco Egronio, miles de la misma legión. Todas ellas prueban el intenso movimiento de unidades militares en el Nórico romano.


Lamentablemente, en 2020 el edificio sufrió graves actos de vandalismo y un intento de robo. A pesar de ello, la Prunner Kreuz sigue destacando entre las ruinas del antiguo Virunum y muestra a los viajeros los últimos vestigios de un pasado glorioso.

Epígrafe de Marco Egronio
de la Legio II itálica
















viernes, 20 de febrero de 2026

LA MORTAL LUCHA POR EL PODER EN EL TARDOIMPERIO ROMANO. CRIMEN, POLÍTICA Y DINASTIA EN LA CASA DE CONSTANTINO.

Un artículo de Federico Romero Díaz para HRA.

La historiografía tradicional ha presentado a menudo el siglo IV como una era de renovación espiritual, económica y administrativa. Y hasta cierto punto, es una afirmación cierta. Bajo la dirección de hombres como Galerio, Constantino el Grande o Licinio, el Imperio romano abandonó las persecuciones religiosas y se refundó en una nueva capital, Constantinopla. También se llevaron a cabo numerosas reformas en todos los ámbitos, algunas ya iniciadas por emperadores anteriores como Galieno, Aureliano o Diocleciano. 

Helena exige la vida de Fausta (arrodillada ante su marido) a su hijo el emperador Constantino, apenado por haber ordenado la muerte de crispo.

La brillante retórica de los panegíricos -un instrumento de propaganda imperial dedicado a glorificar al emperador gobernante y a envilecer a sus enemigos-- despliega una realidad mucho más sombría. La lucha por el poder en el Imperio romano siempre fue un juego en el que se podía llegar a pagar con la vida perder la partida. Sin embargo en esta época las condiciones del juego se endurecen aún más y se llega a niveles de crueldad difíciles de asimilar. La desaparición de la Tetrarquía —el sistema de gobierno compartido ideado por Diocleciano para evitar guerras civiles— no dio paso a una era de concordia, sino a una lucha darwiniana donde la proximidad biológica al emperador podía convertirse, paradójicamente, en una sentencia de muerte inapelable.

 1. Constantino I: El arquitecto del absolutismo y sus sacrificios familiares

                                  Estatua de Constantino en Roma.            

Constantino I, es recordado como el primer emperador cristiano, pero su ascenso al poder absoluto fue un camino jalonado por la eliminación física de sus rivales, tanto políticos como consanguíneos. Para que Constantino sobreviviera debía convertirse en el contexto político en el que desarrolló su carrera en el único en la cima del poder, el sistema tetrárquico, o cualquier otro que supusiera compartir el poder, debía ser derribado y con él, todos aquellos que pudieran reclamar una legitimidad que rivalizara de cualquier manera con la suya.

   Su suegro Maximiniano. El gran militar pero un fracaso como conspirador. 

El primer gran crimen dentro del círculo familiar fue el de su suegro, el emperador Maximiano. En el año 310, tras una serie de complejas maniobras políticas, Maximiano, un gran militar pero un pésimo conspirador, trató de arrebatarle el poder a Constantino contándole a los soldados que este había muerto en el Rin, mientras luchaba contra los germanos. Se rebeló en la corte de Arlés pero pronto tuvo que huir a Marsella ante la rápida respuesta de su yerno que se apresuró en sofocar la intentona. Al ser capturado, Constantino  mostró piedad hacia su suegro que no fue inmediatamente ajusticiado. Al fin y al cabo era el padre de su esposa Fausta. Parece que Maximiniano no aprendió la lección y al poco tiempo volvió a conspirar. En esta ocasión fue su propia hija, la que le denunció a Constantino que ya no mostró piedad con el viejo augusto que, a pesar de sus grandes victorias en los campos de batalla, fue un fracasado en el mundo de las conspiraciones --que sepamos también fracasó en su intento de derrocar a su propio hijo Majencio--.  Aunque la propaganda constantiniana, interesada en limpiar la imagen del emperador, hablaron de un suicidio por remordimiento, la realidad histórica sugiere una ejecución forzada. Maximiano fue "invitado" a quitarse la vida, eliminando así a un veterano que aún gozaba de gran prestigio entre las legiones pero que al parecer no podía evitar conspirar contra aquellos que le acogían en su corte.



    La muerte de Majencio, el cuñado de Constantino. 

