miércoles, 13 de septiembre de 2017

LA PRIMERA “CAZA DE BRUJAS” DE LA HISTORIA EUROPEA. AÑO 186 A.C, LOS SEGUIDORES DE BACO SERÁN PERSEGUIDOS SIN PIEDAD POR ROMA.



Escrito por Federico Romero Díaz.

La verdad, es que la historia cuenta con todos los elementos de una tragicomedia. En esta narración, que parece fruto de la mente de un literato, nos encontraremos a un joven de clase ecuestre y huérfano de padre, Ebucio. El patrimonio que le corresponde por herencia ha sido dilapidado por su madre y por su padrastro Tito Sempronio Rutilio que, tratando de hacer más manejable al joven, lo inducen a iniciarse en los misterios báquicos. En este momento entran en escena nuevos personajes: una liberta, prostituta y amante de Ebucio, llamada Hispala Fecenia, que le disuade de participar en unos ritos que ella dice conocer y que considera perversos. A continuación aparecen en la narración la respetable anciana Ebucia, tía paterna del joven, que le da cobijo tras ser expulsado de su hogar y finalmente el cónsul Espurio Postumio Albino ante el que son denunciados los hechos. A pesar de las apariencias teatrales del relato, los hechos fueron reales y le costaron la vida a miles de personas.

Representación de bacanal.



Antecedentes

El culto de Baco en sus orígenes estaba reservado en exclusiva a las mujeres, Se reunían tan solo tres días al año para adorar a su dios. Suponía una buena válvula de escape para las romanas, obligadas a vivir en una sociedad que les supeditaba al hombre en todos los aspectos, teniendo incluso prohibido el consumo de vino.
Los cambios que supusieron el éxito social de esta religión, los introdujo una sacerdotisa de Campania llamada Pácula Annia aproximadamente en el 188 a. C y consistieron en: el aumento del número de días de celebración; la participación de hombres en los ritos; la apertura a todas las clases sociales; la desmesurada ingesta de vino; la promiscuidad entre los devotos; su carácter secreto; etc. Las reformas tuvieron un doble efecto: por un lado el número de seguidores aumentó exponenciálmente, pero por otro comenzó a despertar el recelo de la sociedad y de las autoridades romanas que veían en esta religión a un peligroso grupo de extranjeros e incluso numerosos ciudadanos romanos de todas las clases cuyos integrantes se entregaban enloquecidos al desenfreno y al libertinaje. En algunas de las obras de Plauto, famoso autor de obras teatrales como Miles gloriosus; Aulularia; etc, son numerosas las referencias a este grupo religioso aludiéndose siempre a ellos como a una secta violenta, secreta y criminal.
Esta negativa imagen será fundamental en su posterior represión que, será justificada en la salvaguarda de la tradición romana y en la defensa del propio Estado pues se temía de la existencia de conspiraciones políticas contra altos cargos de la República.

Baco-Donisios.