Reconstrucción (con IA) del rostro de Maximiniano
 a partir del colosal busto en mármol del museo Saint-Raymond en Toulouse.
Tras la muerte de Maximiniano y la reincorporación de Constantino como césar a la esfera de poder de la Tetrarquía, encabezada ahora por Galerio y Licinio, el enfrentamiento con Majencio se hizo inevitable. Majencio partía de una posición de desventaja, pues debía de protegerse en el norte de Italia de los posibles ataques de Licinio por el este y de Constantino por el oeste. Finalmente, sin permiso de sus superiores jerárquicos, el ambicioso Constantino invadió Italia por la zona oeste de los Alpes y pronto se hizo con el control de toda la región derrotando a las tropas de Majencio y matando en la batalla de Verona a Pompeyo Pompeyano, el prefecto del pretorio de su cuñado.

El enfrentamiento definitivo entre Constantino y Majencio, culminado en la batalla del Puente Milvio en octubre de 312, representó el colapso final del sistema tetrárquico y el nacimiento de una nueva legitimidad monárquica basada en la victoria militar y el favor divino. Según su propia propaganda, asumida por los historiadores posteriores como Zósimo, en realidad Constantino emprendió una valiente campaña deliberación de una oprimida 

Italia desde la Galia, superando obstáculos militares para desafiar al "tirano" que controlaba Roma. Este conflicto fue presentado no como una simple guerra civil, sino como una misión de liberación, donde la legitimidad de Constantino se construyó a través de la derrota física de su tiránico rival. 

El desastre para Majencio se consumó cuando decidió abandonar la seguridad de las murallas de Roma para presentar batalla en campo abierto. En medio de la retirada caótica de sus tropas, la estructura provisional de barcas que se había dispuesto para sustituir al destruido puente Milvio, colapsó, provocando que Majencio, abrumado por el peso de su propia armadura, muriera ahogado en las aguas del río Tíber. En la victoria fue importante la cohesión de las tropas, muchas de origen germano, que acompañaban a Constantino y que resultaron decisivas frente a las fuerzas más heterogéneas de Majencio. 

Visión de Constantino y la batalla del Puente Milvio en un manuscrito bizantino del siglo IX.

Al día siguiente de la batalla, el cuerpo del caído fue recuperado y su cabeza exhibida en una pica durante la entrada triunfal de Constantino en la ciudad, marcando el inicio de una era donde el poder absoluto se revestiría de una nueva sacralidad religiosa y política que transformaría el Imperio para siempre.

Constantino entra triunfante en Roma, por Peter Paul Rubens (ca. 1621).


    Licinio, el augusto de Oriente, debe morir.

Las relaciones entre Constantino y Licinio, antes de su enfrentamiento final en Crisópolis (324), estuvieron marcadas por una tensa alternancia entre la colaboración estratégica y la ambición dinástica. Inicialmente, forjaron una alianza crucial en Milán (313), sellada con el matrimonio de Constancia, hermana de Constantino, con Licinio, y la promulgación de políticas de tolerancia religiosa. A pesar de loslazos familiares, del nacimiento de un heredero del matrimonio entre Licinio y la hermana de Constantino llamdo Licinio que pudo unir ambas familias pronto acabó la armonía debido a la desconfianza mutua y a incidentes como la conocida conspiración de Basiano. La conocida como conspiración de Basiano ocurrió tras nombrar a su cuñado Basiano como César para una zona que estaba bajo la influencia de Constantino, los Balcanes. El nombramiento dejó de tener sentido para Constantino cuando su joven esposa, Fausta, dio a luz a un nuevo heredero- ya tenía a Crispo de un enlace anterior con una mujer llamada Minervina que probablemente falleció poco después de dar a luz-- Instigado por Licinio a través de su hermano Senecio, el inquieto Basiano planeó rebelarse contra Constantino, pero el complot fue descubierto antes de que pudiera llevarse a cabo. La traición terminó con la ejecución de Basiano y la exigencia a Licinio de la entrega de Senecio. El rechazo de tal exigencia proporcionó a Constantino el pretexto legal para iniciar la primera guerra civil contra Licinio en el año 316.

Pintura de Rubens de principios del siglo XVII que representa el matrimonio de Constantino con Fausta y el de Licinio con Flavia Julia Constancia, hermana de Constantino. Se trata de una licencia de Rubens porque los dos desposorios no se celebraron juntos, sino en años y lugares diferentes. A la izquierda un toro que va a ser sacrificado en honor de los dioses Júpiter y Juno cuyas estatuas presiden la ceremonia. La obra forma parte de las pinturas que realizó Rubens para la serie de tapices encargados por el rey de Francia Luis XIII conocida como La historia de Constantino.