Desarrollo de los acontecimientos

La mejor manera de conocer como se inició la persecución es la de leer a nuestra principal fuente en esta historia, Tito Livio. Su relato sobre los sucesos tiene todos los ingredientes de un drama:
 “Publio Ebucio, cuyo padre había servido en la caballería con montura pública, había muerto, dejándole huérfano a edad temprana y al cuidado de tutores. Muertos estos también, se había educado bajo la tutela de Duronia, su madre, y de su padrastro, Tito Sempronio Rútilo. Como, por una parte, la madre estaba completamente sometida a su marido y, por la otra, su padrastro había ejercido su tutela de tal manera que no estaba en condiciones de dar cuentas adecuadamente de la misma, deseaba este quitarse de en medio a su pupilo o bien ponerlo a su merced mediante algo de lo que acusarlo. La única manera de corromper al joven eran las Bacanales. La madre dijo al muchacho que había hecho un voto en su nombre durante una enfermedad, a saber, que en cuanto se recuperase lo iniciaría en los misterios báquicos; ahora, comprometida por su voto por la bondad de los dioses, estaba obligada a cumplir con aquél. Él debía preservar su castidad durante diez días; tras la cena del décimo día, una vez bañado en agua pura, ella lo llevaría al lugar sagrado. Había una liberta de nombre Hispala Feccennia que había sido una famosa cortesana y que no resultó digna de ser liberada pues, acostumbrada desde su niñez a tal actividad, incluso tras su manumisión siguió dedicándose a ella. Como sus casas estaban cerca una de la otra, había surgido cierta intimidad entre ella y Ebucio, que no resultaba en absoluto perjudicial ni para la reputación de él ni para su hacienda, pues ella buscaba su compañía y su amor desinteresadamente, manteniéndolo por su generosidad mientras sus padres se lo escatimaban todo. Su pasión por él había ido tan lejos que, una vez muerto su tutor y no estando ya bajo la tutela de nadie, solicitó a los tribunos y al pretor que nombraran un tutor para ella. Entonces, hizo testamento nombrando a Ebucio su único heredero. Con estas pruebas de su amor, ya no tenían secretos entre ellos y el joven le dijo en tono jocoso que no se sorprendiera si se ausentaba de ella durante algunas noches, pues tenía que cumplir un deber religioso: el cumplimiento de una promesa, hecha mientras estaba enfermo, por la que quería ser iniciado en los misterios de Baco. Al oír esto, quedó ella muy perturbada y exclamó “¡no lo consientan los dioses! Mejor nos sería morir ambos antes que hagas tal cosa!”.
Lanzó luego maldiciones e imprecaciones sobre la cabeza de quien le hubiera aconsejado así. El joven, asombrado ante sus palabras y su gran emoción, le pidió que cesara en sus maldiciones, pues había sido su madre quien se lo había ordenado, con el consentimiento de su padrastro. “Pues entonces, tu padrastro -respondió ella- ya que puede que no sea justo acusar a tu madre, tiene prisa por arruinar con este acto tu virtud, tu reputación, tus esperanzas y tu vida”. Aún más asombrado, él le preguntó qué quería decir. Rogando a los dioses que la perdonaran si, llevada por su amor hacía él, revelaba lo que se debía callar, le descubrió cuando era una sierva había acompañado a su ama a aquel lugar de iniciación, pero que nunca se había acercado por allí desde que era libre. Sabía que aquella era oficina para toda clase de corruptelas, teniendo constancia de que en los últimos dos años no se había iniciado a nadie mayor de veinte años. Cuando alguien era llevado allí se le entregaba como una víctima a los sacerdotes, quienes lo llevaban a un lugar que resonaba con gritos, cánticos y el percutir de címbalos y tímpanos, de modo que no se podían oír los gritos de auxilio de aquel a quien sometían a violencia sexual. Le rogaba y le suplicaba, por ello, que se saliera del asunto lo mejor que pudiese y que no se precipitase a ciegas en un lugar en el que habría de soportar, y luego cometer, toda clase de ultrajes concebibles. No le dejó marchar hasta que él no le hubo dado su palabra de que no tomaría parte en aquellos ritos. Después de llegar a casa, su madre trajo a colación el tema de la iniciación, diciéndole lo que tenía que hacer ese día y los días siguientes. Él le dijo que no haría nada de aquello y que no tenía intención de ser iniciado. Su padrastro estaba presente en la conversación. De inmediato, la madre exclamó que él no podía pasar diez noches fuera de los brazos de Hispala; tan hechizado estaba por los encantos venenosos de aquella víbora que no respetaba ni a su madre, ni a su padrastro ni a los dioses. Entre los reproches de su madre, por un lado, y su padrastro, por otro, con la ayuda de cuatro esclavos lo echaron de la casa. El joven, entonces, se marcho a casa de una tía paterna, Ebucia, y le explicó por qué había sido expulsado de su casa; por consejo de ella, al día siguiente informó sin testigos al cónsul Postumio sobre el asunto. Postumio le dijo que regresara nuevamente a los dos días; al mismo tiempo, preguntó a su suegra Sulpicia, mujer respetable y juiciosa, si conocía a una anciana llamada Ebucia, que vivía en el Aventino. Ella le respondió que la conocía como una mujer respetable y de estricta moral a la antigua usanza; el cónsul le dijo que era importante que se entrevistara con ella y que Sulpicia debía mandarle recado para que viniera. Ebucia vino a ver a Sulpicia y el cónsul, entrando como por casualidad, llevó la conversación hacia Ebucio, el hijo de su hermano. La mujer estalló en lágrimas y comenzó a lamentase de la desgracia del joven, a quien habían despojado de su fortuna los que menos debían haberlo hecho.
 TITO LIVIO, Historia de Roma. Libros XXXVI-XL…cit.