Este episodio, marcó el punto de ruptura definitivo de la alianza sellada anteriormente en el acuerdo de Milán. Se desencadenó una primera guerra civil entre 316 y 317, con batallas en Cibalae y Campus Ardiensis. Aunque la paz de Serdica (317) detuvo temporalmente las hostilidades y repartió el control territorial —obligando a Licinio a ceder gran parte de los Balcanes—, la rivalidad se profundizó por sus divergentes enfoques religiosos y el deseo de Constantino de alcanzar el poder absoluto. Para el año 324, la fachada de la concordia se había desmoronado completamente, transformando al antiguo aliado y cuñado en el último obstáculo para la unificación del Imperio bajo una sola corona.

Tras la victoria definitiva en la batalla de Crisópolis (324) contra Licinio, Constantino prometió a su hermana Constancia que respetaría la vida de su marido. Licinio fue enviado al exilio en Tesalónica, pero la clemencia de Constantino era un recurso temporal. En 325, bajo una vaga acusación de conspiración con bárbaros del Danubio, Constantino ordenó su estrangulamiento. La purga se extendió rápidamente a su sobrino, Liciniano. Constantino no dejaba cabos sueltos. A pesar de ser solo un niño y tener su sangre, fue ejecutado para asegurar que no quedara rastro de la línea sucesoria de su rival. No sería el último familiar consanguíneo al que ordenara asesinar.

     El misterio de Pola: Las ejecuciones de Crispo y Fausta.

El episodio más oscuro y debatido de su gobierno ocurrió en el año 326. Constantino ordenó la ejecución de su hijo primogénito, Crispo, un joven brillante, destinado a sucederle que había demostrado ser un general brillante en la guerra contra Licinio. Crispo fue ejecutado en Pola sin un juicio público. Poco después, la emperatriz Fausta, esposa de Constantino y madre de sus otros tres hijos, fue asfixiada o invitada a suicidarse en un baño de vapor excesivamente caliente.


No debemos entender estas muertes como meros arrebatos de celos (como sugieren algunas fuentes sobre un supuesto romance entre madrastra y ahijado), sino una fría decisión dinástica. Crispo, hijo de una relación anterior de Constantino con Minervina, era un obstáculo para la sucesión de los hijos de Fausta. ES posible que Fausta, con el fin de eliminar al hermanastro de sus hijos de la línea de sucesión le denunciara falsamente. Al parecer Constantino la creyó y decretó la muerte de su primogénito. Helena, la madre de Constantino al conocer el asunto alertó a su hijo de la falsedad de las acusaciones pero ya era tarde. Solo puedo invitar a Fausta a morir, posiblemente al igual que muchos conspiradores de la historia romana a abrirse las venas en un baño de vapor. Después la historia deformó el relato afirmando que la mató metiéndola en agua hirviendo.

2. Los crímenes de Licinio: La aniquilación de la vieja Tetrarquía

El exterminio del rival político no fue, ni mucho menos, un invento de Constantino, fue una práctica habitual en la lucha por el poder practicada desde el mismo origen del Imperio romano. Sin embargo, fue a partir en estos comienzos de la cuarta centuria cuando observamos un aumento en la crueldad de estas persecuiones que abarcan ahora no solo al rival político y a sus seguidores más cercanos, sino a su circulo familiar al completo, incluyendo ancianos, mujeres y niños. Antes de su caída definitiva, Licinio fue el ejecutor de una política de exterminio contra las familias de los emperadores que le precedieron. Si Constantino purgó a su propia familia para asegurar el futuro, Licinio purgó a las familias de los demás para impedir hipotéticas usurpaciones de algunos de los familiares de estos.

Tras la muerte de Galerio y la derrota de Maximino Daya en 313, Licinio se convirtió en el amo absoluto de Oriente. Su prioridad fue erradicar cualquier semilla de legitimidad que no emanara de él mismo. Ordenó la ejecución de los hijos de Maximino: un niño de ocho años y una niña de siete. Sus muertes fueron calculadas para evitar que, en el futuro, algún general descontento pudiera alzarse en nombre de la estirpe de Day

     Busto de Maximino, Museo Pushkin           

a.

    El trágico destino de Valeria y Prisca

El crimen que más manchó la reputación de Licinio fue el trato dado a Valeria, hija del gran Diocleciano y viuda de Galerio, y a su madre Prisca. Estas mujeres representaban el vínculo directo con el fundador de la Tetrarquía, es decir un valioso agente de legitimidad para cualquier hombre ambicioso que tratara de arrebatarle el poder. Tras la muerte de Galerio, Valeria se negó a casarse con Maximino Daia, lo que la llevó al exilio. Cuando Licinio tomó el control, las mujeres esperaban encontrar protección en su corte. En lugar de ello, Licinio las persiguió con saña. Después de vivir quince meses escondidas y disfrazadas entre la población, fueron capturadas en Tesalónica en el año 314. Licinio ordenó que fueran decapitadas y sus cuerpos arrojados al mar ante la mirada de la multitud. Con este acto de crueldad extrema, Licinio puso fin de forma violenta a la dinastía de Diocleciano.