El cónsul expuso ante el Senado el caso y los senadores escandalizados ante las imágenes que pintaba en su discurso Espurio Postumio Albino  aprobaron un senado-consulto o decreto (Senatus consultum de Bacchanalibus) sobre la materia. Se describía el culto a Baco como una falsa religión causante de libertinaje, lujuria y crímenes y denunció la “impía conjura” de los seguidores de ese “culto extranjero” integrado por “hombres afeminados, corrompidos y corruptores”, en los que las mujeres “son el origen del mal”. 

Discurso ante el Senado.


Se calculó en unos siete mil el número total de adeptos y se ofrecieron recompensas a aquellos que les delataran. Los sospechosos eran citados ante las autoridades y si no acudían se les consideraba en rebeldía. Si se consideraba que habían profanado sus cuerpos eran condenados a muerte, en caso contrario se les condenaba a penas de prisión. 




No obstante Tito Livio nos cuenta que los condenados a muerte fueron mucho más numerosos que los encarcelados. A las mujeres se las entregaba a sus familias para que las eliminaran discretamente en el seno de sus casas. Se prohibieron las cofradías de adoradores de Baco pero no su culto, que quedó condicionado al cumplimiento de una serie de requisitos de muy difícil cumplimiento.  Los santuarios tanto de Roma, como del resto de Italia fueron destruidos, exceptuando aquellos en los que existiera un altar o imagen consagrada desde hace muchos años.

Conclusión

Publio Ebucio y su amante la liberta Hispala Fecenia fueron generosamente recompensados cada uno con la cantidad de cien mil ases.

Tras la emisión de este senatus consultum estaba la facción que en ese momento tenía más influencia en Roma: un grupo de senadores radicalmente conservadores agrupados en torno al célebre Marco Porcio Catón, opuestos a las corrientes helenísticas, cada vez más fuertes, que favorecían los senadores agrupados en torno a los Escipiones.


Tras la persecución, el culto a Baco, muy arraigado especialmente en el Sur de Italia, no desapareció, simplemente fue adecuado a lo aceptable para los valores más tradicionales de la sociedad y el Estado romano. 

Templo de Baco ( Balbeek, Líbano)


El rechazo a las prácticas homosexuales que se producían en las bacanales reafirmó el antiguo valor de la virilidad romana. Las mujeres romanas, tras los desastres de la larga guerra contra Cartago y la gran mortandad masculina que este enfrentamiento bélico implicó a Roma, habían ganado en independencia y autoridad. No obstante, tras la persecución, quedaron de nuevo claramente sometidas a la autoridad masculina del pater familias.



BIBLIOGRAFÍA

Historia de Roma. Tito Livio. Libros XXXVI-XL.

Plauto y el Dios de la libertad y del vino: Liber-Dionisio-Baco.  Manuel a. Marcos Casquero. Universidad de León.

El consumo de vino en el mundo romano. Gema Vallejo Pérez. Universidad de León..

Bacanales, el escándalo que sacudió Roma. Pedro Ángel Fernández Vega. National Geographic  España.

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