Es curioso ver como el mismo y su propio hijo acabaron por experimentar el trágico final que el mismo había decretado para tantas personas.

Diocleciano rodeado de su guardia personal es
             saludado por varios cortesanos. Agnus Mc Bride                    



 3. Constancio II: La paranoia como política de Estado

A la muerte de Constantino en 337, su hijo **Constancio II** llevó el juego de poder a un nivel de eficiencia sangrienta que superó incluso a su padre. La muerte del patriarca desató un vacío de poder que solo pudo llenarse con una masacre familiar sin precedentes.

     La Gran Purga de 337

Inmediatamente después del funeral de Constantino, el ejército —probablemente instigado por Constancio II y sus hermanos— se amotinó en Constantinopla. El pretexto era que los soldados solo aceptarían a los hijos directos de Constantino en el trono. El resultado fue el asesinato de casi todos los parientes varones de la rama lateral de la familia (los descendientes de Constancio Cloro y su segunda esposa Teodora). Entre las víctimas se encontraban dos tíos de Constancio II (Julio Constancio y Dalmacio el Mayor) y varios primos, incluyendo a Dalmacio el César, a quien su tío Constantino había confiado el control de la frontera danubiana, y a Anibaliano, el esposo de su propia hermana Constantina. Esta carnicería dejó a Constancio II y sus hermanos Constantino II y Constante como los únicos dueños del Imperio. De esta purga solo sobrevivieron dos niños: Galo y el futuro emperador Juliano, salvados únicamente por su corta edad.

    La ejecución de Galo César

La desconfianza de Constancio II no se mitigó con los años. el ambiente en su corte destacó por las continuas conspiraciones, reales o ficticias , que se desarrollaban en torno al augusto. En 351, necesitando ayuda para gobernar un imperio asediado por usurpadores y bárbaros, elevó a su primo superviviente, Galo, al rango de César en el este y lo casó con su hermana Constancia. Sin embargo, la gestión de Galo en Antioquía fue caótica y violenta. Temiendo que Galo pudiera convertirse en un rival o que su impopularidad provocara una revuelta, Constancio lo llamó a Occidente con promesas de amistad.

En el trayecto, Galo fue despojado de sus insignias imperiales, arrestado y enviado a Pola (el mismo escenario de la muerte de Crispo). Allí fue interrogado y ejecutado por orden de Constancio en 354. Constancio II operaba bajo una paranoia constante, exacerbada por la influencia de eunucos y cortesanos que veían en cualquier miembro de la familia imperial a un traidor potencial. Al final este miedo a un posible rival dentro de la familia se materializó en un trato inmerecido a su sobrino Juliano, hermano de Galo y brillante estratega que acabó por usurpar el poder y rebelarse contra su tío. Solo la oportuna muerte de Constancio II y su generosidad al nombrar a Juliano sucesor, evitaron una nueva y sangrienta guerra civil en el 361.

     Representación de Juliano,   el Apóstata                                        
                                                                                     

El sangriento equilibrio del siglo IV

La transición del sistema colegiado de la Tetrarquía a la monarquía hereditaria no fue un proceso de pacificación, sino una lucha de "suma cero". El siglo IV fue una época donde la legitimidad se escribía con sangre. Constantino eliminó a su suegro, a su cuñado, a su hijo y a su esposa para forjar un imperio unido. Licinio aniquiló a las familias de sus predecesores para borrar la competencia y acabó siendo víctima de su cuñado Constantino. Y finalmente, Constancio II masacró a sus tíos y primos para que el poder no se fragmentara y para evitar que nadie, a parte de sus hermanos estuviera a su mismo nivel en el sistema de    poder imperial.

Este "sangriento juego de poder" transformó la naturaleza del emperador: ya no era solo el primer ciudadano o el general supremo, sino un monarca sagrado cuya seguridad dependía del aislamiento de su entorno. El hecho de que la Iglesia y los panegiristas posteriores silenciaran o justificaran estos crímenes solo es la prueba del éxito de la dinastía constantiniana en imponer su narrativa. Sin embargo, los hechos descritos en estos textos nos recuerdan que la "Paz de Constantino" fue, en realidad, una paz construida sobre las cenizas de su propia familia.

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